Capítulo 1 El Brindis de la Víspera
El champán en la copa de cristal de Alejandro vibraba al ritmo imperceptible, pero constante, de los motores diésel del Poseidón de los Mares.
Desde el balcón privado de su suite en la cubierta siete, el océano Atlántico se extendía como un tapete de terciopelo azul oscuro, casi negro, salpicado por el reflejo de una luna creciente que jugaba a las escondidas entre jirones de nubes bajas.
Alejandro, un cirujano traumatólogo de treinta y cuatro años, exhaló un suspiro cansado.
Tenía las ojeras marcadas de quien ha pasado los últimos seis meses encadenando guardias de veinticuatro horas en el hospital central de Madrid, y estas vacaciones en un crucero de lujo por el Caribe y las Antillas eran, literalmente, su salvavidas mental.
—Si sigues mirando el agua con esa intensidad, vas a terminar descubriendo una especie nueva, doctor —dijo una voz a su espalda, teñida de una suave ironía.
Alejandro sonrió de medio lado y se giró.
Elena salía de la habitación vistiendo un vestido verde esmeralda que contrastaba con su cabello castaño, el cual ondeaba levemente con la brisa marina.
Elena, de treinta y dos años, era ingeniera ambiental.
A diferencia de Alejandro, que veía el viaje como un apagón tecnológico y un descanso absoluto, ella se la había pasado los primeros tres días del viaje analizando los sistemas de desalinización del barco y quejándose discretamente de la huella de carbono del buque.
Sin embargo, esta noche había decidido dejar los apuntes de lado.
—Solo pensaba en lo silencioso que es todo aquí arriba —respondió Alejandro, extendiéndole una segunda copa—. En urgencias, el silencio es sinónimo de que algo terrible está a punto de entrar por la puerta. Aquí… se siente irreal.
—Es una burbuja de acero y luz flotando sobre un desierto de agua —dijo Elena, chocando su copa con la de él. El tintineo fue limpio—. Disfrútalo. Te costó bastante decidirte a apagar el teléfono móvil.
Se conocían desde hacía un año, una relación que avanzaba a un ritmo pausado pero firme, construida a base de cenas a deshoras y un respeto mutuo por sus exigentes carreras.
Este viaje era la prueba de fuego para ambos: la primera vez que pasaban más de tres días seguidos juntos, lejos de la rutina y las interrupciones profesionales.
El ambiente en el crucero era festivo. Era la “Noche del Capitán”, y desde las cubiertas inferiores se escuchaba el eco amortiguado de una orquesta de jazz y las risas de los cientos de pasajeros que abarrotaban los salones de baile y los casinos.
El Poseidón de los Mares era una mole de quince pisos de altura, una ciudad flotante diseñada para hacer olvidar a sus ocupantes que se encontraban a cientos de millas de la costa más cercana, flotando sobre fosas oceánicas de kilómetros de profundidad.
Sin embargo, a pesar del lujo y la aparente calma, la naturaleza tenía otros planes.
Hacia las once de la noche, el aire cambió.
Alejandro, acostumbrado a notar los sutiles cambios en el entorno de sus pacientes, frunció el ceño.
La brisa marina, que hasta entonces había sido cálida y húmeda, se volvió repentinamente fría, cargada de un olor metálico, a ozono y salitre espeso.
Las olas, que antes se deslizaban suavemente contra el casco, empezaron a golpear con un crujido sordo.
—¿Sientes eso? —preguntó Elena, dejando la copa sobre la mesa de mimbre del balcón. Su instinto profesional se activó de inmediato—. La presión barométrica está cayendo en picado. Lo noto en los oídos.
—El capitán dijo al mediodía que esquivaríamos una depresión tropical —comentó Alejandro, tratando de sonar reconfortante, aunque el repentino vaivén del suelo bajo sus pies comenzó a incomodarle.
—Las depresiones tropicales en esta época del año cambian de rumbo en cuestión de horas —replicó Elena, asomándose al pasamanos.
El mar ya no era un tapete de terciopelo.
Se había transformado en una masa caótica de crestas blancas que golpeaban con fuerza creciente la proa del barco.
Las luces de la cubierta exterior comenzaron a parpadear.
Un crujido profundo, un quejido de metal tensionado, resonó desde las entrañas de la embarcación.
No era el sonido habitual de los estabilizadores trabajando; era algo más violento.
De repente, los altavoces del techo de la suite cobraron vida con un estallido de estática. La voz del primer oficial, usualmente engolada y tranquila, sonó tensa y apresurada, rompiendo la etiqueta habitual de la compañía.
«Atención a todos los pasajeros. Les habla el puente de mando.
Estamos experimentando vientos de fuerza de tormenta imprevistos y un fuerte oleaje.
Les solicitamos que permanezcan en sus camarotes y aseguren los objetos sueltos.
El personal de a bordo está controlando la situación. Repito, permanezcan en sus…»
La transmisión se cortó abruptamente con un zumbido agudo.
Al mismo tiempo, el barco dio un bandazo violento hacia babor.
El movimiento fue tan súbito que Alejandro perdió el equilibrio, cayendo de rodillas sobre la alfombra del camarote, mientras la mesa de mimbre y las copas de cristal salían despedidas contra la pared, estallando en mil pedazos.
—¡Alejandro! —gritó Elena, sujetándose con fuerza del marco de la puerta del balcón. Sus nudillos estaban blancos.
El barco pareció enderezarse lentamente, pero la vibración de los motores cambió de un ronroneo constante a un traqueteo agónico.
Las luces principales de la suite se apagaron por completo, sumergiéndolos en una oscuridad casi absoluta, rota únicamente por los destellos intermitentes de las luces rojas de emergencia del pasillo exterior.
El aire acondicionado se detuvo, y en pocos segundos, el calor sofocante del Caribe empezó a filtrarse en la habitación, mezclado con un olor alarmante: plástico quemado y combustible.
Alejandro se levantó rápidamente, ignorando el dolor en su rodilla izquierda. El instinto médico de mantener la calma en las crisis tomó el control de su cuerpo.
—Elena, ponte los zapatos más duros que tengas. Rápido —dijo, su voz baja pero firme, usando el tono que empleaba en el quirófano cuando una arteria se rompía—. No es una simple tormenta. Busca los chalecos salvavidas en el armario.
Elena asintió en la penumbra. Su mente científica procesaba los datos a toda velocidad: el ángulo de inclinación del barco no estaba cediendo, lo que significaba que el agua estaba entrando en algún compartimento inferior o los sistemas de lastre habían fallado.
Se deshizo del vestido de fiesta con movimientos espasmódicos, poniéndose unos pantalones vaqueros y unas botas de montaña que afortunadamente no había guardado en la maleta grande.
Alejandro hizo lo propio, cambiando sus zapatos de vestir por calzado deportivo y una chaqueta ligera.
Cuando abrieron la puerta del camarote hacia el pasillo central, el panorama era desolador.
El glamuroso crucero se había transformado en un laberinto de pánico.
Pasajeros en pijama corrían en todas direcciones, algunos llorando, otros gritando nombres de familiares.
El suelo estaba inclinado en un ángulo de casi quince grados, lo que obligaba a la gente a caminar apoyándose contra las paredes. El olor a humo era más denso aquí.
—¡Por las escaleras, los ascensores no funcionan! —gritó un miembro de la tripulación que corría pasillo abajo, intentando mantener el orden sin mucho éxito. Tenía la camisa desabrochada y el rostro empapado en sudor.
Alejandro tomó a Elena de la mano. Sus palmas estaban sudorosas, pero el agarre era firme.
—Nos mantenemos juntos, pase lo que pase —le dijo al oído para hacerse oír sobre el estrépito de la alarma general, que ahora sonaba con siete pitidos cortos y uno largo: la señal de abandono del buque.
—Juntos —respondió ella, apretando su mano con fuerza.
Comenzaron a ascender por la escalera de caracol de la popa hacia la cubierta de botes.
Cada escalón era un triunfo contra la gravedad y el balanceo errático del barco.
La estructura del Poseidón de los Mares crujía como un animal herido de muerte.
Abajo, en las cubiertas inferiores, se escuchó un estallido sordo, seguido del sonido inconfundible de metal retorciéndose y el rugido de miles de toneladas de agua de mar invadiendo las salas de máquinas.
El barco acababa de chocar contra algo sólido en medio de la oscuridad de la tormenta.
Un arrecife de coral no cartografiado o una roca sumergida había rajado el casco como si fuera papel de aluminio.
Al salir a la cubierta abierta, el impacto de los elementos los golpeó con la fuerza de un camión.
La lluvia no caía, se movía horizontalmente debido a los vientos huracanados, azotando sus rostros como agujas de hielo.
Las olas gigantescas, altas como edificios de tres pisos, se elevaban a los lados del crucero, arrojando toneladas de espuma blanca sobre la cubierta de madera.
El caos en la zona de evacuación era total.
Uno de los botes salvavidas del lado de estribor se había soltado de uno de sus cables debido al oleaje y colgaba verticalmente, aplastando a varias personas contra el casco antes de caer al vacío y desaparecer en la negrura del océano.
Los pasajeros empujaban para acceder a los botes restantes.
El protocolo se había evaporado; era el instinto de supervivencia más primario en estado puro.
—¡Por aquí! —Elena tiró del brazo de Alejandro hacia la popa. Sus conocimientos sobre estructuras le decían que los botes de la sección central estaban colapsando por la presión del balanceo—. ¡Ahí queda uno de los botes inflables de emergencia de la tripulación!
Un pequeño grupo de marineros intentaba liberar una balsa semirrígida motorizada, diseñada para rescates rápidos. La inclinación del barco hacía que el mecanismo de lanzamiento estuviera atascado.
—¡Ayúdennos con esta palanca! —gritó uno de los marineros, un joven filipino con los ojos desorbitados por el terror.
Alejandro y Elena se lanzaron hacia el mecanismo.
Alejandro sumó su peso al del marinero, empujando una barra de hierro oxidada que liberaba los ganchos de seguridad.
Los músculos de sus brazos protestaron por el esfuerzo, y el metal cortó la palma de su mano, pero no soltó el agarre.
Elena, analizando el pivote del mecanismo, colocó un trozo de madera rota de una barandilla para hacer palanca en el ángulo correcto.
—¡Ahora! —gritó Elena.
Con un crujido seco, el mecanismo cedió.
La balsa cayó violentamente hacia el mar revuelto, quedando suspendida apenas por dos cabos de seguridad.
En ese preciso instante, una ola monstruosa impactó contra el costado del crucero.
La fuerza del agua barrió la cubierta. Alejandro sintió cómo sus pies se despegaban del suelo; la corriente lo arrastraba inexorablemente hacia el borde de la barandilla colapsada.
—¡Alejandro! —el grito de Elena fue ahogado por el rugido del mar.
Elena, que se había aferrado a la base del pescante de hierro, estiró el cuerpo al límite y logró sujetar la chaqueta de Alejandro justo cuando este iba a caer al vacío.
El tirón fue brutal, casi dislocándole el hombro a ella, pero logró frenar su caída.
Sin embargo, el barco volvió a inclinarse de forma definitiva.
La popa del Poseidón de los Mares comenzó a levantarse hacia el cielo, un coloso de acero apagado rindiéndose ante el océano.
El marinero filipino y otros dos pasajeros saltaron hacia la balsa que flotaba erráticamente abajo. Alejandro, con el agua ya por las rodillas en la cubierta inclinada, miró a Elena. No había tiempo para pensar, no había planes de contingencia. Solamente quedaba el vacío y el rugido del Atlántico.
—¡Salta! —le gritó Alejandro.
Se lanzaron juntos a la oscuridad, rompiendo la superficie del agua helada justo cuando el gran gigante de hierro iniciaba su descenso final hacia el fondo del océano, llevándose consigo las luces, la música y los sueños de una noche de vacaciones que se había transformado en la peor de las pesadillas.