Capítulo 7 Techo de Hojas
El agua hervida en el bambú, aunque sabía a madera ahumada, obró un milagro en el ánimo del grupo.
Tras limpiar la herida de Alejandro con el líquido tibio y el pañuelo limpio —un proceso doloroso que le arrancó un gemido sordo al médico, pero que eliminó la mayor parte de la arena costera—, los tres supervivientes se enfrentaron a su siguiente límite de tiempo: el reloj biológico de la selva.
El sol había empezado a descender detrás de las altas cumbres de la isla, y la penumbra del dosel arbóreo se volvía densa, de un color azul grisáceo que acortaba las distancias ópticas.
—La noche en el trópico cae como una guillotina —advirtió Elena, escurriendo el pañuelo—. No tenemos el lujo de una transición larga. En menos de dos horas, la visibilidad aquí dentro será de cero, y no podemos dormir en el suelo fangoso.
—¿Por qué no en el suelo? —preguntó Tomas, mientras acomodaba los cilindros de bambú para mantener una reserva de agua—. La arena de la playa se siente más limpia que este lodo.
—Dormir en el suelo de la selva es una invitación abierta a los parásitos y los depredadores —respondió Alejandro con voz firme, mientras intentaba mover el brazo izquierdo, ahora un poco más aliviado tras la limpieza—.
Insectos hematófagos, hormigas legionarias, escorpiones y ciempiés gigantes buscan el calor corporal durante la noche.
Además, si llueve, el suelo se convertirá en un río de lodo en cuestión de minutos.
Necesitamos una estructura elevada. Un refugio de tarima.
Elena asintió y comenzó a examinar la topografía inmediata a la poza de agua.
—Busquemos una configuración natural —sugirió la ingeniera, señalando hacia un trío de árboles jóvenes de madera dura que crecían en forma de triángulo, separados por un par de metros entre sí—.
Si usamos esos troncos como pilares vivos, ahorraremos la mitad del trabajo de cimentación. Tomas, ¿cómo va el cortaplumas?
El marinero miró la pequeña herramienta suiza con una mueca.
—La hoja sigue entera, pero cortar troncos con esto nos llevará hasta el próximo año, ingeniera. Necesitamos buscar ramas caídas que tengan las dimensiones correctas.
La búsqueda de materiales se convirtió en una carrera de velocidad contra el crepúsculo.
Mientras Alejandro mantenía viva la hoguera y acumulaba leña gruesa para que resistiera toda la noche, Elena y Tomas se adentraron unos metros en los márgenes de la selva baja buscando madera balsa y palmeras caídas.
La naturaleza, en su ciclo de muerte y regeneración, les proveyó lo necesario: la última tormenta había derribado varios ejemplares de palmeras de madera blanda y bambúes secos que conservaban su rigidez estructural.
Utilizando lianas jóvenes y flexibles —que Elena seleccionó asegurándose de que fueran de las variedades no venenosas y elásticas como cuerdas de cáñamo—, Tomas comenzó a diseñar los amarres.
Con su experiencia en cabuyería marina, aplicó nudos de ballestrinque y amarres cuadrados para fijar cuatro troncos transversales gruesos a los árboles pilares, a una altura de un metro sobre el suelo.
—Esto aguantará nuestro peso —aseguró Tomas, colgándose brevemente de una de las vigas improvisadas—. El secreto está en la tensión de la liana. Al secarse un poco con el calor de la fogata, el nudo se apretará aún más.
Sobre este marco cuadrado, Alejandro y Elena comenzaron a colocar cañas de bambú partidas a la mitad y ramas alineadas de forma horizontal para crear el somier o tarima.
Cada pieza fue asegurada individualmente para evitar que se deslizara en mitad de la noche.
El dolor en el hombro de Alejandro era un recordatorio constante de su fragilidad, pero el bombeo de adrenalina le permitía cargar los troncos más pesados sin detenerse.
A las seis de la tarde, la luz del sol desapareció por completo de las copas de los árboles superiores. El refugio ya tenía base, pero faltaba lo más importante para el clima del Caribe: el techo.
—La humedad está subiendo de nuevo —dijo Elena, mirando hacia arriba. El cielo ya no era visible; una densa masa de nubes negras se estaba formando sobre el dosel—. Va a llover antes de la medianoche. Necesitamos techar esto de forma impermeable.
Elena guió a Tomas hacia un banco de plantas de hojas gigantescas, conocidas popularmente como “hojas de bijao” o platanillos silvestres. Cada hoja medía más de un metro de largo y medio metro de ancho, con una superficie cerosa que repelía el agua de forma natural.
Con un ritmo frenético, cortaron docenas de estas hojas y comenzaron a colocarlas sobre una estructura de ramas en forma de cobertizo de una sola agua, superponiéndolas de abajo hacia arriba, imitando el diseño de las tejas de una casa colonial.
Elena se aseguró de que el ángulo de inclinación fuera superior a los treinta grados para que el agua de lluvia resbalara rápidamente hacia el exterior y no se estancara en las uniones.
Cuando colocaron la última capa de hojas, la oscuridad se cerró sobre ellos como un manto físico. La única fuente de luz en un radio de kilómetros era el resplandor anaranjado de su pequeña hoguera, que proyectaba sombras alargadas y grotescas contra las paredes de la selva.
Agotados, hambrientos y con los cuerpos cubiertos de una mezcla de sudor, lodo y savia vegetal, los tres náufragos treparon a la tarima elevada. El espacio era sumamente reducido; debían permanecer acostados uno al lado del otro, pegados para optimizar el espacio y compartir el calor residual.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el techo de hojas con un sonido sordo, rítmico y pesado: pat-pat-pat. Elena se estiró para comprobar el interior. Para su alivio, el agua se deslizaba por los laterales del refugio, dejando la tarima completamente seca.
Sin embargo, el éxito logístico no trajo la paz mental.
Con la llegada de la noche total, la selva cambió de personalidad.
El zumbido de las cigarras diurnas cesó, reemplazado por un coro de ranas toro cuyo croar profundo parecía hacer vibrar la madera del refugio.
De la nada, ruidos de pasos pesados sobre las hojas secas del suelo comenzaron a escucharse en la cercanía de la poza.
Alejandro se mantuvo despierto, con los ojos abiertos en la penumbra, sujetando firmemente una rama gruesa que había afilado en un extremo con el cortaplumas para usarla como una lanza rudimentaria.
Sentía el cuerpo tembloroso de Elena a su lado.
La tensión psicológica entre la civilización que habían perdido y el salvajismo que los rodeaba se hizo densa en el aire del refugio.
—¿Crees que nos estén buscando ya? —susurró Elena en la oscuridad, pegando su cabeza al pecho de Alejandro.
Alejandro guardó silencio por unos segundos antes de responder con candor.
—El crucero se hundió rápido, Elena. Las llamadas de socorro debieron dar una posición aproximada, pero la tormenta nos arrastró lejos.
Nos van a buscar, sí. Pero tardarán días en cubrir este sector del océano.
Nuestra única tarea ahora no es pensar en el rescate, sino en amanecer vivos cada mañana.
Una ráfaga de viento helado se coló por el lateral del refugio, haciendo oscilar las brasas de la fogata abajo. En la espesura, a no más de veinte metros de su posición, un crujido seco de madera rota indicó que algo grande se estaba moviendo en la oscuridad, observando la extraña luz del fuego.