Capítulo XIII La fosa de la muerte
La fosa tiembla como un animal herido. El agua se vuelve turbia, y abrasa. Un susurro ardiente se desliza por las corrientes profundas como un veneno silencioso. Los crustáceos se entierran en la arena negra, y los bosques de algas se inclinan pidiendo clemencia.
Siento un temblor, como si alguien me avisara de que algún contratiempo estuviera ocurriendo por algún lugar lejano.
Desciendo por primera vez hacia el reino de Thanassia. El aire se vuelve pesado y extraño. Me recibe la reina:
—Pequeña viajera, ¿vienes por amor o por miedo? —me pregunta con curiosidad.
—Por ambos —respondo temblando.
—Entonces, escucha: lo que buscas está unido al despertar de la tierra. Y lo que la tierra ha despertado no quiere ser encontrado, y se ha perdido.
Thanassia sabe que soy una mensajera entre los mundos de viento, tierra y mar. Leviatán me detecta cuando rozo la superficie del océano. Presiente que si no intervengo, el equilibrio se rompe porque también la Fosa es mía.
Pablo no es un simple náufrago. Ellos lo intuyen. El volcán despertó por algo relacionado con Pablo. Creo que su destino ha comenzado a activarse.
—El volcán ha despertado, Leviatán. Su furia ha rasgado el vientre de la tierra, y su vómito ha llegado hasta mis dominios —dice furiosa Thanassia.
—Lo he sentido, Reina. El fuego de las montañas no respeta las fronteras.
—No es solo fuego. Es un mensaje. La tierra grita, y nosotros debemos escuchar. Dime, guardián de las sombras abismales, ¿qué has visto en lo profundo? —pregunta con voz de mando la Reina.
—He visto un pulso. Un latido despertando.
—Entonces no es un accidente. La montaña no despierta sola.
—No. Algo o alguien la ha llamado, y si ese algo aparece, ni tu corona, ni mis colmillos bastarán para contenerlo —Leviatán contesta con espanto.
—Si la tierra quiere guerra, se la vamos a dar. No me rendiré nunca —contesta Thanassia con gesto altivo.
—Mi reina, no es guerra lo que viene. Es renacimiento, y todo renacimiento exige destrucción. Thanassia, debes saber algo que te va a enfurecer.
—Dime, Leviatán, cuál es la noticia que me va a espantar.
—Fui a Kalinka por la fosa, a través del túnel La Garganta del Diablo, y me escondí detrás de la trampa, El Cepo del Bosque. El náufrago, Mosses, estaba sentado debajo de un árbol frondoso, gigante.
—¿Por qué me traes aquí, Itak? ¿A este lugar sombrío, donde no llega el sol, cubierto de maleza y niebla densa?
—Siéntate bajo este árbol y espera —dice Itak con la parsimonia de quien sabe lo que va a pasar.
—¿Por qué no ha venido Brizo contigo? ¿Qué teme? —pregunta Mosses.
—Brizo está en el Pacífico trabajando. ¿Te hubiera gustado que Brizo estuviera presente?
—No. Ni tú tampoco. Los dioses tenéis mucha energía y poco corazón. —Se notaba la tristeza cuando hablaba.
—Basta de palabrería, Mosses. El dios Shiva mandará un dardo de fuego al tronco del árbol Baniano, en el que estás apoyado, que será tu ejecutor. No vas a sufrir porque no te vas a enterar.
—Déjame escribir unas líneas torcidas en este papel. —Mosses saca del bolsillo un papel blanco. En una esquina había escrito un nombre: Brisa Vagabunda, el amor de mi vida:
A quien encuentre estas palabras. No sé si mi nombre importará cuando leas esto. Tal vez no quede nada de mí, salvo este papel húmedo, con olor a la desgracia que lo acompaña.
He visto al dios Shiva alzarse sobre el horizonte, como un relámpago azul. No venía a castigarme, sino a reclamar algo mío, que nunca supe que poseía.
Llevo dentro una energía que puede limpiar las aguas contaminadas de este mundo. No me rebelo. Si mi vida sirve para que el mar respire de nuevo, acepto el destino. Solo lamento no haber podido despedirme de quienes alguna vez me amaron.
No temáis por mí. Seré fulminado, pero no destruido. Mi energía regresará al origen. He comprendido al fin por qué sobreviví al naufragio, por qué las olas me arrastraron hasta esta orilla desierta. No era azar. Fue una espera.
Si alguna vez alguien cuenta mi historia, que diga esto: no murió. Se convirtió en solución para los pueblos y aldeas.
Un silencio pesado cae entre ellos. Thanassia avanza hacia la oscuridad más profunda de la fosa.
—Iremos juntos. El mar necesita a sus monstruos.
—A tu lado siempre, Thanassia. Hasta que caiga la última ola.
—Ahora más que nunca debemos estar unidos.
Estoy preocupada. Lo que he oído decir a Leur me tiene en vilo. ¿Para qué ha ido Pablo a La Sonda? ¿Quién le espera allí? ¿Con quién ha ido?
Me llama Tanassia:
—¡Brisa! —exclama la Reina con mirada de tempestad—. Sal de la fosa y sube a la superficie. Trabaja en la costa. Nosotros vamos a la Sonda por la Garganta del diablo. Ya nos veremos.
—Leviatán, acompáñame a Kalinka. Vamos por La Garganta del Diablo. El pozo que comunica a la fosa con El Cepo del Bosque. Es más seguro —ordena Thanassia—.
El Cepo del Bosque es una roca quebrada, como una boca con dientes de piedra, afilados, por donde salen las criaturas abismales a comer carne de animales muertos, en una espesura oscura, inhóspita, donde manda la sombra del miedo.
La hendidura de la roca está cubierta por un ramaje muerto, seco, arraigado a helechos que parecen palmeras, y líquenes descompuestos que producen un olor fétido.
Es una trampa para cualquier animal que, de inmediato, caiga por la Garganta del Diablo hasta llegar a la Fosa.
En Kalinka, Thanassia me saluda con un gesto de silencio. Concentrada, va y viene. Mira a la tierra como si la viera por primera vez, me parece que busca huellas de ramujas y leños rotos entre la hojarasca que deja el viento.
—¿Qué buscas, Thanassia?
—Nada importante, Brisa —me contesta con un rumor.
Apenas la oigo.
—¿Qué dices? —pregunto curiosa y entrometida chismosa.
—Nada. Son cosas mías —responde ausente.
—¿No subió contigo Leviatán? —Las ganas de saber me pueden.
—Sí, pero ha bajado a la fosa por La Garganta del Diablo con carne caliente de un animal. El abismal tiene hambre.
Sube Leviatán de la Fosa, taciturno y cansado.
—¿Todo está bien en el abismo? —pregunta Thanassia con susurro de misterio.
—El hambre está provocando una revuelta. Es una situación embarazosa. El volcán se está apagando, casi duerme. Eso los animará a salir en la noche a buscar alimento.
—¿Guardaste en la fosa lo que encontramos bajo el árbol?
—Sí. De manera profunda.
—Solo falta encontrar pruebas —contesta Thanassia, la Reina—. Silencio absoluto. Nadie debe saber que Mosses ha muerto y que su cuerpo está enterrado en la fosa.
No sé de lo que hablan. No sé qué historia guardan las dos energías, pero debe ser importante. La palabra, no sé, me queda pequeña, pero tiene alas para el vuelo. Volaré hasta donde tenga que llegar para saber.
Bajo un árbol sombrío veo cenizas que a mi paso vuelan. Y el tronco está herido, como si le hubieran quemado.
—¡Thanassia, ven! ¡Mira lo que he encontrado! Quizás te diga algo.
—Brisa, sigue tu camino. Lo que has visto, de momento olvídalo. Voy a resolver esta incógnita que me agobia. Sabrás de lo que se trata a su debido tiempo. Ahora sé prudente.
El dios Shiva
En la cumbre de La Gran Montaña, cuando el sagrado sueño de Hefesto está profundamente dormido, y el dios Shiva despierta a hacer oración mientras contempla el amanecer, sentado sobre el cráter que aún expulsa el humo que purifica su divinidad, llega Thanassia, la reina del mar.
—Shiva, ¿has conseguido lo que pretendías? ¿Tú crees que tanta ruina y destrucción valía la pena?
—Sí, mereció la pena. No tomé la decisión a la ligera ni por gusto. Para renacer hay que destruir, aunque paguen con sus huertos y haciendas los que no tienen culpa. Tenía que dar el paso, y lo di, así de simple.
—Shiva, me parece bien tu preocupación, que es la mía desde hace mucho tiempo, pero ese fin no justifica lo que has hecho.
—¿Y qué es lo que he hecho, Thanassia?
—¡Has matado al náufrago! ¿Por qué, Shiva? ¿Para qué?
—A Mosses le he hecho un favor. Su energía azul salvará Java.
Y él dejará de ser un náufrago para convertirse en un ser eterno.
El náufrago es un humano salvado por los dioses.
Un humano marino que su energía será la custodia eterna de nuestros ríos y arroyos, fuentes y lagos.
Es un dios dual, humano y divino, recordado para siempre en el Olimpo ¿Qué iba a ser de él bajo un puñado de tierra, olvidado y podrido?
—El rayo que lo fulminó dejó la huella en el árbol. Pero dime, Shiva, ¿quién condujo a Mosses a El Cepo del Bosque Kalinka con engaños y promesas?
—Thanassia, deja todo como está, porque está bien. El silencio también habla.
—¿Me puedes decir en qué lugar va a trabajar Mosses?
—La Energía Azul está gestionando la limpieza de las aguas dulces.
Los humanos hacen planes para lograr agua de calidad.
Ponen cámaras para identificar a los que vierten químicos y desechos, pero el progreso es lento.
La Energía Azul ama al Mar y a las aguas dulces de manera responsable, con mirada sobrenatural, y hace lo imposible para que lleguen al Mar limpias.
Ganará la batalla a la guerra de los plásticos humanos, porque es un caudillo, es un dios.
Sube hasta la cumbre de la gran montaña, Semeru, la diosa anciana Atharia. Quiere saludar a Shiva, por quien siente admiración. Se arrodilla ante él a los pies del cráter y junta sus manos en señal de respeto y oración. Shiva la ayuda a ponerse en pie y la sienta a su lado.
Thanassia mira a Atharia de arriba abajo, y ve algo que la espanta:
—Atharia, ¿quién te ha regalado ese colmillo de marfil que llevas colgado a la derecha de tu energía cansada?
—Nadie. Lo encontré en el fondo de la fosa, donde estuvo enterrada la energía azul del náufrago. Cuando se fue, entré por si encontraba algo para comer. El colmillo estaba tirado en la arena y lo cogí. Me pareció elegante —explica Atharia, la diosa anciana.