Capítulo XIV Se enciende la pasión y arde la luna
—Shiva, te exijo por nuestra divinidad y grandeza, por tu sabiduría y tu justa destrucción, que me des el poder para hacer justicia en el olimpo marino, ante esta traición realizada por el dios Itak, hijo de Porto, a un humano inocente —pide Thanassia, la Reina.
—¿Cuál va a ser el castigo divino?
—Será olvidado por los mortales. Se volverá transparente. Silencioso. Y su final será la nada. El subsuelo.
—Sea —contesta Shiva.
—Pensaba que tú eras el dios más duro —dice Hefesto a Shiva en voz baja.
Siento un temblor por dentro, una vibración suave, como si una presencia me tocara sin tocarme. Percibo en el aire que alguien exhala muy cerca de mí. Tengo una emoción humana, una mezcla de nostalgia y recuerdo, como si un amor que me amó en otro tiempo me hubiera encontrado.
Es una conexión íntima, casi prohibida, que reclama algo de lo que existió, algo que quedó pendiente entre ambos. Es una nostalgia con un deseo, es una pasión.
A lo lejos veo a un hombre sentado sobre una barca tumbada con la quilla al sol. Mira al horizonte. No busca nada. Solo deja que el día lo envuelva. Llego hasta su espalda en silencio… ¡Por todos los dioses, si es Leur!
—¿Quién anda por aquí? —pregunta sin ver a nadie.
Lo rodeo despacio sin tocarlo. Su expresión sonriente me dice que percibe mi presencia, como si un recuerdo le hubiera despertado de golpe.
Leur cierra los ojos, y cuando los abre, una emoción sin palabras asoma en su mirada.
—Yo te conozco, pero no recuerdo el lugar donde te vi —me dice con un susurro de guasa.
No respondo, pero tengo una vibración tan alta que parece que digo sí. Leur dice:
—Algo en mí acaba de despertar.
—¿Quién te ha despertado del sueño?
—Mi amor por ti, puro, casi animal —me dice con ternura.
—Es verdad que te miro desde dentro, pero no pertenezco a nadie.
Leur, cuando era una mujer humana, fui el gran amor de tu padre.
Él me engendró un hijo, que murió joven y adulto en una epidemia maligna.
Su energía, junto a las demás que murieron de esa enfermedad, subieron a brillar convertidas en estrellas a la Vía Láctea.
Allí viven, en La Gran Vía. Todas las noches nos miramos y, sin palabras, nos amamos.
La vida nos sorprendió con este cruce de destinos.
Creo que debes reflexionar. Quizás nos volvamos a encontrar un día.
—Me alegra tener un hermano, pero tú no eres mi madre. ¿Qué soy para ti?
—Para mí eres el amor que nunca pensé sentir.
El sol se retira cansado de tanto quemar, lento, contento de poder descansar.
El mundo parece que hace una pausa, las sombras se alargan y todo brilla.
La tierra hace planes de misterio para la noche, y el cielo se convierte en lienzo de colores nuevos, imposibles de crear, y el lienzo se lo ofrece al mar, que lo recibe con el amor invisible de una conexión magnética, que no se puede separar, en la que quedan unidos en el amor de la noche, el cielo y el mar.
La luna nos hace un guiño y traza el camino. La mangata es un frágil sendero dorado que se rompe en un abrazo.
—Si supieras lo que haces del mar cuando te acercas —dice Leur, el Sireno enamorado.
El camino de la luna es un espejo donde nos miramos. Me vuelvo más densa. Casi visible cuando entro en el sendero.
Leur se acerca e intenta abrazarme. Envuelvo mi deseo en su cuerpo con un susurro que le estremece. La pasión se abandona entre las ondas, sube y baja con el ritmo del mar, a la vereda del camino de la luna.
—Siento que me tocas —murmura Leur, desnudo.
Un remolino suave le acaricia, mi temblor le excita, y mi voz, un arrullo que solo él escucha, lo lleva al éxtasis.
—Leur, me has encendido la pasión que arde en mí. Sabes cómo hacer el amor hasta perder el sentido —le digo apenas sin voz. Pero no me escucha, solo me ama.
El amanecer me empuja de vuelta al mar Cantábrico, donde está mi casa, la costa Esmeralda. Leur me mira sin comprender.
—Déjame amarte un instante más. Solo un instante —me pide.
—No me sigas —le dije temblando—. No puedo quedarme. Si me quedo, dejo de ser brisa, y si dejo de ser Brisa, ya no podría amarte.
Leur cierra los ojos, como quien acepta una condena. Me acerco hasta rozar su frente. Un adiós que no pude pronunciar.
—Te dejo mi nombre en la piel. Cuando el viento te toque, seré yo. Pero no me esperes. La espera te rompería más que mi ausencia.
—Vete —exclama sin voz—. Si te vas me quedo sin mundo. Si te quedas, me quedo sin alma. Prefiero perder el mundo antes de que dejes de ser Brisa.
Y mientras regreso al Mar donde nací, supe que esa noche no se repetiría jamás. Supe que había amado demasiado. Supe que por primera vez, el viento tuvo miedo. Veo la forma exacta del cuerpo de Leur recortado en la mangata.
—¿Por qué vuelves rota? —me pregunta sin palabras el Mar, celoso y paciente.
—Porque he amado más de lo que el viento puede permitirse.
Cada ola que me toca me devuelve la imagen de Leur con los brazos vacíos.
—No debí haberlo amado así. Lo dejé solo —le digo al Mar. Y el Cantábrico sabe que esa frase es una herida abierta.
Rozo las rocas como quien pide perdón. Si volvía a mirarlo, me habría quedado. Seguro.
Dejo que el Mar me deshaga un poco, solo lo justo para poder seguir siendo viento. Pero en mi centro, en ese núcleo que nadie ve, sigue latiendo Leur, como una luz que no se apaga, aunque la noche cambie de dueño.
Me cuenta El Viento que vio a Leur por el camino de luna, pero la mangata ya no estaba. La luna seguía ahí, sí, pero su camino de plata sobre el agua se había deshecho.
—Leur dio un paso hacia la orilla, como si aún pudiera alcanzarte —dijo El Viento.
“Brisa”, susurró, “no me dejes así”. Se arrodilló en la arena húmeda.
No lloró porque los hombres que aman a un ser imposible no lloran, se vacían.
Miró al horizonte buscando un rastro, cualquier señal que delatara, por tu parte, el momento de una duda.
No encontró nada. Y él entendió que la Brisa no pertenecía a ningún hombre, ni siquiera a él.
—Hija, he colgado la perla de Garhoud en tu pecho. Es tu historia humana prendida en La Brisa divina —dice mi padre, el Viento.
—Padre, dime, ¿quién soy?
—Eres un eco llamado Brisa. Eres el eco del Viento.