Capítulo XII El bostezo de Hefesto
La noche ha entrado sin hacer ruido. El fuego del hogar arde bajo una calma apacible. Pablo está reparando una red cuando entra Dhiva más seria de lo habitual. Él levanta la vista y sabe que algo la inquieta:
—Tienes la mirada que te vi por primera vez, cuando llegué sin memoria a tu vida.
—No es miedo. Es casi certeza.
—¿Es por Leur? —pregunta Pablo.
Dhiva asiente despacio:
—Hoy volvió distinto. Como si llevara dentro un secreto que no puede contar.
—Yo también lo noté. Parece que escucha algo que nosotros no oímos.
—Pablo, ¿recuerdas lo que te acompañó cuando naufragaste?
Pablo baja la mirada. No era un recuerdo fácil, pero tampoco era oscuro.
—No sé si fue un espíritu o un sueño. Lo único que sé es que no estaba solo, que algo me sostenía.
Dhiva se inclina hacia él:
—Ese algo ha vuelto.
—¿Estás segura?
—Lo siento en la piel. Y Leur, cuando el viento entra, cierra los ojos como si le acariciara alguien que ama.
—La Brisa…
—Sí. Y creo que esta vez no viene a por ti.
Pablo se estremece.
—¿Crees que viene a por Leur?
—Creo que está enamorado y creo que ella también.
Pablo se pasa una mano por el rostro, intenta ordenar lo imposible:
—Amar a la brisa es como amar a un horizonte. Nunca se queda.
El viento sutil vuelve a entrar, más cálido, más presente. Pablo siente que le roza la nuca, igual que aquella vez.
—Si ha vuelto es porque la historia no terminó con nosotros —murmura Pablo.
—No. Ahora empieza con él —opina Dhiva apretando su mano.
Descubro que puedo amar, y eso me desconcierta. Temo herirlo. No puedo quedarme. No es mi esencia:
—Leur, yo no pertenezco a un solo lugar. No puedo residir.
—No te pido que te quedes, pero no huyas de lo que sentimos.
Me acerco, casi tocándolo, y le digo:
—Si me sigues, tendrás que aprender a amar lo que no se puede tener.
—Enséñame. No quiero poseerte. Quiero comprenderte.
—Comprenderme es perderse.
—Entonces me perderé contigo.
—Si cruzas ese límite, ya no habrá vuelta atrás. Tu vida dejará de ser solo tuya. Serás hijo de Dhiva, hijo de Pablo, y amante de la Brisa.
El amanecer se despeja, como si el mundo aprobara esta unión imposible. Leur no sabe que fui el gran amor de su padre. Que su enamoramiento es peligroso, porque no pertenezco a nadie.
Java comienza a dormitar en un silencio profundo, un poco extraño.
A las dos de la mañana el viento se detiene sobre la cima de Mahameru.
El cielo abre la boca, y un estruendo de fuego con una nube de azufre invade el firmamento, como si el dios Shiva exhalara el cansancio de los siglos sobre las selvas de Java.
No hubo aviso. Lava. Relámpagos que fracturan la bruma y convierten la paz de Java oriental en un infierno de ascuas.
Bajo el rugido del magma, el cielo se dilata, salen nubes de sombras y se tornan de color escarlata, mientras la tierra grita.
La aldea Ranu Pani duerme envuelta en un velo de niebla, y un rugido profundo recorre la montaña.
El cráter vomita ceniza. El hollín empaña los arrozales. El horizonte respira brea.
La Gran Montaña es el eje del mundo en el que Shiva manda. El volcán en erupción es el despertar sagrado de Hefesto, en honor y bienvenida a Shiva.
—Siempre abres puertas. Yo cierro heridas. Tú desatas. Yo contengo. Y aun así, aquí estamos sin anularnos —habla Hefesto.
—El fuego te obedece. A mí me teme —contesta Shiva.
—¿Vienes a destruir algo más? —pregunta Hefesto.
—No. Vengo a advertirte. He transformado a un hombre en energía azul. Las aguas dulces lo necesitaban.
—Thanassia no estará contenta. Ella protege la carne, incluso cuando ya no late.
—La carne ya no era carne. Era tránsito. Yo solo abrí la puerta —responde Shiva con frialdad—. ¿Qué le vas a contar?
—Diré la verdad: que la muerte del náufrago no fue tuya, pero su destino sí.
La ceniza cae despacio sobre los arrozales como nieve que no enfría. El volcán recuerda a los humanos lo que los humanos olvidan: todo nace del fuego y al fuego regresa.
En las laderas del monte Semeru, donde vive el volcán, la mañana huele a arroz tierno y a madera húmeda. Las aves del alba cantan sin saber que bajo sus patas vive un gigante que duerme y que sueña con brasas.
El mundo rural se pone en movimiento. La civilización de arroz necesita ayuda. En el amanecer es difícil trabajar entre la niebla, pero lo intentan a tientas, como si sus ojos estuvieran ciegos de ceniza.
Los arrozales no son espejos escalonados. Están inundados de polvo, y en las laderas se han incrustado piedras de brea.
Me voy por los caminos de lava seca y casas cenicientas. En los pequeños huertos, donde los ancianos oran de rodillas, me detengo.
Dhiva y Leur retiran brea y rocas, reparan cercas, dan de comer a los animales, y arreglan grietas y oquedades en los canales de riego hechos de bambú.
—Muchas gracias, Leur, y a tu madre Dhiva, por vuestra generosa ayuda a mi familia. Habéis limpiado de ceniza el arrozal y mis animales han comido. Gracias. Tomad este café fuerte con panela dulce. Os dará energía —dice Kael con la emoción del agradecido. Junto a él está Narón con ojos húmedos.
—Amigos míos —dice Leur—, si salimos vivos del triángulo de las Bermudas, de la lava de un volcán, no vamos a salir muertos.
—Adiós, hermano. Los dioses buenos te acompañen.
Fhara está en una cooperativa, limpiando y metiendo en cajas frutas tropicales que se han salvado del vómito del volcán.
—Por favor, Viento, saca tu furia. Manda nubes de lluvia a Java. Por poco tiempo. Lo necesario. Nada más —le pido con respeto al viento.
—No te escondas detrás de tus juegos de aire —dice Fhara con un brillo duro en los ojos. No traía dulzura, traía filo.
—Solo pido al Viento lo que siento.
—¿Lo que sientes? Tú no sientes, tú rozas, tú pasas, tú no sabes quedarte —vocifera Fhara con sonrisa amarga.
—Lo que tú necesitas es un buen chorro de agua salada, para que te calme la furia. Voy a llamar a Thanassia —contesté mientras me iba. La dejé como ceniza de lava.
Llega Thanassia al frente de un ejército de olas bravas. Entran en el litoral y arrastran los escombros que dejó el volcán, hacia el mar, y allí los entierran.
—Buscamos a Mosses. ¿Lo habéis visto? —pregunta Dhiva preocupada.
—No —responde Thanassia—. Estará quitando el barro de algún templo.
Llega Leur asustado:
—Me ha dicho un anciano que ha visto a mi padre subir por un camino estrecho del bosque Kalinka. Y que iba hacia El Cepo del Bosque.
—El Cepo del Bosque es una grieta ancha y peligrosa que comunica con la Fosa —contesta Thanassia inquieta.
—Estará quitando brasas y piedras —opina Leur.
—¿Iba solo? Me parece muy raro que haya ido a Kalinka. ¿Qué hace Mosses en el bosque de una isla perdida en el archipiélago de la Sonda? —se pregunta Thanassia pensativa.
—Sí. Iba hablando solo —dijo el anciano—. No es de extrañar al ver este desastre.
El silencio de Thanassia habla: “Me voy. Esto no me cuadra”.