Capítulo IX Un secreto compartido
El astro rubio se hace inmigrante perpetuo y nos tuesta sin compasión. El viento duerme, yo me desperezo y bostezo al tiempo.
Fhara trae un cubo. Viene a coger conchas para hacer un collar a Dhiva, otro a Mosses y otro a Thanassia.
—Te traigo estas manzanas dulces para desayunar, queso de cabra y café bien fuerte con panela —con gesto amable se lo ofrece a Mosses.
—Gracias, Fhara.
Aparece Thanassia como una exhalación de espuma blanca:
—Hoy es día de estar a la orilla del mar, pero no veo ni a la Brisa ni al Viento. Se han vuelto perezosos. Los voy a espabilar.
—¿Quién me llama? —grito con entusiasmo.
—Empieza a trabajar —ordena Thanassia—. Hoy el día llega sin ropa y lo acompaña el infierno.
Mi primer aliento es para el padre de mi hijo, Mosses, Pablo, o náufrago. Tres nombres por si se olvida de alguno.
Thanassia y Fhara retozan en el agua mientras cogen conchas. Pablo se siente feliz.
Me voy hacia el mar y me encuentro con Brizo, que me saluda:
—Buenos días, querida Brisa. Seguro que no me esperabas.
—¿Qué haces por la costa javanesa en esta mañana espléndida? —pregunto sorprendida.
—Leur, qué alegría verte, hijo —exclama Mosses al abrazarlo.
—A estos osados descubridores de océanos los encontré tumbados y hambrientos a la sombra del faro Gibbs, en la cima de la colina. Mi amigo Itak avisó de que un grupo de aficionados estaba en apuros por Las Bermudas —cuenta Brizo.
Los jóvenes conversan sonrientes. Cuentan su aventura. Leur me mira con un silencio que habla.
—¿Por qué callas, Leur? Tus ojos parecen más pesados que nuestras risas —pregunta Kael en voz baja.
—Porque lo que hicimos no fue un juego. Fue una herida.
Narón quita importancia:
—¡Bah! Solo travesuras, nada más. Mañana nadie recordará.
—Pero yo sí recordaré. No quiero que mi memoria se llene de ruinas.
—¿Y desde cuándo eres poeta de la culpa? —pregunta Kael con guasa.
—Desde que entendí que la risa sin respeto es ruido.
Mosses mira indulgente a Leur. Los amigos bajan la mirada.
—¿A quién se parece tu hijo, Mosses? —Brizo hace una pregunta incómoda.
—No sé. Dímelo tú, Brizo —responde Mosses con determinación.
—¿A quién me parezco, Brizo? —Leur, expectante, pregunta.
—Posees la grandeza de un dios y la humildad de un árbol, que ofrece sombra y da fruto, sin pedir nada a cambio.
—Leur no es un dios ni un árbol. No ofrece su sombra a cualquiera, y de momento no ha dado fruto. Creo que te refieres a otro —dice Mosses con una dignidad silenciosa.
—No ha sido mi intención ofenderte, Mosses. Lo siento —contesta Brizo con una sonrisa.
—Brizo, no temo a nadie, ni siquiera a los seres sobrenaturales, porque he visto y he vivido lo peor en el mar.
Me voy a ejercer de Brisa por los campos sedientos de viento refrescante. Dejo en paz a este irritado grupo complejo.
—Brisa, ¿has visto a Mosses? Hace un rato estaba aquí y ya no está. ¿Dónde se habrá metido? —me pregunta Fhara inquieta—. Supongo que no ha estado contigo.
—No. Conmigo ya estuvo hace tiempo. Ahora le toca a otra estar con él. Me fui a ejercer de Brisa por los pueblos y no lo he visto. Estará con Dhiva… Espero.
Se acerca Thanassia con gesto intranquilo:
—A mí me preocupa Leviatán. Es capaz de hacer cualquier maniobra maligna. Vamos a serenarnos. Seamos vigías de la costa. ¿Por qué te tocas el pecho, Brisa?
—Es que he perdido la perla de Garhoud que me regaló Pablo. No sé cómo ha podido suceder. Un descuido por mi parte.
Leur llega y me mira con una sonrisa traviesa, como si fuera un secreto compartido. Reconozco en él algo de Pablo, y algo que me está pasando, completamente nuevo.