El eco de un alma desatada Capítulo X La Garganta del Diablo
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Capítulo X La Garganta del Diablo

En un bosque remoto llamado Kalinka, de una isla perdida al sur del archipiélago de La Sonda, existe un pozo subterráneo, La Garganta del Diablo, que llega hasta la fosa de Java.

Por esta ruta secreta salen los depredadores abismales a cazar en algunas noches sin luna.

La recorren serpenteando a nado un largo camino bajo la corteza terrestre, y acceden a la tierra a través de una grieta cubierta por raíces, El Cepo del Bosque.

Más allá de El Cepo del Bosque, se extiende una región desconocida. Los pocos cartógrafos que intentaron explorarla nunca regresaron.

Kalinka es silencio absoluto. Los animales que viven allí saben cuándo tienen que callar.

Mosses está sentado en el arroyo del Monje, junto a un tronco, intentando encender una chispa para hacer fuego.

Le gusta la cocina. No es una afición culinaria nueva en un vasco que ha encontrado la memoria.

Nacido en Trintxerpe, un pueblo de la costa norte de España, donde se elaboran alimentos con recetas ancestrales.

La voz de Brizo emerge como un oleaje.

—Eres más frágil de lo que imaginé, y aun así ella te toca.

—¿Quién habla? Muéstrate. Da la cara, cobarde —pregunta Mosses con enfado.

—Soy Brizo, amante de la Brisa, la que te escolta. Eso te hiere.

—No he pedido su compañía, es voluntaria —contesta Mosses de manera tosca.

—Ella te sigue, te protege. Lo que hace contigo nunca lo haría por mí —dice Brizo con voz quebrada.

—No soy tu rival. Fue mi camino. Ahora tienes el camino libre. Si no te quiere, no pongas disculpas.

—Ella te eligió y yo te salvé. Mira para qué. Tuvo compasión, y eso me hiere más que cualquier tormenta.

Mosses se puso en pie y con voz de capitán le dijo:

—Eres un dios menor sin honor. Para que yo te escuche, debes ser de una clase superior.

—Deseo tu distancia. Quiero que dejes de respirar el aire que ella mueve.

—La distancia no es olvido, jovenzuelo. Tu tragedia está en que te has enamorado de lo que no puedes controlar —contesta Mosses sereno.

—Lo intenté. Y ahora llegas tú, un desconocido, un hombre roto, y ella se inclina como si fueras un rey.

—Tranquilízate, amante de la Brisa. No soy ninguna amenaza para ti. —Noto cierta burla en la contestación de Mosses.

—No lo eres, Mosses, pero eres un recordatorio insoportable.

—Brizo, no soy mucho, pero soy mío.

El viento parece que sopla. El mar se inquieta. Me voy a descansar a la cueva de la Caracola Sagrada, donde Dhiva y Mosses pasaron su primera noche de amor.

Camino hacia el puerto.

Desde una barca me saluda Itak, amigo de Brizo, hijo de Porto, dios de las profundidades. Viene hacia mí y detrás de él llega Brizo.

A ver cuándo a este se le quita el celo, porque estoy agobiada.

—¡Qué sorpresa tan esperada! —saluda Itak, hijo de Porto, dios de las profundidades marinas, al tiempo que su energía toca la mía—. ¿Has venido sola?

—Sí. Necesitan de la Brisa. Hace un calor insoportable. ¿Y vosotros a dónde vais por esta costa?

—Nos estamos despidiendo. Brizo se va a las costas del Pacífico porque esperan galernas que podrían provocar un tsunami. Yo me quedo por aquí —me cuenta Itak al tiempo que veo un colmillo de marfil colgado de su energía.

—¿Se va mi tormenta favorita? También eres mi calma —miro a Brizo con cariño, y veo que cierra los ojos.

—¿Qué tiene ese náufrago que no tenga yo, Brisa?

—Está perdido, Brizo, por eso lo acompaño.

—Acompañarlo o consolarlo. Ya no soplas igual sobre mis aguas.

—No confundas mi compasión con deseo.

—Brisa, la otra noche te lo comías. Tú serás su energía de placer, como el fantasma que sabe jugar en la cama, aunque Dhiva esté bajo su piel.

—Está roto y tú estás celoso —contesto, rotunda.

—Quiero tu amor humano en energía divina, porque cuando un humano enamorado muere, su energía duerme entre el pijama y las sábanas del deseo no cumplido. Soy un dios. No debería sentir esto. Cuando te alejas, el océano se me hace insoportable.

—Brizo, no soy tuya. Nunca lo fui, pero te elijo cada vez que vuelvo al mar. ¿No es suficiente? Brizo, eres mi tormento, mi roce especial, mi mirada de atención, de momento. Nada más.

Desde que perdí la perla, noto un hueco frío en el pecho y un silencio extraño me envuelve. ¿Dónde la perdí? ¿Quién me la cogió? ¿Por qué la perla se dejó coger?