El eco de un alma desatada Capítulo VIII Leur, el Sireno
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Capítulo VIII Leur, el Sireno

El barco fondea en la costa y unos jóvenes se lanzan al mar. Llegan a la playa cansados y se tumban rendidos en la orilla. Uno de ellos es Leur, hijo de Pablo y Dhiva.

Han pasado los años que los humanos cuentan con dedos, y yo no he aprendido a contar. Leur ya es un hombre. Se parece mucho a su padre y la impronta que emite es muy parecida a la de su hermano, mi hijo Adrián, que murió con cuarenta y cinco años.

Seguramente vuelven del viaje que hicieron en barco por el Atlántico.

Los pescadores de la costa regresan con las redes medio vacías. El mar se vuelve extraño. Leur llega a la playa a nado. Uno de los viejos pescadores murmura: “No es hombre, es un sireno”.

El cabello largo flota a su alrededor, como un halo de algas doradas. Su voz puede ser suave o rugir como un oleaje en tempestad.

Viene hacia mí.

—Dame tu frescura, alivia mi cuerpo. Hazme una caricia con aroma de canela y menta. Leur me ofrece su cuerpo y espera que mi aire lo envuelva.

—Me tienes que contar tu aventura.

—Ven, sentémonos en esta planicie de prado, y como dos enamorados, te contaré mi viaje —me dice, al tiempo que siento su caricia.

Navegamos en el Asterión, un barco robado en la noche de un día, reforzado con más parches que madera de origen, con rumbo al corazón del Triángulo de las Bermudas.

Me atraen los lugares de coordenadas locas y brújulas sin orientación, de las que bailan perdidas como si estuvieran poseídas por Leviatán.

Fui al viaje con Kael, experto en señales y tecnología, y Narón, navegante que detecta las tormentas y las evita por los pelos.

El barco pasa la Florida y entra en el triángulo del Océano, donde las olas hablan. El Asterión somnoliento no avanza. Allí, solo, en medio de una noche sin luna, sin viento, parece una sombra a la deriva.

En ese momento vemos que un barco sube a la superficie, cubierto de algas rojas como la sangre, y a medida que va llegando arriba saltan tiburones y se quedan por las aguas.

Comienzan a perseguir presas marinas que descarnan sin piedad. Los restos cubiertos de sangre flotan, hasta que llegan otros y terminan el festín.

Kael gritaba desde la cofa que el barco vacío se juntaba con el nuestro, el Asterión.

Los tres amigos abordamos el barco fantasma vestidos con cartuchos de dinamita, y comprobamos que no había cuerpos humanos, pero vemos resplandores que salían de la bodega.

Bajamos y encontramos colores que brillaban, trepaban por las paredes como si buscaran la salida.

—Son energías —dice Kael—. Energías liberadas de los muertos.

Ordeno prender las mechas y hundir el barco. Desde el Asterión contemplamos la explosión y el hundimiento del barco abandonado.

—Podíamos haber robado otro barco más moderno. Este está tan cansado que se duerme, y no se mueve ni con marejada —comentaba Narón con temor.

Cuando zarpamos y ponemos rumbo a las Bermudas, oímos voces de angustia.

—Son las energías que piden auxilio —grita Narón asustado.

—No podemos hacer nada. ¡Kael! ¡A toda máquina!

Aparecemos en una isla cubierta de vegetación, con ruinas de una civilización perdida.

—Esto no está en ningún mapa. —Kael, fascinado, ríe.

—Ni en este mundo —añade Narón—.

Oímos pasos por detrás, pasos lentos.

—Bienvenidos a Katara —saluda una voz que viene de todas partes—, la isla que solo existe para los que son llamados.

Narón traga saliva.

—¿Y quién nos ha llamado? —pregunta temblando.

—La brújula rota. Y vosotros traéis la pieza que falta.

Meto la mano al bolsillo y encuentro un fragmento metálico, triangular, que antes no tenía.

—Hace siglos —explicaba la voz— esta isla era un faro para los navegantes perdidos, y desde que se fracturó la brújula, los náufragos quedaron atrapados en ecos temporales.

—¿Quieres decir que hay gente encerrada en bucles del tiempo? —pregunté a la voz.

—Miles —respondió.

Gritos desgarradores resuenan entre las ruinas.

—¿Qué fue eso?

—Son energías que esperan a otras que llegan en el barco que estuvo atrapado en el fondo del océano. Todas quedarán liberadas en cuanto llegue el barco que esperan —explica la voz, que habla desde los cuatro puntos cardinales de Katara, la isla sin mapa.

—¿Son energías de humanos muertos? —pregunta Kael, con el pavor que se reflejaba en su pantalón húmedo.

—Sí. Los humanos las llaman almas —la voz se quebraba.

—¿Y para qué sirven? —preguntaba Narón.

—Cuidan y protegen a los seres del mundo.

—¿Son de colores? —pregunté temblando.

—¡¡Sí!! —La voz eleva el tono y casi se convierte en grito—. Tienen los colores del arcoíris. La energía negra muere con el cuerpo porque no la quiere el mundo. Es energía maldita que se pudre junto al difunto que la alimentó en vida —explicaba la voz sin figura.

—Y los ancianos, hombres buenos que mueren en paz y sin energía, ¿a dónde van?

—Son energías privilegiadas que descansan en la tumba.

Al alba un animal araña la lápida con suavidad, y escribe sobre ella mensajes invisibles; después, hasta que el sol se alza, dormita acurrucado junto al mármol frío.

Son custodios silenciosos. Son conexiones ancestrales, misteriosas, entre el animal y el alma.

—Gracias, voz sin rostro. Me dejas tranquilo. Pensaba que alguien pudiera hacer de ellos leña para avivar el fuego del infierno —digo sereno. Y con gesto de líder y voz de mando, ordeno a mis amigos:

—¡Vamos! ¡A zarpar! ¡No estemos en este lugar ni un minuto más! Aquí te dejo el fragmento metálico triangular para que arregles la brújula —le grito a la voz—. ¡A bordo! ¡Pronto!

—¿Por qué tanta prisa, Leur? —preguntaba Narón.

—Presiento que hay un aire en el viento que me conoce. A veces me lanza un soplo de frescura que me calma, como si fuera una presencia invisible que me acaricia —contesté, nervioso.

En este escenario prohibido, buscaba mi destino. No quería ser recordado como hijo de Dhiva y Mosses, sino como dueño de mi propia furia.

Surcamos el océano hacia el interior del triángulo, donde las aguas se abren como una herida.

De pie, en la proa, levantaba los brazos al grito de “¡Que este barco se hunda, que el mar nos reconozca como hijos de su propio sino!”.

Kael lanzó una carcajada, Narón golpeaba la madera con su cuchillo, y en silencio, miraba las olas que se levantaban como muros.

El barco obedeció. Las tablas crujieron y el océano devoró la nave con un rugido. Saltamos al agua, nadamos entre restos y espuma, mientras el Triángulo nos envolvía en un abrazo oscuro.

—Brisa, cuando sentí en el viaje que un soplo de aire me acariciaba porque me conocía, pensé que tú estabas cerca y me cuidabas.

—Leur, no era yo, pero me hubiera gustado ser.

—Podemos intercambiar dos caricias, la mía humana, la tuya divina. Por probar. No va a pasar nada.

—Leur…

—Abandónate, y quiéreme, aunque sea mentira.