El eco de un alma desatada Capítulo VII Thanassia y Fhara
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Capítulo VII Thanassia y Fhara

Llego a Java con el alma hecha un remolino. He cruzado océanos, tormentas y memorias, guiada por el murmullo de las olas que aún pronuncian el nombre de mi hijo muerto.

En el centro de un jardín, entre estanques turquesas y carpas doradas, él aparece. El padre de mi hijo. Vivo. Vestido con ropajes de lino marino. A su lado, Dhiva, con la serenidad que da el misterio.

—Pensé que los océanos te habían tragado. Que tu nombre se había disuelto en la sal. Pero aquí estás, vivo, con una princesa de las aguas dulces —hablo pausada.

Él baja la mirada:

—Brisa, no hay día que no haya sentido el peso de tu ausencia. El naufragio me cambió. Me arrastró a este mundo y a Dhiva.

Lo miré como se mira a un faro apagado.

—¿Lo recuerdas cuando el viento sopla desde el norte? ¿O lo has enterrado bajo promesas de coral? Pienso que has tenido más amores en los puertos de Arabia, mientras yo paría y esperaba tu llamada.

Dhiva da un paso adelante con dignidad y dice:

—Sé que el mar guarda secretos, pero también sé que los que llegan a nuestras costas traen heridas. No juzgo lo que no entiendo. Pero escucho.

—Nuestro hijo se llamaba Adrián, engendrado en el mar del golfo Pérsico frente al ocaso.

Lo cuidé, lo atendí, lo eduqué, y lo enterré en el camposanto bajo un tamarindo, con el mensaje grabado en una losa de mármol que él me escribió antes de morir: “Mamá, serás mi brisa errante”.

Me senté en el suelo abrazada a su chaqueta para retener su olor.

Le pedí que se quedara conmigo hasta que aprendiera a respirar sin él.

Cuando me llegó la muerte fui enterrada junto a su tumba.

Dejé bajo tierra mi cuerpo y mi nombre. Y el alma, que era lo único que poseía, liberada, salió a buscarte.

Me voy con el viento, pero dejo su nombre en vuestras aguas.

—Brisa, no te vayas, déjame que te cuente lo que hice para que tú y nuestro hijo vivierais en mí.

—No me cuentes películas baratas. Con la primera mujer que te da arroz con leche de coco te quedas y te quedas también con el bautizo del nombre Mosses sin rechistar. Tu nombre es Pablo. Si lo habías olvidado, te lo recuerdo.

—Antes de golpear mi cabeza una roca, pasé mucha hambre.

Llevaba cuatro días sin comer, solo bebía el agua que dejaba el rocío de la noche en una concha, que con ese fin estaba en la balsa.

Comencé a masticar un pedazo de cuero del cinturón.

Me dolía el estómago, la piel, el cuerpo, la vida.

Mi desesperación llamaba a la muerte. En mi bolsillo trasero del pantalón, cerrado por un botón, encontré la foto de mi hijo, y tu última carta, casi borrada, era una mancha oscura, y mi hijo una nube azul.

Y con todo el peso de amor que podía cargar mi cuerpo, os miré, os besé, os lloré y os trituré en mi boca hasta hacer un puré con sabor a ti y a un hijo que no pude conocer.

Tanto amor digerido hizo que me sintiera bien.

Después quedé inconsciente. Este recuerdo se salvó del olvido.

—Pues ya es hora de recordar que te comiste a la madre y al hijo. No pensabas verme más, así todo quedaba en olvido. Pablo, no eres mi deuda de amor, eres mi estafa emocional.

Thanassia se acerca con calma, cubierta por una energía modesta.

Se hace presencia y me mira con una voz sin palabras.

Nos oímos. Camina hacia la costa. Veo a Leviatán, que serpentea entre las piedras hasta llegar a Thanassia.

Esta se hace ola rebelde y digna. Se destapa de modesta y se transforma en figura soberbia.

—Leviatán, ¿qué haces en la costa si tu lugar está en la fosa?

—Me gusta nadar el litoral. La Brisa refresca mi cuerpo.

—Ten cuidado. Esa flor no es para ningún cerdo.

—La quiero para sentir que su búsqueda desesperada me excita —contesta Leviatán riendo.

—Ve al fondo de la fosa para que te excite la diosa anciana Atharia o el coro de las ballenas viejas.

—A mí me apasiona la energía humana, joven y vibrante. Esos colores tornasolados que se escapan de las tumbas.

—Estás gordo de comer las energías negras que fluyen de las epidemias morales humanas.

—Comería con placer la energía del hijo de la Brisa, que murió en una epidemia humana biológica. Me llenaría de fuerza. —El Leviatán maligno se descubre.

—¿Eres tú, viruela inmunda? —pregunto con mal talante—.

¿No te basta comer la energía negra de los corruptos y los fanáticos?

¿De los pregoneros del miedo y del pánico social?

Tu paladar de espectro fosal no disfrutará de ese placer, porque mi hijo tiene energía astral.

Está por encima de tu figura reptil. Eres un difusor del espanto moral.

Thanassia, con un golpe de ola, abraza la tierra de Java y entra en la casa de caña y bambú, donde la espera Fhara.

El mar, revuelto y salado, y el río, apacible y dulce, son una voz sin palabras. Se juntan y se aman. Son voz en un temblor, en un jadeo. Respiran pasión y dolor.

—Entremos en casa —susurra Fhara.

—No hay nada que ocultar. No pueden descubrir. No existe vergüenza que tapar. Y la frescura de la Brisa es agradable.

—No me fío de la Brisa, es una seductora. Camela a cualquiera. ¿A ti te gusta? —pregunta Fhara insegura.

—A mí me gustas tú. La Brisa hace muy bien el papel de viuda enamorada. Ahora que le ha encontrado, veremos qué pasa —habla Thanassia, mojada por el agua dulce—. Es un placer no actuar esperando un veredicto, o pidiendo permiso para existir.

—Hasta el abismal puede llegar a ser una jaula —habla Fhara convencida.

—Es una jaula y la fosa una mazmorra —afirma Thanassia—. El mar abierto y su profundidad están bien gestionados. Damos libertad sin peso. Damos lo que somos —sentencia Thanassia, La Reina—.

El templo es un pequeño santuario de piedra con olor a menta y jugos de frutas expuestas al sol, cubierto de musgo, como una especie de misterio oculto, donde los campesinos dejan ofrendas de flores y velas encendidas con diferentes aromas de yerbas.

Situado en el centro de un valle estrecho de las laderas de un volcán dormido, que protege el dios Shiva, y donde habita su amigo Hefesto, se escucha el gemido silencioso de Dhiva sobre sus pasos lentos, que recuerdan el peso de la vida que crece en su interior.

Su cuerpo camina con su hijo en el vientre por los arrozales de terrazas verdes y brillantes, como escalones que descienden.

Fhara la sostiene con ternura. “No estás sola”, le dice mientras cubre sus hombros con un manto de lana de oveja. “La tierra siempre sufre antes de florecer”.

Dhiva cierra los ojos. Siente el dolor que atraviesa su cuerpo.

—Si sobrevivo a este dolor, el hijo del náufrago es hijo de una memoria vacía.

—Mosses está empezando a recordar. Lo comprobarás pronto —dice Fhara—.

Los campos se mecen con mi aire, el aire que acompaña la lucha silenciosa que soporta Dhiva. Y paso sobre ella como un suspiro.

Esa noche, cuando el poblado duerme, Dhiva sale de su casa, sola. La Luna, fisgona, se refleja en los arrozales. El silencio es tan perfecto que puedo oír su respiración mezclada con el murmullo del agua.

Paso como aire, y hago que el agua se mueva en todas las direcciones imposibles, como si escribiera un poema de versos tristes por la superficie.

Dhiva se mosquea. Sabe que no es el final, sino un aviso de alguien que la visita.

—¿Mal embarazo, Dhiva? Tendrás buen parto y buen hijo. Tu hijo y el mío son del mismo padre. ¿No crees?

—Mi hijo es hijo de una memoria vacía. En ella estás tú. A veces pienso que es tuyo más que mío —murmura Dhiva con tristeza.

—Dhiva, hay humanos que viven angustiados con esa duda.

Su ego no les hace ver que son presuntos padres, y nosotras somos madres biológicas.

Nunca sabremos en quién pensaban cuando nos hacían el amor.

Levitamos en ese momento de pasión. Queremos controlar los pensamientos cuando no vemos que existe amor.

—Sí, esta energía negra que me embarga no la soporto. No debí decírtelo. Lo siento.

—Dhiva, a mí también me ronda, por mi energía de brisa, una curiosidad que tengo. ¿Cómo fue aquella noche de placer con el náufrago?

—¡Oh, Brisa! No esperaba esta pregunta. El abrazo de Mosses es un fuego de dulzura que no tiene parangón.

—Nuestros hijos son de un padre que deja huella.

Mosses, en silencio, enciende el incienso y desparrama por las escaleras de piedra granos de arroz como ofrenda a la tierra.

Dhiva, en el arrozal, con las manos en el agua, arranca las malas hierbas, y sin mirarlo, dice:

—Tu silencio pesa más que el barro. ¿Quién eres, Mosses?

—No lo sé —responde—, pero lo estoy recordando. El agua me trajo. Todavía no sé de dónde vengo. Recuerdo mi nombre, recuerdo a la Brisa en su figura humana, y recuerdo a mi madre, de pelo rubio y ojos claros.

—Quizás no tengas que recordar —dice Fhara con suavidad—. Quizás lo que buscas está en nosotras.

—Quizás.

El náufrago baja la mirada, y en ese instante, invisible pero presente, rozo su piel, y dejo en él mi caricia efímera en un movimiento sutil, que al pasar lleva conmigo la fragancia de los campos. Y Pablo, el náufrago, sonríe. Sabe que manipulo al viento, y espera que le dé mi amor a cielo abierto.

—Pablo, vas a recordar tu vida dentro de mí. Sabrás hasta cómo te apellidas.

Desnuda

Te quiero en esta noche eterna como si no hubiera un mañana, como si el faro fuera una luz tibia entre tu cuerpo y mi naturaleza.

Cada caricia que me das hace que mi alma brame y encienda mis silencios con tus besos.

Libre y ondulante como las ondas, desnuda de sonrojo, sofocada de rubor, cierro los ojos y entro en tus pensamientos.

Tu voz es un roce sin final, lento, vivo. Como un vaho de brasa que calienta, y abre lo que nadie puede ver antes del gemido.

—¿Has pagado la deuda de amor, o solo una parte? Creo que una madre no debe nada al padre de su hijo. Engendraste a tu hijo con amor en la pasión. Y lo que he visto ha sido pasión, sin más, con un náufrago atormentado —dice Brizo con gesto amargo.

—Brizo, eres de lealtad líquida, te adaptas a lo que sea y después te escurres. Para opinar con acierto debes meterte en mi piel primero. Lo que haga no debe importarte. Soy libre.

—Estoy enamorado de ti. No lo puedo remediar. Tenía la esperanza de que olvidaras la deuda. Qué ironía: fui yo quien salvó al acreedor, y lo dejé a tus pies. —Brizo habla mientras me mira con una mirada de establo. No sé si es miedo o pena lo que siento.

—Tus ojos parecen ventanas del más allá. Eres energía divina —contesto, desconcertada por la confesión que me hace.

—Me gustaría ser humano y amarte como sabéis hacerlo, para poder entender tu juego.

—No hay juego. Siento orfandad. Tuve un amor que me dio un hijo y los perdí. Me quedé a la intemperie con un vacío que duele. Busco el diagnóstico para curar ese dolor que tengo enquistado en mi energía.

La vida humana está llena de dolor y de muerte, envuelta en una felicidad de papel muy fino, casi transparente —le contesto con voz quebrada y un mar de lágrimas dispuestas a caer.

—No quiero entender tu sermón. No comprendo qué tiene ese náufrago que no tenga yo. Me desarmas.

—Te desarmo porque soy lo que tú no puedes controlar.