Capítulo VI La cueva de la Caracola Sagrada
En un agujero profundo, labrado en el fondo del abismal, bajo ramas podridas y huesos humanos, hay un féretro de madera de ébano, y sobre él una N escrita con la punta de una daga, o puede ser que fuera una xilografía hecha con un colmillo de marfil.
Huele a sal y algas, a corriente fría, a babas de medusas, a podredumbre de ecos muertos, a todo menos a la quinta esencia.
Es un espacio de bruma entre columnas de oscuridad. Se oye un silencio líquido que rezuma lento entre las grietas de las rocas. Levanto la tapa de ébano donde duerme la N que tapa al náufrago, y la caja está vacía, no hay cuerpo. Un aliento de aire con una energía azul sale y se aloja en mi aroma.
—Amor, ¿eres tú? —exclamo con alborozo.
—Sí, Brisa, sabía que estabas cerca. La muerte me convirtió en energía azul, y seguí tu vuelo por la costa. Leviatán me guardó en el abismal porque mi energía es un alimento muy apreciado por depredadores y dioses ancianos.
—Cuéntame tu vida después del naufragio.
—Viví en Java varios años. Tuve un hijo con una náyade llamada Dhiva. La isla me devolvió los recuerdos perdidos, y conseguí una serena felicidad.
—¿Te has olvidado de que tuvimos un hijo? ¿Has pensado alguna vez cómo pudo ser su vida y la mía? Mira —digo señalando mi pecho, donde cuelga una perla—. ¿La reconoces? Es la perla que me regalaste en Garhoud después de una tarde de amor.
—Fuisteis mi pensamiento y mi destino. Os recordé hasta el último momento, hasta que perdí la razón y olvidé mi nombre. El tiempo fue reparando las heridas. El mar que me hundió me devolvió a la vida, hasta que mi cuerpo fue enterrado.
—¡¡Vamos!! Te seguí entre las sombras y me escondí entre las ballenas dormidas —grita Brizo, un poco nervioso—. Se han marchado todos. Las corrientes corren sin estorbos. ¡Vamos!
—Gracias, amigo —dice Pablo, aturdido.
—¿Tú eres el náufrago al que busca la Brisa?
—Sí. Es mi deuda de amor —respondo con ironía.
—Pues yo te conozco. Unos pescadores nos avisaron de que había una balsa varada en los arrecifes de Java, en el Índico.
—¿Por qué no me lo dijiste, Brizo? —le pregunto disgustada.
—Porque he ayudado a tantos, que no pensé que pudiera ser este el que buscabas. Mi amigo Itak, hijo de Porto, dios de las profundidades marinas, y yo lo encontramos casi muerto. Abrasado por el sol en un cuerpo lleno de pelos.
—Qué más hubiera deseado yo que presentarme limpio, comido y afeitado —comenta Pablo con guasa.
—¡Vamos, de prisa! Leviatán y Atharia estarán pendientes de cómo salimos de este encuentro.
—Me dan miedo. —Mi voz tiembla—. Estamos en sus manos. ¡Brizo, necesito que me cuentes! ¿Por qué no me dijiste que lo encontraste?
—Ya te contaré. Ahora, seguidme. —Brizo, al frente, escoge el camino más seguro.
Brizo habla y me dice:
—Al náufrago lo dejamos moribundo en el arroyo del monte Arjuno, donde las náyades custodian el agua y limpian el entorno de una fuente de piedra que asoma entre cañas por una ladera del monte —me cuenta Brizo, al tiempo que recuerda esta aventura lejana.
Dhiva se inclinó hacia Pablo con ternura:
—Está exhausto, su piel lleva la sal y las heridas del viaje. Aún respira. Qué frágil puede ser un hombre cuando el mar lo pone a prueba.
Fhara acarició su frente:
—Sí, y sin embargo hay algo en su rostro que me conmueve.
—¿Crees que sentirá miedo al despertar? Encontrarse rodeado de nosotras sin saber en qué lugar está —Dhiva preguntó con timidez.
—Tal vez pueda sentir alivio. Que nuestras voces sean compañía. Que sepa que no está solo.
—Entonces cantemos bajito como un susurro que lo anime a seguir adelante. Que sienta que alguien lo cuida —opinaba Dhiva con voz maternal.
—Sí, hermana. Que descubra que el mar no solo arrastra, también devuelve. Y que en nosotras encuentre la humanidad que tanto anhela.
El náufrago abrió los ojos despacio.
Fhara habló con voz cálida:
—Tranquilo. Estás a salvo, aquí no hay peligro. Bebe agua a pequeños sorbos.
El náufrago, débil, quiso ponerse en pie, pero las piernas no lo sostenían. Dhiva lo sujetó y lo tumbó sobre la tierra.
—Me salvé del naufragio en una balsa, y no sé cuánto tiempo después esa balsa chocó contra la costa.
La corriente me arrastraba. Mi balsa se deshizo golpeada por las olas contra las rocas.
Una estalactita de piedra, en el techo de una cueva, me golpeó la cabeza, y caí sobre el arrecife.
Había deseado tanto la muerte y, sin embargo, sigo vivo. ¿Dónde estoy?
—Entre manos amigas. A la orilla del destino —respondió Dhiva con tono íntimo—. ¿Cómo te llamas?
—No lo recuerdo. He olvidado mi nombre.
—Descansa. No temas. Deja que tu corazón recuerde que aún late por amor. Te llamaremos Mosses, por la leyenda de la tradición judía: salvado de las aguas —lo bautizó Dhiva. Cubrió su cuerpo con bálsamo de aceite de aguacate y con crema de limón le lavó el pelo.
Y se durmió profundamente a los pies del Árbol de la lluvia, sobre la espléndida cubierta de sombra.
En un acantilado estrecho de la costa de Java, se levanta una cabaña que parece suspendida entre el cielo y el océano, hecha de madera oscura y bambú, con techos de palma trenzada que crujen con el viento.
Se asienta sobre un pequeño abismo, sostenida por pilares de piedra incrustados en la roca, como si la naturaleza la hubiera querido allí.
Las náyades han decorado la casa con conchas y corales.
En las paredes cuelgan redes marinas que sirven tanto de ornamento como de recuerdo de su vínculo con el océano.
Junto a la entrada, una pequeña mesa de madera con libros para Mosses, donde él escribe sus memorias de náufrago y escucha las historias que Dhiva y Fhara le cuentan sobre los secretos del mar.
Una terraza se abre directamente sobre el abismo, con una hamaca de tul.
Los aromas de coco y clavo que llegan de las casas rurales de la planicie inundan el aire. El olor a café impregna el amanecer.
—Cuando vayas a Java te encantará ver este paisaje y la casa. El humano y lo divino saben cómo equilibrar este abismo —me dice Brizo al recordar la belleza del lugar.
Allí los tres se sientan por las noches, para escuchar el rugido del océano mezclado con cantos que parecen surgir de las profundidades.
La Luna, serena, desde su altura, vigila y me cuenta:
—Miro desde mi espejo blanco cómo Dhiva se acerca al náufrago. Su mirada es agua que acaricia. ¿Lo veis, estrellas? El amor se enciende como un faro en la oscuridad.
Las estrellas en coro titilan:
—Sí, lo vemos. Sus manos tiemblan como ramas al viento, pero cuando se rozan, la noche se ilumina más que con mil constelaciones.
—El perdido en mares y silencios encuentra en Dhiva un puerto secreto, y ella le ofrece un canto que sana las heridas del viaje —dice la Luna con ternura.
Me cuenta la Luna que, ayer, la tarde se puso oscura. Salió un aire denso, casi eléctrico. Las nubes estaban bajas y pesadas. Y un silencio extraño contuvo el aliento de toda la naturaleza, esperando el primer trueno.
El vendaval empezó con un murmullo inquieto entre las hojas, pero en minutos se transformó en una fuerza desatada. El viento de Java trajo olor a sal, a mar revuelta, a espuma arrancada de las olas.
La lluvia azotó el mar como un suplicio repentino, y las olas sin pechos, altivas, abrazaron a la tierra.
Mosses y Dhiva entraron en la cueva de la Caracola Sagrada a refugiarse de la tormenta, porque temían que el viento hiciera volar su casa de madera y bambú.
Los dos poseían una energía infinita cuando se tumbaron sobre un manto de sargazos secos.
A pesar de que eran dos, sintieron como si fueran uno. No medían el tiempo. No oían al viento. No miraban a la cueva, ni la descubrían por dentro. Eran atemporales. Se veían inmortales.
—Vi a Mosses tendido —me dice la Luna—. Recibía el aroma del velo de Dhiva, y se excitaba. Sentía la caricia que sin permiso mimaba las partes de su cuerpo, y Dhiva se desprendió del tul que la cubría. Como una ola ondeaba su cuerpo alrededor de Mosses.
Este la cogió con fuerza, y ya no la soltó hasta que el amanecer asomó por la isla de Sumatra.
—Hermana Dhiva, ¿por qué tus ojos guardan un brillo distinto? —pregunta Fhara sonriente.
Dhiva acaricia un libro entre sus manos mientras responde:
—Anoche, entre las raíces sumergidas y lágrimas de estalactitas, el náufrago me encontró. Su piel llevaba la sal del océano, y sus labios, la urgencia de quien ha visto la muerte de cerca. Nos unimos como dos corrientes que se reconocen, y la tormenta fue testigo de nuestro abrazo.
—El amor de los mortales es como la espuma, efímera y siempre arrastrada por la marea. Pero si tu corazón lo eligió, que la tormenta guarde el secreto entre las olas.
Las dos náyades quedaron en silencio. Escuchaban cómo la tormenta transformaba la pasión en leyenda —me cuenta La Luna.