Capítulo V Criaturas abismales
Thanassia, al socaire del arrecife, en el cabo de Las Agujas, adorna a las rocas con coronas de espuma. Las corrientes del Índico son templadas, y las olas gigantes abrazan la costa. Es la furia de la belleza en todo su esplendor.
Con un firme gesto, Thanassia le indica a Brizo que se acerque al lugar donde ella está. Brizo acude y la escucha. Su energía contesta a la Reina con una negación.
—Me pregunta si yo sé algo del náufrago. Le he dicho que no, que lo buscas tú, no yo. Algo debe saber. Parece que va a morir de éxito cuando habla. Es una borde —dice Brizo con cierta ironía cuando vuelve.
El Viento arquitecto se entretiene y hace con el mar olas que bailan al son del cincel con el que trabaja. Le dice a Thanassia:
—No indagues en algo que no te incumbe. Lo que busca ya está esperando.
Nos vamos a Java. Antes pasamos por el abismal del Índico. Brizo me guía.
—¿Has venido a susurrarme tus penas, espíritu errante? —me pregunta Atharia, diosa altiva que vive en el abismo.
—No vine a pedir, ni a llorar. Solo paso sin dejar huella. Quien toca todo no necesita poseer nada —respondo danzando entre las corrientes.
—Qué triste es verte así, reducida a aire que no se puede atrapar, después de haber sido humana y ambiciosa. ¿Esa es tu victoria? —me habla con desdén la diosa.
—No tengo templo, pero entro en cada grieta del mundo.
Atharia responde con soberbia:
—Yo soy eternidad. Yo soy adorada. ¿Qué eres tú, que no tienes nombre ni altar?
—Soy la que toca tu rostro cuando crees que nadie te ha llorado. Soy libre. Tú estás atada al poder. Yo soy el vacío que danza.
—Brizo, la diosa Atharia es prepotente y adivina. Sabe quién soy y a dónde voy. ¿No hay otro camino para entrar al abismo?
—Existe un pozo desde la tierra hasta el fondo de la fosa.
Lo utilizan algunas veces los depredadores para cazar animales pequeños que anidan en la superficie.
Es un secreto abismal. No te preocupes por Atharia.
Es una bruja vieja. Qué más quisiera ella que ser tú.
—Brizo me lo dice riendo. No sé si es guía o confusión, pero no me gusta su actitud. Me lo dirá el abismo, que lo sabe todo.
Érase una vez en aquel tiempo El Mar
En la noche oscura del mundo. La tierra no pudo dominar la furia de la noria, El Mar. Ni quitar el gusto de la sal.
Tú eras ya El Mar, el misterio de la Tierra.
Guardas los secretos ocultos en el abismal profundo, donde el humano no puede entrar. La cultura occidental nunca entenderá que eres el modelo vital, espiritual, de vientos, corrientes, olas y ondas.
Eres esencia y cualidad.
Fuiste feliz en aquel tiempo con el viento, la brisa y la ausencia de desechos. Fuiste el primer espejo.
Bajamos hasta el fondo, donde el tajo de la montaña descansa sobre la arena, en una profundidad negra. Hay cuevas y grietas entre las rocas de las laderas. Vemos que algunas ballenas duermen en posición vertical entre las sombras.
Subimos hacia la superficie y encontramos una claridad tenue que llega desde algún punto que se hace invisible.
Seguimos avanzando entre corrientes, sargazos y especies marinas de cuerpos extraños, hasta que encontramos una piedra como un ara en mitad de la montaña.
Sentados en ella, contemplamos el misterio insondable de un abismal.
La cumbre queda lejos. Se puede ver una leve luz solar.
Las ballenas ancianas entonan cantos de advertencia que resuenan como tambores de guerra.
—Desde aquí podemos ver el conflicto que se avecina. Intuyo un combate por un reino. No te asustes. Son rivalidades viejas —dice Brizo como si dijera una tontería.
El enfrentamiento estalla en el Valle de las Medusas Luminosas, donde los Peces Linterna iluminan la corriente fría como antorchas vivientes. La corriente caliente se torna violenta. Los corales tiemblan.
Por un lado aparece Lord Negrón, el Rape abisal gigante, con una boca desmedida y una coloración casi negra que le permite camuflarse en la penumbra, para convertirse en un depredador furtivo, perfecto para su entorno, y se desplaza por la corriente al frente de su ejército: los tiburones fantasmas que emergen de oquedades en niebla, y los Pulpos Estrategas de tinta profética, con ocho tentáculos interminables como guantes y ventosas pegajosas del tamaño de un cráneo.
En el otro extremo, la figura de Lady Nerezza, La Generala, Sirena de Las Escamas de Plata, seguida por las huestes de Amazonas Sirenas Silvestres y el depredador de ojos giratorios, El Pez Telescópico, que habita donde la luz del sol nunca llega, de cuerpo largo y mandíbulas enormes que mascan y tragan presas de cualquier tamaño.
Lord y Lady, envueltos en capas de bruma, se enfrentan:
—Nerezza, ¿vienes con paz o con un puñal envuelto en verso? —pregunta Lord Negrón.
—Ni paz ni guerra, Negrón, sino verdad. La noche nos reclama como hijos suyos, y el abismo murmura que uno debe caer.
—¿Caer? ¿Tú, que danzas con serpientes de sombra, me hablas de caída como si el suelo no fuera ya nuestro trono desde siglos?
—Solo uno puede mandar en los espíritus.
—Entonces que hable la espada.
—Entonces que el abismo decida. Que nuestros ejércitos se enfrenten, y que las sombras canten el nombre del vencedor —sentencia Lady Nerezza.
—Sea. Que la noche se parta en dos —brama Lord Negrón.
—Y si yo caigo, que mi voz se convierta en canto de muertos, en leyenda de ruina. ¡A las armas, Negrón! Que el abismo escuche.
Se alejan arrogantes, envueltos en ecos.
Vemos los ojos del Gran Tiburón Blanco, que vigilan el Valle de las Medusas por si algún traidor clava su espada en la espalda de la generala Nerezza o del depredador Negrón.
Desde la claridad de la cumbre desciende una presencia cuyo tamaño no es constante, sino que se ajusta al espacio que entra o al miedo que percibe.
Recuerda a una serpiente marina, sin escamas. Su piel tiene vetas azules que se mueven por dentro como corrientes internas.
Tiene dos ojos en el centro del cuerpo, colocados en distinto lugar, algunas veces en la cola. Son redondos, sin pupilas, como ventanas. No tiene dientes.
No nada. Desplaza el agua sin moverla, como si el Océano se retirara para dejarlo pasar. A su alrededor las corrientes se suavizan, emite un sonido como un trueno bajo el agua.
Leviatán habla, y cada palabra parece que arrastra siglos de rencor, como quien ha visto nacer y hundirse mundos.
—Tu tiempo terminó. El abismal será nuestro —grita ofuscado Lord Negrón cuando ve a Leviatán.
—Mi reino es la profundidad donde no llega ni el eco. Allí está mi trono —responde Leviatán con mesura.
—Nosotros devoramos. Lo que no huye lo hundimos —afirma Negrón ofuscado.
—Negrón, vuestra hambre es ruido. El fondo necesita silencio para recordar que incluso lo roto tiene destino.
—¡Hablas del humano! —grita la diosa Atharia mientras baja de su altar de conchas anacaradas en lo alto de un risco—. Hablas del náufrago que la Brisa busca. Lo queremos. Su energía es alimento. Necesitamos energía humanoide para vivir.
—No lo tendréis, porque aún no ha terminado de caer. No olvidéis que todo lo que asciende cae, y yo espero en el fondo. —La voz de Leviatán se siente como una presión fría en el pecho.
—No puedes detenernos —exclama Negrón.
—Sí puedo advertiros. No soy espíritu, ni un dios. Somos muchos los que odiamos lo que brilla. No tenéis fuerza, tenéis hambre. Moriréis todos y este abismal volverá a ser silencio.
—¿Quién nos va a matar? ¿Tú? —pregunta la generala Nerezza con burla.
—Sois tan estúpidos que me producís ternura.
Mirad quiénes os rodean. Cientos de leviatanes os están mirando.
No los veis porque el agua se ha vuelto espesa, inmóviles esperan a que comencéis la batalla para llevaros a las tinieblas.
¡¡Comenzad o marchad entre la niebla!! Escoged. Se me acaba la paciencia.
—Nuestra retirada no es tu triunfo —dice Negrón muy digno—. Es un tiempo. Una reflexión. Un acuerdo de momento.
La diosa Atharia mira hacia el lugar donde Brizo y yo estamos sentados, y vocifera con voz de gárgaras verdes:
—Allí está la Brisa. Miradla. No busca un náufrago. Quiere un Reino de Viento.
Sombras enormes se deslizan por detrás de Leviatán hasta el fondo del abismal.
—Brisa, ¿buscas a un náufrago que apenas respira? ¿Por qué arriesgarte por un mortal que no puede seguirte? —pregunta Leviatán—. Si tú quieres, yo puedo apagarte el recuerdo.
—Porque él me siente. Aunque no me vea. Aunque no sepa quién soy. Su deseo de vivir me convoca.
—¿Estás dispuesta a enfrentarte a lo que yo guardo? ¿Crees que podrás protegerlo? —Leviatán se inclina para mirarme, mientras pregunta.
—No vine a protegerlo, vine a encontrarlo. Lo demás lo decidirá él.
—Entonces escucha, Brisa. En el subfondo, donde ni los fantasmas se atreven a entrar, hay un latido que no es mío. Quizás sea el hombre que buscas o quizás sea algo que lo falsificó.
—Muéstrame el camino —ordeno con voz queda.
—El camino no se muestra. Se sobrevive. Desciendes demasiado, Brisa. Aquí abajo hasta los dioses se rompen. ¿Estás segura de que quieres seguir respirando entre mis muertos?
—No vine a respirar. Vine a encontrarlo.
—No lo oculto. Lo protejo. Muy bien, Brisa, pero recuerda: lo que encuentres en el fondo del fondo quizás no quiere ser encontrado.
—Dime dónde está.
—Si te lo muestro, si te llevo hasta él, ¿seguirás regresando a mis aguas? —me pregunta cerrando sus ojos con dos persianas de pestañas de escamas.
—No puedo prometerte eso.
—Entonces ven. Te llevaré. Pero recuerda esto, Brisa: si él te hiere, si te olvida, si te abandona, seré yo quien recoja tus restos luminosos. Y esta vez no te dejaré ir sin haber apagado tu luz.