Capítulo IV La batalla de los chumbos
Harmattán me invita a pasar la noche en una cueva oscura.
En medio de ella veo un oasis sombrío, ancho y profundo con camellos que duermen tranquilos bajo unas chumberas.
La cumbrera de la montaña de arena es una boca roja por donde entra la luz que emite el firmamento a un inmenso chumberal.
Las chumberas son gigantes. Los higos chumbos llevan puesta una armadura de afilados pinchos con un ojo blanco que no parpadea. Todo el rato me miran como si vieran un recuerdo lejano.
—Soy la Brisa del mar, y aire del viento. Mi lugar está en la costa, pero aunque no me quede aquí, puedo venir cuando me necesites —digo a Harmattán con suavidad.
—No podría vivir sin ti. Estoy enamorado —dice el viento polvoriento.
—No te confundas. No estás enamorado. Solo me necesitas.
—Es que no sé otra manera de hablar. Quédate conmigo. Te lo suplico —insiste, terco, el viento polvoriento.
Sospecho que no hay disculpa que permita una tregua sensata con esta oposición fanática. No encuentro paz en esta caverna. Busco al viento de polvo, Harmattán. No lo veo.
La voz de un higo chumbo me cuenta:
—El viento del desierto se ha marchado. Eres su prisionera.
Me invade la angustia. La traición de este mugriento me produce un llanto en esta noche silente. Deslizo mi pena entre camellos árabes y chumberas. Lágrimas que no se ven me visten de sombra cautiva, en una lúgubre cueva del desierto del Sahara.
Oigo al Siroco rugir como una bestia de fuego. Calima espera envuelta en un manto turbio de tierra.
Estoy encerrada por los vientos violentos. Mi liberación es el objetivo de la lucha que inician mis protectores contra los vientos negros del desierto.
La Chumbera Madre, erguida como una torre espinosa, me avisa:
—Ponte a cubierto. Voy a lanzar flechas de espinas hacia el cielo, donde el Siroco vuela furioso.
Me escondo entre los camellos que, acurrucados, parecen minidunas de café.
Tamarix, el árbol solitario, extiende sus ramas, y de ellas brota agua, que se convierte en vapor al tocar a Siroco, creando una niebla cegadora.
Llega Calima con un manto opaco. Las colinas de arena, confundidas con la batalla que comienza, cambian de forma. Se hacen muro de contención para mis aliados.
Desde el oeste, Harmattán desciende como un juez implacable, y con un gesto violento me encierra en una espiral de polvo, y grita:
—Me voy a la Amazonia. Arrastro arena, hojas y recuerdos. Te llevo en mi memoria. Volveré.
Unos camellos que observan la lucha desde la duna bajan sin prisa, y se colocan entre los combatientes para ser apoyo y escudo de los higos chumbos.
El árbol Tamarix susurra a las raíces del desierto. La tierra se abre y traga parte del viento enemigo.
El Siroco, debilitado, se desvanece en una nube de ceniza.
Calima, niebla de polvo y olvido, se dispersa aturdida entre las dunas.
Fui liberada de la burbuja de polvo. Acaricio los rostros de mis defensores y de nuevo comienzo a renovar el aire con mi embrión de brisa.
Las chumberas florecen. Las montañas de arena, donde los secretos se esconden, cantan cuando las acaricio con un aire delicado, casi imperceptible, pero con la fuerza que transforma el espíritu.
La noche tiene estrellas y luna, pero le falta el aire.
Es una noche seca, fría y silenciosa. A lo lejos veo las jaimas de los tuaregs.
Están sentados sobre alfombras de piel de cabra y sus figuras hacen un círculo azul.
Toman el té, amargo como la vida, que embriso con mi frescor a la luz de la luna.
Mientras, acaricio sus cuerpos con mi aroma tibio y delicado.
Las mujeres se cubren el cuerpo con chilabas bordadas, y recogen el cabello con un tagelmust para protegerlo de la arena que levanta el viento cuando sale. Ellas ofrecen a los hombres azules el té dulce como el amor, y el jefe de la caravana sirve la última infusión, suave como la muerte.
Los camellos duermen, algunos gruñen porque tienen calor. Paseo junto a sus cuerpos y el sueño se hace apacible.
Me voy a la costa. Siento que necesito el mar. Veo un remolino de viento sucio, como un tornado gigante en la orilla del mar. Retrocedo porque presiento peligro.
El Viento limpio avanza sin titubeos entre las olas hacia el tornado, y cuando llega, dice con voz grave:
—Mira hacia atrás, Harmattán. La Brisa nos mira. Lo que deseas está esperando la sentencia que mereces.
Serás bruma cautiva en las oquedades de las montañas, que están entre la tierra y el mar. Todo lo que se mueve encuentra su lugar.
Y te sigo buscando vestida de Brisa
Pablo, tu nombre todavía vibra en mí, como un eco que no se apaga. No sé si me recuerdas. Soy la Brisa, sí, pero también soy memoria. Y la memoria cuando ama, insiste.
He recorrido costas enteras buscándote. He interrogado a los faros, a los peces que saltan sin miedo, a las caracolas. Todos me dicen lo mismo: que siga, que no me rinda. Que los que se pierden en el mar no siempre están perdidos.
Si supiera que lo busco, si supiera que cada noche me siento a su lado, invisible, esperando que abra los ojos. Quizás entonces no se sentiría tan solo.
Pero sigo. Porque amar es avanzar, aunque no haya certeza. Y yo, que no tengo forma, tengo un destino. Él.
Era de esperar que tanto amor causara una fina fisura por donde escapaba una lágrima roja. Era mi corazón cansado que, sin ser viejo, después de haber amado tanto dejó de latir en serena armonía con el universo.
Siempre, amor. Si te encuentras muy solo, piensa que en el silencio denso que las palabras no rompen, nos amaremos.
Brizo y el Viento. Yo entre los dos, sentados en la fuente del mangle de tronco rojo, en una noche silente, casi perfecta. Solo la luz traspasa el cristal de agua virgen. Nos contamos secretos y presagios.
Contemplo el torrente. Me recuerda lo que fui, lo que soy, y lo que aún no sé lo que seré.
La corteza del tronco es como una brasa mojada que habla un idioma, que no exige nada, solo presencia.
Y en esa presencia el cansancio deja de ser peso y se vuelve permiso, permiso para andar despacio y dejar que la noche haga su trabajo, porque hay noches en las que no hace falta pensar, basta respirar cerca del mangle y dejar que él piense por mí.
Los manglares saben de raíces profundas, de vientos que no tumban, de silencios que curan. Y yo, que también soy raíz, viento y silencio, solo necesito estar mirando el tronco mojado.
Soy alma. Fui cuerpo. Soy lo que no se ve, lo que no se sabe.
—Brisa, ¿buscas a Pablo por amor, o por ser tu vínculo profundo con un ser humano? —me pregunta Brizo somnoliento.
—Me dio un hijo, y me dio una presencia que me hizo sentir alguien.
—Eres naturaleza —dice el Viento—. Quieres abrazar, pero solo puedes rozar. Quieres residir pero te dispersas. Amar a Pablo te ancla. Tu esencia es la libertad absoluta.
—No sé si Pablo vive. Hace tiempo que no lo siento. No sé si me recuerda, pero no abandono la búsqueda aunque el mundo cambie.
Brizo hace una burbuja con mi aroma de misterio, y susurra con ternura:
—Eres cómplice del mar. Él te sostiene, te guía, te calma.
—Eres mi hija pequeña, a la que yo protejo —un soplo ronco descubre la voz del viento sereno—. La tierra es fija, estable, todo lo que tú no puedes ser.
—He aprendido que puedo amar sin poseer. Seguiré buscando. Todavía existo en la memoria de quien amo.