Capítulo III Harmattán
Cuando llegamos al golfo de Guinea, había una niebla tan densa de polvo que tuvimos que retroceder a mar abierto.
Nos negó la tierra, y el mar nos recibió sin juicio ni promesas. De nuevo entramos a la costa. Hay cierta visibilidad despejada y la arena se asienta sobre yerbajos secos y conchas de la playa, a lo largo de una bahía extensa de cocoteros que se ve al fondo.
El mar arroja escombros de desperdicios humanos a la costa, y el viento nordeste del desierto, Harmattán, los ha cubierto con una alfombra de polvareda, tierra y sol.
—Estás tapando con tu viento sucio los plásticos, latas y botellas que mancillan el mar del océano.
Mírate cuando soplas porque expulsas partículas que dañan los pulmones de los animales, y tu expresión es un cuadro abstracto de terror —le espeta Thanassia, indignada, a Harmattán, el viento de arena.
—También alivio el fuego húmedo del desierto. Siempre voy sucio, es verdad, pero arrastro la memoria y la cultura de los pueblos africanos —responde Harmattán con la humildad de un camello.
—El arte, la emoción y la memoria son invisibles, son divinos, son del alma. Pero la limpieza también es otro atributo que lleva la belleza. Así que cesa de echar polvo y vuelve al Sahara —contesta Thanassia con retórica rotunda.
—Yo no echo polvo, transito con la arena que expulsan las crestas de tus olas. Os creéis perfectos por ser esbeltos y estar limpios. Si no fuera por el Viento, ya me gustaría veros. Os colgaría el plástico de los humanos por la energía divina.
En aquel momento varias legiones de olas en estampida salvaje salen del mar y arrasan los escombros de diversos productos humanoides.
—Adiós, Harmattán. Buena suerte —gritamos mientras le mandamos soplos de Viento y Brisa.
En este viaje que hacemos hasta la península del Cabo, acompañamos a Brizo en el velero de vela blanca cuadrada, y, mientras El Granuja navega, nos quedamos sumidos bajo el encaje de estela que deja el bergantín cuando surca el mar, excepto Thanassia, que, como ola discreta, junto a las ondas se puso en camino hacia el cabo de las Tormentas.
Dicen que las palabras se las lleva el viento.
El viento no tiene la misión de hacer volar el dolor. Las palabras prenden en el corazón y quedan como brasa tibia en el alma.
He dejado palabras tendidas en un tendal, en la arena, para que el viento Harmattán las queme con su fuego, y lleve las cenizas a enterrar en el desierto.
Las horas se deslizan. Y con los ojos cerrados. No pienso. Solamente respiro.
—Eh, Brisa, ¿duermes? El Viento ronca de placer y rendición —me pregunta Brizo.
—No duermo, estoy pensando en verso agitado.
—Ha venido a visitarme el abuelo Thaylor desde el horizonte.
Es un dios sabio y compasivo. Enseñó a los primeros dioses marinos a comunicarse con los peces, a leer el lenguaje de las olas y a proteger a los viajeros sin rumbo.
Grande mi abuelo Thaylor —me cuenta Brizo, dios de los sueños y de cabello ondulado como las olas.
—Pues mi tatarabuelo Gen, antes de que yo naciera, cuando todavía estaba en el vientre de mi madre, me mostró mis poderes ocultos y me enseñó cómo debía aplicarlos cuando saliera al mundo.
—Brisa, cuéntame tu historia humana —me pide el amable Brizo.
Mi tatarabuelo Gen:
—¡Hola! ¿Qué haces?
—Estoy comiendo.
—¿Qué comes?
—No sé, pero está bueno.
—¿Cómo te llamas?
—No sé.
—¿Todavía no has oído tu nombre?
—No. Hablas poco. ¿Quién eres?
—Soy Gen, tu tatarabuelo. El padre de tu bisabuelo Juan.
—Ah.
—¿Cuándo sales al mundo?
—Creo que el mes que viene.
—Cuando salgas quizás no te guste el mundo al principio. Después tendrás de amiga a la vida.
—¿Qué es la vida?
—La vida es un capricho invisible que debemos descubrir día a día, porque pasa con prisa. Es como un suspiro, como un asombro sencillo que, si no lo disfrutas, no te enteras de que la vida es bonita y buena.
—¿Cómo se vive la vida?
—De la mejor manera que puedas. Hay que sortear el miedo para que el mundo no te haga prisionera. Debes dominar las fauces de los hombres y no dejar que hundan tu espíritu en charcos. Hazte invisible y amiga del silencio.
—¿Cómo puedo hacerme invisible?
—Cuando ellos te ignoren, siéntate en la sillita de paja que está en la cocina, regalo de mi nieto Juan.
Lee un cuento, juega con el muñeco, o chupa un caramelo en silencio, y abre tus oídos hasta el estribo.
No reclames nada. Observa, que ellos no te ven ni te recuerdan.
Decepciónate y vete. Yo estaré contigo como jefe de los genes que llevas en tu sangre, porque soy el más viejo, los demás no valen un carajo.
Si me necesitas, solo tienes que decir “¡Gen!”.
Me agobia la postura de momia que tengo tumbada tras la popa del navío.
Voy a tierra a ejercer de brisa, porque parece que hace calor de fuego en la costa.
Doy un paseo, vestida de frescura salada, y acaricio los cuerpos con un movimiento sutil, sin pedir permiso.
Después de un rato largo de frescura, percibo que se levanta el viento con progreso lento y me saluda.
¡Qué sorpresa! ¡Es Harmattán el que viene a mi encuentro!
—Brisa, necesito tu presencia. El golfo está ardiendo, han entrado el Siroco y la Calima, juntos. Como dos amantes se abrazan y retozan. No veo el momento de que se vayan, y temo que entre la muerte a segar vidas sin culpa —me cuenta el viento de polvo, alarmado por lo que está ocurriendo.
Nueva Guinea está vacía.
La costa arde. La flora se inclina seca y las personas se esconden en las sombras de las cuevas profundas, junto a los animales.
Mis bocanadas de aliento comienzan a hacer efecto. La Calima me cede espacio, despacio, un poco altanera, con aire de guasa caliente.
Y de manera natural vuelve la sonrisa de la vida.
Harmattán me conduce hasta el desierto del Sahara para ofrecer a las dunas frescura en esta noche de luna anaranjada.
Me abraza y dice, quedo y claro como el agua:
—Brisa, quiero que te quedes conmigo. El desierto necesita tu frescura y yo te necesito a ti.