El eco de un alma desatada Capítulo II Una flor silvestre
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Capítulo II Una flor silvestre

La luna, dueña del silencio nocturno, desciende hasta la espesura y busca en el claro con un gesto casi humano.

No ilumina la arboleda por costumbre sino por deseo.

Busca una sola flor, diminuta, que nace en medio de dos árboles, un Tualang y una Garuga, y la envuelve en un resplandor que parece un abrazo.

En ese instante la flor deja de ser flor, y se convierte en confidencia.

La luna la elige, la nombra, la despierta. Los bosques y los templos contienen el aliento, como si supieran que están presenciando un pacto secreto entre dos luces: la que cae del cielo y la flor Moly, que nace en el claro.

—Brisa, eres una caricia efímera que va y regresa de manera íntima con susurro suave. ¿A quién busca tu alma liberada? —me pregunta Brizo—. Eres como un poema escrito con calma en el movimiento del cosmos.

—Enterré primero a mi hijo. Me sepultaron junto a él. Y ahora busco a su padre, a quien solo en fotos conoció . Su barco se hundió en el Atlántico, y me pregunto si él sentirá mi roce, aunque sea en sueños.

—¿Dónde está tu hijo?

—Mi hijo murió a la edad de cuarenta y cinco años, y junto a su tumba enterraron mi nombre y mi cuerpo. El alma me liberó del mundo. Cuando el barco regresaba a casa con la tripulación, naufragaron en el océano Atlántico.

—Y a ti, Brisa, ¿qué te pasa que estás lánguida y triste? —pregunta Thanassia, preocupada por mi estado indolente—. ¿Qué es ese destello blanco que sale de tu pecho?

—Yo también le pregunté. Me tiene intrigado. Explícanos, ¿es algún recuerdo humano? —pregunta Brizo con curiosidad.

—Es la perla de Garhoud que me regaló un amor en Dubái. También me regaló un hijo. La prendí en el alma y, después de mi muerte, volé con la perla pegada en mi espíritu.

—Brisa, ¿vive el padre de tu hijo? —pregunta Thanassia.

—No lo sé. Me deslizo sobre las olas, lo busco por todas las costas, y cada vez que creo encontrarlo, solo hallo silencio.

No sé si él me recuerda, pero yo lo llevo en cada soplo.

Siento su energía entre las olas cuando hay resaca de luna.

Lo busco porque me inundó y me endeudó por tanto amor que me dio.

El viento me toma entre sus brazos, y desde el Norte avienta su fuerza hacia el Oeste.

Thanassia, vestida de ola elegante, pecho alto, cuello de espuma y melena de encaje, emprende viaje por el océano Atlántico, sorteando algún barco lusitano que pudiera quebrar su figura.

Brizo, a lomos de un delfín, salta por el mar limpio, entre los acantilados del litoral y playas de pueblos marineros.

Y descansan, con la premura que exige su esfuerzo, en el archipiélago de Las Berlangas, admirando su entorno.

Al atardecer nos reunimos para trazar rutas en las cuevas de Benagil.

Seguimos navegando sin navío por la costa del Sahara hasta Mauritania. Allí, a la orilla de la costa atlántica, recuerdo el dolor de otro tiempo.

—Por favor, llévame hasta Brizo —le digo al Viento—. Debo hablar con él.

—El Viento me anuncia que buscas mi presencia —me dice Brizo—. Quizás te pueda ayudar. Dime, Brisa.

—En esta costa se hundió el petrolero que busco y con él la tripulación y el capitán, excepto cuatro marinos. ¿Tú sabes algo de aquel naufragio?

—Sí, no debería haber ocurrido. Explotaron las calderas al mediodía.

Los hombres acababan de comer. El buque se hundió con rapidez.

Las corrientes frías cortaron la digestión de la mayoría, causándoles la muerte.

Lo siento, Brisa, lo único que pude hacer, ayudado por las corrientes abismales, fue llevar el barco hasta la fosa de Java.

Allí lo verás y podrás disfrutar de algunos recuerdos.

—Gracias, Brizo. Nos volveremos a ver en el golfo de Guinea.

—¡Nos vamos! —ordena el Viento al tiempo que me coge entre sus brazos y mece las barcas del mar. Sacude con braveza las lonas que dan sombra, mientras que algunos cocos ruedan por los carrizos sobre la arena en busca de dueño.

Thanassia espera a que Brizo se instale en un velero bergantín llamado Granuja, de velas cuadradas sujetas a dos mástiles, uno de pino y el otro de caoba, y llama al Viento con un bramido de dragón, que hace temblar al sol, para que volviéramos a la costa de Mauritania:

—No te olvides de que en el golfo de Guinea campea a su gusto Harmattán —advierte al Viento—. Es mejor que hagamos el viaje juntos y lleguemos al mismo tiempo. ¿Dónde está Brizo? —pregunta Thanassia algo azorada.

—Aquí estoy —contesta Brizo desde la proa del velero bergantín.

—¡Brisa, me dirijo a ti! —me mira Thanassia y con voz firme expone—: Me preocupa que susurres a Brizo tus penas. No olvides que es de linaje divino.

—No vine a pedir ni a llorar, vine a buscar a un náufrago perdido —contesto con voz apenas sonora.

—Fuiste humana, con cuerpo y ambición, descendiente de ancestros imperfectos. Acéptalo —expresa la diosa del Mar con cierto desdén.

—Me hiciste contorno y espacio. Agradezco tu generosidad. No tengo corona, pero acaricio con humildad la frente de los que sueñan.

—¡¡No ocultes tu dinastía perversa!! —grita el Viento a la diosa Thanassia—. Tu pariente Orco engendró monstruos con manos de hierro y pelo de serpientes en la cabeza, sobre un cuerpo repugnante de escamas verdes.

—No quieras apagar el brillo divino de la Brisa porque fue humana. Recuerda a tu abuela Medea la bruja, que mató a sus hijos. Y no olvides al tonto de Paris, que con el rapto de Helena originó diez años de guerras —añade Brizo, con voz mesurada, algo ofuscado.

—He hablado para que vosotros recordarais lo que yo no tenía olvidado. Algunas veces recordar de dónde venimos nos mejora el camino de ida —recita con voz de contralto la reina de los abismos.