El eco de un alma desatada Capítulo I Liberación
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El eco de un alma desatada

El eco de un alma desatada

Por Yvonne Vega

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Capítulo I Liberación

Han enterrado mi cuerpo, el que ellos hicieron un día, y el nombre con el que me llamaron desde el alba hasta el ocaso, en una tumba de mármol donde está sepultado mi hijo a la sombra de un tamarindo.

Junto a él me acomodaron después. Su padre naufragó con el barco en el océano, cuando el petrolero regresaba a puerto. No llegó a conocerlo.

Mi alma es lo único que poseo, y con ella me voy, liberada en una energía de frescura transparente, a caminar por la orilla del mar, donde busco lo que no se ve para encontrar la paz, en una mañana de niebla, y poder escribir mi poema de versos silvestres.

Espero a la espuma y su posterior golpe de agua color esmeralda.

Tengo una cita con aquella ola alta, la tercera de estas dos que sin pechos llegan flacas, con gorgoritos cantores que me besan en los pies y retornan a su casa: un jardín inmenso de mar abierto, donde duerme en lo profundo el esqueleto de un joven petrolero muerto.

Se llama Thanassia, la onda más alta, esencia de los mares y océanos, reina de los abismales profundos que, serena, llega a mi encuentro.

Ola altiva del olimpo marino que trota por el mar como si fuera un alazán verde de crines blancas, y deja estelas de encaje hasta llegar a la playa, donde descansa desnuda sobre la arena y convierte su bella figura en un charco húmedo color canela.

—Thanassia, esta noche de bruma, ¿saldrá el viento de las cuevas en las que se oculta?

—Sí, Brisa. A medianoche soplará con fuerza desde el abismal y un ejército de olas gigantes surgirá a la superficie para invadir la costa.

—¿Por qué motivo?

—Porque nos place entrar en las casas sin ser invitados, para que recuerden lo que nos robaron sin remordimiento de culpa, y que de manera violenta y pusieron límites al mar infinito. Esos hijos del poder tirano han dejado secos los ríos y con el fuego reclaman las selvas.

Brisa, tienen merecido recibir una sorpresa feroz de vez en cuando.

—Es que en las casas de la costa viven familias pescadoras; no tienen la culpa de que el constructor las hiciera en el arenal —contesto con pena—.

Mi Reina, no hay herida más grande, ni termómetro más febril, que en el silencio de una noche oscura sentir a las olas bramar y gemir.

La tierra enmudece, desencadena temblores al oír con espanto el silencio del miedo.

El mundo se oculta en las sombras. A lo lejos se escucha el infierno.

Y acurrucados en las bodegas, entre aparejos de faenar, esperan un eco compasivo de nuestra madre cósmica.

—El escultor del mar es la furia del viento, que, feroz y hambriento de belleza, castiga a la mar serena, dando poder a las olas.

Hace historia con ellas en una noche rebelde.

Serpentean con babaza de ira por los obstáculos, y bifurcan caminos de piedra sobre la tierra —contesta Thanassia, la reina—. Se llamarán Galerna.

El cielo cierra los ojos de estrellas ante el mítico presagio de las fauces guerreras que se acercan. El mar se esconde en lo oscuro, espera a que el viento reviente el trueno y comience la tormenta.

El salvaje estampido de las olas tiene la sonora grandeza de una caracola hecha con bramidos de vendaval. El temporal surca el mar, se dirige a la bahía.

—¿Por qué tanto espanto para la costa? —pregunto con voz queda entre lágrimas pequeñas de aire y de sal.

—La tierra nos ha obligado a retroceder, ha bebido el agua dulce de los ríos, y el fuego ha reclamado para ella las selvas y los bosques.

Es un estribillo que canto porque lo tengo enquistado en mi espíritu de diosa.

¡No se sacia nunca! ¡Su sed de poder es infinita!

—responde Thanassia, guardiana del mar y las corrientes, mientras que yo, Brisa, errante y testigo de los cambios, saco suspiros de aire.

Y pienso en aquella tarde de siesta eterna en la que mi alma se emancipó y salí volando sin freno para buscar un lugar en la tierra donde guardar mis secretos. Descubrí una duna inmensa cubierta con flores de tomillo blancas. Y dormida sobre la arena de la pequeña ladera, reposó mi dolor.

—¿Eres un alma perdida? Emites una luz más pura que la luna.

¿Y qué es ese destello blanco que llevas prendido en medio de tu brillo?

—me pregunta un susurro delicado llamado Brizo, dios protector de los barcos y navegantes—.

Estoy vigilando el litoral, ante la peligrosa tempestad anunciada por Thanassia.

—Me tiene preocupada la dureza de Thanassia —le cuento a Brizo.

—La tierra no respeta y los humanos abusan de la naturaleza. La madre cósmica responde. Puede llegar a ser cruel, pero hay que frenar el avance destructor del poder —me dice Brizo convencido.

Soy un alma errante que busca por los mares del mundo un imposible. Conocí a la esencia marina, diosa del mar, llamada Thanassia, y me otorgó el nombre de Brisa, porque le gusta mi movimiento sutil con aroma de frescura, preparada para el misterio de la noche.

Bebí el néctar de la flor mística Moly, que nace en los claros de los bosques de Java, junto a conventos antiguos, ocultos, donde los monjes se retiran a morir.

La flor es blanca sobre un tallo rojo de raíz negra. Se abre en la soledad de la noche, cuando despierta la luna. Los pétalos, situados alrededor de un cáliz con cinco sépalos de estrellas, se asemejan a las pestañas humanas.

En medio de la flor llora una lágrima negra que huele a tierra húmeda. Ingerí su elixir, por mandato de Thanassia, para revelar la esencia de mi alma liberada, y sentí que mi alma se transformaba en naturaleza, y que mi espíritu renacía en habilidades ocultas.