El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

Un Nuevo Pacto

El aire cálido del Atlántico recibió al jet privado de la familia Volkov al aterrizar en Nueva York. La nieve y la bruma helada de San Petersburgo quedaban atrás, pero la transformación de su imperio los acompañaba en cada movimiento.

Al caer la tarde, la limusina blindada subió por el serpenteante camino que conducía a la mansión de los acantilados.

Ares y Elena entraron juntos al gran salón, donde el fuego de la chimenea proyectaba sombras doradas sobre el Steinway que presidía la estancia, exactamente igual que la noche en que Elena cruzó esas puertas por primera vez.

Katia los esperaba, sentada sobre el reposabrazos del sofá con una copa de vino que llevaba media hora sin tocar, y en cuanto los vio entrar se levantó de un salto y cruzó la habitación para envolver a Elena en un abrazo que casi la tira al suelo.

—Si vuelves a desaparecer casi tres semanas sin darme señales de vida mientras luchas una guerra en Rusia, te juro que te encierro yo misma en esta mansión —dijo Katia, con los ojos brillantes de una mezcla de alivio y reproche cariñoso—.

Papá está bien, por cierto. El juez cerró definitivamente el caso contra él en cuanto Valeria envió las pruebas de que las acusaciones de Viktor sobre la financiación suiza eran falsas de principio a fin.

—¿Y Nadia? —preguntó Elena, recordando la promesa que le había hecho en el jardín helado de Sorokin—. ¿Ha llegado bien a Milán?

—Llegó hace dos días. —Katia sonrió, con un orgullo que no era del todo suyo pero que se había ganado a pulso organizando cada detalle del traslado desde Nueva York—.

La Fundación le ha conseguido una plaza en un programa de recualificación profesional y un apartamento propio, lejos de cualquiera que conociera su nombre en San Petersburgo.

Me escribió ayer. Dice que lo primero que hizo al llegar fue sentarse en una plaza pública durante tres horas, sin hacer nada más que mirar el cielo sin que nadie le dijera cuándo tenía que volver adentro.

Elena sintió que se le humedecían los ojos, una mezcla de alivio y de una ternura feroz que todavía no sabía cómo nombrar del todo.

—¿Julian está limpio? —preguntó Elena, sintiendo que un peso que ni siquiera sabía que seguía cargando se le caía de los hombros.

—Completamente. —Katia sonrió, y por un instante pareció mucho más joven de lo que su papel de hermana Volkov solía permitirle—.

Y antes de que preguntes: sí, ya sé lo de Kirill y la detective.

Toda la familia lo sabe. Es la comidilla favorita de las cenas familiares desde que Ares me lo contó por accidente hace tres días.

Ares puso los ojos en blanco, pero no lo negó.

Esa noche, mucho después de que Katia se marchara y la mansión recuperara su silencio habitual, Elena se sentó frente al Steinway con una sensación que llevaba días sin permitirse del todo: la certeza tranquila de que, por primera vez desde que había puesto un pie en aquel despacho del piso cuarenta hacía más de un año, ninguna guerra pendiente amenazaba con arrebatarle lo que había construido.

Posó los dedos sobre las teclas y empezó a tocar, casi sin pensarlo, el mismo nocturno de Chopin que la había acompañado desde la primera noche de insomnio en esa casa.

Pero a mitad de la pieza se detuvo, con las manos suspendidas sobre el marfil, atrapada de pronto por un pensamiento que llevaba semanas sin permitirse examinar de cerca.

En San Petersburgo había tocado ese mismo instrumento —Chopin, Rachmaninov, la Rapsodia Revolucionaria entera— como quien empuña un arma: cada nota calculada para desviar la atención de un guardia, para sostener una distracción exacta de quince minutos, para proyectar poder ante una mesa de boyardos que medían su valía en la firmeza de sus manos sobre las teclas.

Había sido brillante. Había sido, también, la primera vez en meses que se sentaba a tocar sin que la música fuera, ante todo, suya.

—Hace mucho que no toco solo porque quiero —dijo en voz alta, aunque la habitación estaba vacía, como si necesitara oírselo decir a sí misma para que la idea terminara de asentarse.

Sacó el teléfono del bolsillo de la bata y buscó, por primera vez en semanas, la página que llevaba guardada en marcadores desde la tarde que Katia se la encontró abierta en el sofá de la mansión.

La Fundación Kessler seguía ofreciendo, cada año, una plaza de mentoría para antiguos aspirantes que quisieran retomar su formación interrumpida.

El plazo de solicitud para la convocatoria de primavera cerraba en diez días.

Elena se quedó mirando el formulario durante un largo rato, con el peso de todo lo que había sacrificado y todo lo que había recuperado desde aquella tarde en que renunció a Viena por una llamada de su padre, y por primera vez no sintió el nudo de vergüenza que solía acompañar cualquier pensamiento sobre aquel sueño truncado.

Sintió, en su lugar, algo mucho más sencillo y mucho más poderoso: ganas.

Rellenó el formulario esa misma noche, sin decírselo a nadie, sin pedir permiso ni consejo, exactamente de la misma forma en que había decidido, meses atrás, subirse a un avión hacia Rusia sin dejar que nadie más decidiera por ella el tamaño del riesgo que estaba dispuesta a correr.

Cuando Ares entró en el salón poco después, ella acababa de enviar la solicitud.

—Ya no queda ningún contrato del que hablar —dijo él, apoyado en el marco de la puerta, observándola—. Ninguna deuda, ninguna cláusula, ningún Ivanov ni ningún Viktor esperando en la sombra para reclamar lo que es nuestro. Al menos, no por ahora.

—«Por ahora» —repitió Elena, girándose en el taburete—. Sigues sin creer que el río se lo tragó de verdad, ¿no?

Ares no respondió de inmediato. Cruzó la habitación y se sentó a su lado en el banco del piano, con la misma quietud reverente que había empezado a caracterizar los momentos que compartían frente al instrumento.

—El Nevá no ha devuelto ningún cuerpo —dijo por fin—.

Puede que nunca lo haga. Puede que Viktor esté durmiendo en el fondo de ese río, o puede que esté en algún lugar de Siberia, curándose los huesos y planeando la próxima jugada.

No lo sé, Elena, y por primera vez en mi vida he decidido que no voy a dejar que esa incertidumbre me robe la paz que sí tengo delante de mí ahora mismo.

—Acabo de solicitar una plaza de mentoría en la Fundación Kessler —dijo Elena, con una calma que escondía el vértigo genuino de haber pronunciado esa frase en voz alta por primera vez—.

No como parte de ninguna estrategia. No para distraer a nadie ni para sostener ninguna fachada.

Solo porque quiero volver a sentarme frente a un piano sin que nadie, ni siquiera tú, esté observando para calcular qué gana el imperio con ello.

Ares la miró con una expresión que combinaba sorpresa genuina y un orgullo tan intenso que pareció, por un instante, iluminarle el rostro entero.

—Eso —dijo, tomándole la mano y llevándosela a los labios— es lo mejor que he oído en semanas, pianista. Y si te aceptan, vamos a organizar tu debut en Viena con la misma dedicación con la que organizamos la caída de un imperio ruso.

—Con considerablemente menos disparos, espero.

—Eso —concedió Ares, con una sonrisa que era, por fin, completamente ligera— no te lo puedo prometer del todo. Pero al menos esta vez la guerra será solo contra tus propios nervios antes de salir a escena.

Elena le tomó la mano y la llevó hasta las teclas, entrelazando sus dedos con los de él sobre el marfil frío.

—Entonces disfrutemos del ahora —dijo—, y dejemos que el río guarde sus secretos el tiempo que necesite.