CAPÍTULO 28
Epílogo: Lo que el Hielo no Cuenta
La recepción en honor a la consolidación de las rutas del Báltico se celebró en el gran salón de la mansión de los acantilados, con vistas al mismo océano que Elena había contemplado la primera noche, cuando todavía no sabía que ese hombre de mirada gris iba a cambiarle la vida entera en el tiempo que tarda un contrato en firmarse.
Elena ajustó los puños de encaje de su vestido mientras observaba el salón lleno de socios, consejeros y la familia entera reunida por primera vez desde el regreso de Rusia.
Katia discutía animadamente con Julian sobre la nueva ala de exposiciones que la Fundación Vance-Volkov —fusión de dos apellidos que meses atrás habrían sonado a una broma cruel— pensaba inaugurar en primavera.
Thomas perseguía a una Mia que ya empezaba a caminar con una seguridad temeraria entre los invitados, mientras Kirill, apoyado contra la pared con el brazo todavía en cabestrillo, no apartaba la vista de la puerta de entrada.
—Va a llegar —le dijo Elena, acercándose con dos copas de champán—. Valeria no es de las que faltan a una cita, aunque sea profesional.
—No estoy nervioso.
—Claro que no. —Elena le entregó una copa, sonriendo—. Solo llevas veinte minutos mirando esa puerta como si fuera a resolver el caso de tu vida.
La puerta se abrió antes de que Kirill pudiera responder, y Valeria entró vestida de un azul oscuro que contrastaba con la seriedad habitual de sus trajes de trabajo, cargando una carpeta que dejó, con delicadeza deliberada, sobre la mesa más cercana antes de cruzar el salón.
—El caso contra Marcus Kane se cierra oficialmente la semana que viene —anunció, deteniéndose frente a Kirill con una sonrisa que ninguno de los dos se molestó en disimular—. Quince años, sin posibilidad de negociar la condena. Pensé que le gustaría saberlo antes que a la prensa.
—Podría haberme llamado para eso.
—Podría —concedió Valeria—. Pero entonces me habría perdido la cara que está poniendo ahora mismo.
Unas manos firmes y de nudillos marcados se posaron con delicadeza sobre la cintura de Elena, apartándola de la conversación que fingía no estar escuchando con demasiado interés.
—Te ves distraída, pianista —murmuró Ares junto a su oído.
—Sencillamente no me acostumbro a esto. —Elena se giró entre sus brazos—. Después de semanas oyendo disparos y el crujido de la madera quemada, el sonido de este cuarteto de cuerdas me parece casi irreal.
—El peligro cambió de forma, eso es todo —dijo Ares, con una mueca sobria que apenas alteró la línea dura de su mandíbula—. Ahora usan contratos y sonrisas falsas en lugar de subfusiles. Pero mientras yo esté de pie, nadie volverá a ponerte una mano encima.
Elena acomodó la solapa de su chaqueta, sintiendo cómo los latidos de su corazón, antes desbocados por el miedo constante, encontraban un ritmo tranquilo junto a los de él.
—Las rutas del norte ya están operativas al cien por cien —dijo en un susurro—. Kirill me contó que la firma del acuerdo con la alianza nórdica se cierra mañana.
—Kirill habla demasiado —replicó Ares, aunque en su mirada brilló un destello de aprobación—. Pero sí. El control es absoluto. La Bratvá está unificada, dentro de lo que cabe.
—Entonces... lo logramos.
—Lo logramos —asintió él, sujetándole la barbilla para obligarla a mirarlo directamente a los ojos—. Eres la reina de este tablero, Elena. Y esta ciudad, esta casa, este imperio entero, te pertenece tanto como a mí.
Ares se inclinó y la besó con una lentitud pausada, sellando una promesa tácita bajo las luces del salón.
Durante unos segundos, todo el ruido de la fiesta desapareció.
El peso de la huida, las noches en el refugio y el recuerdo de los disparos se disiparon frente a la certeza de que estaban juntos y, por fin, en paz.
Más tarde esa noche, cuando los últimos invitados se marcharon y la mansión recuperó el silencio que Elena había aprendido a querer tanto como había aprendido a querer al hombre que dormía a su lado, se quedó un momento junto al ventanal del dormitorio, contemplando el océano negro que se extendía más allá de los acantilados.
En algún lugar, a miles de kilómetros de distancia, bajo una capa de hielo que ni la primavera rusa lograba derretir del todo, el río Nevá seguía guardando un secreto que ni Ares ni ella habían decidido todavía si querían desenterrar.
Pero esa noche, con la respiración calmada de Ares a su espalda y la certeza tranquila de un imperio por fin unido, Elena decidió que el hielo podía quedarse con sus secretos un poco más.
Ya habría tiempo, si el río alguna vez decidía hablar, de volver a la guerra.
FIN DEL LIbrO 2
(La historia de Imperios de Ceniza continúa en el Libro 3)