El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

El Trono de Hielo

Diez días después de la caída de Viktor en las aguas del río Nevá, el amanecer sobre San Petersburgo volvió a teñir las cúpulas de la ciudad con un oro helado. Pero la atmósfera ya no era de guerra, sino de una sumisión absoluta y respetuosa.

La reunión extraordinaria de la alta corte de la Bratvá se celebró en la Gran Galería del Palacio de Invierno. Las inmensas arañas de cristal iluminaban una mesa de mármol negro alrededor de la cual se sentaban los siete boyardos del puerto y los líderes de las facciones más influyentes del norte.

Ares vestía un traje cruzado de color carbón, impoluto y severo.

Las marcas en sus nudillos y la sombra de los cortes en su rostro no hacían más que acentuar el aura de peligro que lo rodeaba.

A su lado, Elena lucía un vestido verde esmeralda de terciopelo que evocaba la majestuosidad de las antiguas zarinas.

A la izquierda de Ares, Kirill, con el brazo en cabestrillo bajo la chaqueta pero erguido como una estatua de bronce, sostenía el libro de registro de activos de la casa Volkov, que ahora incluía, además de las rutas marítimas, el siete por ciento del consorcio del oleoducto recuperado de los restos del imperio de Sorokin.

Al fondo de la sala, discreta pero presente por invitación expresa de Ares, Valeria observaba la escena con el interés profesional de quien lleva semanas documentando el nacimiento de un nuevo orden.

A su lado, todavía pálida pero ya recuperando el color en las mejillas, Irina había insistido en asistir contra el consejo de todos los médicos de la organización, envuelta en un abrigo de piel que Katia le habría enviado sin dudarlo si hubiera estado allí para conocerla.

Nadia, vestida con ropa nueva y el pasaporte recién recuperado guardado contra el pecho, observaba la escena desde una discreta silla junto a la puerta, todavía adaptándose a la sensación extraña de estar en una sala sin que nadie decidiera por ella si podía quedarse.

—Los libros de cuentas de San Petersburgo han sido liquidados —anunció Kirill, con voz firme que resonó por todo el salón—.

Los hombres que se mantuvieron leales a la insurgencia de Viktor han sido expulsados o entregados a las autoridades.

Las licencias marítimas Vance están operativas desde este momento en los doce puertos del Báltico.

El líder de los consejeros del puerto, un hombre anciano de cabello blanco, se puso en pie. Miró a Ares y luego fijó sus ojos en Elena.

—Durante cinco años, la casa Volkov estuvo dividida por la sombra del pasado —dijo en ruso, traducido en susurros por los intérpretes de la mesa—.

Pensábamos que la alianza con la familia Vance era una debilidad de la facción americana.

Pero hemos visto a esta mujer tocar en el Teatro Imperial mientras vuestros hombres recuperaban los calabozos, y la hemos visto sostener la mirada a la muerte en los astilleros.

El anciano inclinó la cabeza, un gesto de respeto que la vieja guardia solo concedía a un líder indiscutible.

—San Petersburgo reconoce a Ares Volkov como el único y legítimo Pakhan de la Bratvá. Y reconoce a Elena Vance como la reina de sus rutas comerciales. Quien atente contra uno, arderá por la mano del otro.

Uno a uno, los seis líderes restantes de la mesa se pusieron en pie e inclinaron la cabeza ante la pareja.

Cuando la reunión concluyó y los boyardos abandonaron el Palacio de Invierno, la inmensa estancia quedó en un silencio sereno. Ares se levantó de su asiento y se acercó a Elena, atrayéndola por la cintura.

—¿Te resulta extraño? —murmuró, inclinándose para acariciar la línea de su mandíbula—. Pasar de ser la hija de un armador al borde de la quiebra a la mujer que controla la flota más peligrosa del norte.

—No me resulta extraño, Ares —respondió Elena, posando sus manos sobre el pecho de él—. Porque no lo hice por la flota. Lo hice para asegurarme de que nadie pudiera volver a interponerse entre nosotros.

Ares la miró con una devoción oscura y abrasadora, y se inclinó para besarla, marcando la posesión de un territorio que no pertenecía a la Bratvá ni al dinero, sino al pacto que habían firmado con su propia sangre.

—Mañana volvemos a Nueva York —dijo contra su boca—. Tu imperio te espera, reina.