CAPÍTULO 25
El Traidor
Valeria los esperaba en el centro de mando cuando regresaron de la mansión de Sorokin, con el rostro pálido por el frío y una tablet apretada contra el pecho que sostenía la respuesta a la pregunta que había estado envenenando la confianza del imperio Volkov durante toda la semana.
—Los archivos de la caja fuerte de Sorokin contenían mucho más de lo que esperábamos —dijo, sin preámbulos, en cuanto Ares, Elena y Kirill entraron por la puerta blindada—.
Entre el material comprometedor sobre banqueros y jueces, encontré un registro de pagos cifrados hacia una cuenta que crucé con la llamada que se hizo desde el Teatro Imperial durante el rescate de Irina.
Tardé unas horas en desenmascarar la última capa de sociedades fantasma, pero el número pertenece, sin ninguna duda, a un teléfono personal registrado a nombre de Marcus Kane.
Sorokin llevaba meses financiando indirectamente a Viktor a través de ese mismo canal; Kane, sin saberlo del todo, estaba vendiendo información a los dos frentes de la misma guerra a la vez.
—¿El periodista? —Elena sintió que el nombre le caía encima como un jarro de agua helada, arrastrándola de golpe hasta la gala benéfica de meses atrás, hasta la mirada calculadora de un hombre que llevaba demasiado tiempo haciendo las preguntas equivocadas en el momento exacto—.
¿Por qué iba Marcus Kane a venderle información a Viktor?
—Porque perdió la historia de su carrera cuando Ivanov cayó en Nueva York, y la reputación con ella —respondió Valeria, deslizando el informe hacia el centro de la mesa—.
Nadie quiso publicar sus teorías sobre el imperio Volkov sin pruebas sólidas.
Cuando Viktor lo contactó, meses después, ofreciéndole acceso directo a la caída de la misma familia que le había arruinado la credibilidad, Kane vio la exclusiva que llevaba años persiguiendo.
Le vendió la ruta del Volkov-9 y la ubicación de vuestra residencia secundaria a cambio de material exclusivo para un libro que ya tiene medio escrito sobre el colapso del imperio Volkov.
Ares apretó los puños sobre la mesa, con una furia fría que no necesitaba levantar la voz para resultar aterradora.
—Un hombre dispuesto a vender vidas por un capítulo bien escrito. —Miró a Kirill—. Localízalo. Esta misma noche, si es posible.
—Ya lo he hecho —intervino Valeria, antes de que Kirill pudiera moverse—.
Y antes de que ordene algo que lamentará, señor Volkov, escúcheme: Kane está en Nueva York, no en Rusia.
Fuera de vuestra jurisdicción directa, pero dentro de la mía.
Europol e Interpol llevan meses queriendo cerrar el caso completo de la red de armamento de Ivanov, y las pruebas que tengo contra Kane bastan para acusarlo de complicidad en tráfico internacional de armas y en al menos un intento de homicidio contra la tripulación del Volkov-9.
Si lo entregáis a la justicia con estas pruebas, cae para siempre, de forma legal, pública e irreversible.
Si lo tocáis vosotros primero, se convierte en un mártir de la prensa y en la prueba viviente de que los Volkov silencian a los periodistas que investigan sus crímenes.
Ares la miró largamente, sopesando el consejo de una mujer que, técnicamente, seguía siendo una amenaza para todo lo que él representaba, y que sin embargo acababa de entregarle, sin pedir nada a cambio, la única salida que protegía tanto su imperio como su conciencia.
—Redacta el expediente —dijo por fin—. Todo lo que tengas. Se lo entregaremos a tus superiores con nuestra propia documentación adjunta. Que caiga por la vía legal. Es un final mucho más lento y mucho más humillante que cualquier cosa que yo pudiera ofrecerle.
Kirill observó a Valeria con una expresión que ya no intentaba disimular nada, una mezcla de gratitud, admiración y algo mucho más peligroso que ninguno de los dos había verbalizado todavía.
—Gracias —dijo, en voz baja, solo para ella.
—No me las dé todavía. —Valeria cerró la tablet, pero no se apartó cuando Kirill se colocó a su lado—. Esto solo cierra un frente, señor Volkov. Y por lo que he visto esta semana, su familia siempre tiene otro esperando entre las sombras.
Nadie en la sala la contradijo.
Más tarde, cuando Ares y Elena se retiraron a coordinar los últimos detalles de la reunión con los boyardos y la sala quedó vacía salvo por ellos dos, Kirill se permitió, por primera vez en días, bajar del todo la guardia.
—Irina quiere conocerte —dijo, apoyándose contra el borde de la mesa, con el cansancio acumulado de semanas finalmente visible en su rostro—.
Al parecer los guardias hablaban de ti delante de ella.
Le hizo mucha gracia enterarse de que su hermano tiene debilidad por una detective con la que discute cada vez que se ven.
—¿Debilidad? —Valeria arqueó una ceja, aunque no consiguió disimular del todo el color que le subió a las mejillas—. Yo lo llamaría más bien una tregua incómoda entre dos personas que deberían estar en bandos opuestos.
—Llámalo como quieras. —Kirill dio un paso hacia ella, cerrando la distancia con una lentitud deliberada que contrastaba con la urgencia de todo lo que había vivido esa semana—.
Pero cuando pensé que Viktor podía haberte localizado, cuando no sabía si estabas a salvo mientras rastreabas esa llamada en mitad de la operación...
sentí el mismo miedo exacto que sentí por Irina.
Y eso no es una tregua, Valeria. Eso es otra cosa completamente distinta, y los dos lo sabemos.
Valeria se quedó callada un instante, con la fachada profesional resquebrajándose visiblemente por primera vez desde que había aterrizado en Rusia.
—No puedo prometerte nada, Kirill. —Su voz sonó más suave de lo habitual, desprovista de la ironía que solía usar como escudo—. Sigo siendo policía. Tu familia sigue siendo, técnicamente, exactamente el tipo de organización que juré perseguir el día que me gradué de la academia.
—No te estoy pidiendo una promesa. —Kirill le apartó un mechón de pelo del rostro, con una delicadeza que nadie en la Bratvá le habría creído capaz de poseer—.
Solo te estoy pidiendo que, cuando volvamos a Nueva York, no desaparezcas de mi vida detrás de un informe archivado y una orden de alejamiento profesional.
—Eso —susurró Valeria, sin apartarse— podría arreglarse.
No se besaron esa noche; ambos sabían, sin decirlo, que aquel primer paso merecía algo más que el agotamiento de una guerra recién terminada.
Pero cuando Kirill le rozó los dedos al despedirse, ninguno de los dos los retiró de inmediato, y ese gesto pequeño, casi insignificante, pesó más que cualquier declaración que ninguno de los dos estuviera todavía preparado para pronunciar en voz alta.