El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La Última Bala

La celebración por la caída de Sorokin duró exactamente el tiempo que tardó un coche sin distintivos en atravesar el control de seguridad exterior de la fortaleza de Nevá haciéndose pasar por un vehículo de suministros.

Kirill lo notó primero: algo en la forma en que el conductor mantenía las manos demasiado quietas sobre el volante, la tensión artificial de alguien que ha ensayado una mentira hasta pulirla.

Desenfundó su arma en el mismo instante en que el hombre, un antiguo lugarteniente de Sorokin que había escapado de la redada de la mansión, abría la puerta trasera del vehículo y se lanzaba hacia el patio interior con un chaleco cargado de explosivos y una mirada de quien ya ha decidido que no piensa salir con vida de aquello.

—¡Bomba! ¡Todos fuera! —gritó Kirill, empujando a dos guardias hacia la cobertura de un muro de hormigón mientras el hombre avanzaba, tambaleándose, hacia la entrada principal donde Ares y Elena acababan de despedirse de los últimos boyardos de la reunión.

Ares reaccionó con la velocidad entrenada de una vida entera esquivando la muerte.

Se giró, sujetó a Elena por la cintura y la lanzó literalmente detrás de la fuente de piedra del jardín interior, cubriéndola con su propio cuerpo en el instante exacto en que el hombre, acorralado por los disparos de advertencia de la seguridad, activó el detonador.

La explosión sacudió los cimientos de la fortaleza, reventando ventanales y proyectando escombros de piedra en un radio de veinte metros.

El silbido agudo en los oídos de Elena tardó varios segundos en disolverse en algo parecido a sonido normal, sustituido primero por el crujido de cristales cayendo y después por los gritos de los equipos de seguridad reaccionando al caos.

—¡Elena! —La voz de Ares, ronca por el polvo y la adrenalina, sonó a través del pitido en sus oídos—. Mírame. ¿Estás herida?

—Estoy bien —consiguió articular ella, con el corazón desbocado y los oídos todavía zumbando—. Estoy bien, Ares. Me cubriste a tiempo.

Kirill llegó corriendo entre el humo, con sangre en la sien por un corte superficial de metralla, escaneando la zona con el arma todavía en alto.

—Era el último hombre de confianza de Sorokin —informó, con la voz tensa por la adrenalina residual—.

Debió jurar venganza personal cuando vio caer a su jefe.

Un ataque suicida, sin coordinación con nadie más; los análisis preliminares de seguridad no detectan ninguna otra amenaza activa en el perímetro.

Ares ayudó a Elena a ponerse en pie, examinándola con una minuciosidad casi febril, como si necesitara comprobar con sus propias manos que cada centímetro de ella seguía intacto.

—Esto se acaba aquí —dijo, con una voz que no dejaba lugar a dudas—.

Quiero un barrido completo de cualquier lealtad residual a Sorokin o a Viktor en un radio de cien kilómetros.

No pienso pasar un solo día más preguntándome si el siguiente coche que cruce esa verja va a traer suministros o va a traer otra bomba.

Elena, todavía temblando por la descarga de adrenalina, se aferró a la solapa de su chaqueta, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la tela.

—Estamos vivos, Ares. Eso es lo único que importa esta noche.

—Estamos vivos —repitió él, apoyando la frente contra la de ella entre los escombros humeantes del jardín, con una gratitud feroz que no necesitaba palabras para expresarse—. Y en cuanto termine de asegurarme de que este lugar es de verdad seguro, no pienso volver a soltarte ni un solo segundo.