CAPÍTULO 23
La Velada de los Inversores
La mansión de Grigor Sorokin en las afueras de San Petersburgo estaba diseñada para parecer legítima desde cada ángulo posible: jardines de invierno impecables, un cuarteto de cuerdas en el vestíbulo, camareros con guantes blancos sirviendo champán francés a un centenar de "inversores" cuyas fortunas, en su mayoría, provenían de fuentes que ninguno de ellos quería examinar demasiado de cerca.
Elena entró del brazo de Ares con un vestido de seda color hueso que Katia habría aprobado sin dudarlo, sonriendo a cada rostro que se cruzaba en su camino mientras memorizaba, con la misma precisión que aplicaba a una partitura compleja, cada salida de emergencia, cada cámara de seguridad, cada guardia apostado con demasiado disimulo junto a las escaleras que subían al segundo piso.
—Consola del ala este, tercer piso, ángulo noroeste —murmuró por el micrófono oculto en su pendiente, con una sonrisa pública que no delataba absolutamente nada de la tensión que sentía por dentro—. Nadia tenía razón. La caja fuerte está exactamente donde dijo.
—Recibido —respondió la voz de Kirill al otro lado del auricular, desde algún punto del jardín trasero donde él y un pequeño equipo de hombres de confianza esperaban la señal—.
Valeria confirma que las autoridades locales están listas para intervenir en cuanto tengamos los archivos asegurados.
Necesitamos esa caja fuerte abierta antes de que alguien note nuestra presencia.
Sorokin apareció en el centro del vestíbulo minutos después, un hombre de rasgos anodinos y sonrisa entrenada, exactamente el tipo de persona que uno olvidaría con facilidad si no fuera por la crueldad que se adivinaba, apenas disimulada, detrás de sus ojos pequeños.
—Señor Volkov. Señora Vance. —Su ruso teñido de cortesía forzada sonaba tan falso como los cuadros que decoraban las paredes—. Qué honor tan inesperado. No sabía que el nuevo Pakhan de San Petersburgo se dignara a visitar mi humilde negocio.
—Tu "humilde negocio" me debe siete puntos porcentuales de un oleoducto que ahora me pertenece —respondió Ares, con una calma que no dejaba lugar a dudas sobre el peligro que escondía—. Y una explicación sobre por qué crees que puedes seguir operando en mi territorio sin mi permiso.
Sorokin palideció apenas un segundo antes de recomponer la sonrisa.
—Podemos llegar a un acuerdo razonable, seguro. Los hombres de negocios siempre pueden llegar a un acuerdo razonable.
—No he venido a negociar. —La voz de Elena, fría como el hielo del Nevá, cortó el aire del vestíbulo—. He venido a cerrar tu negocio, señor Sorokin. Esta misma noche.
En el instante exacto en que Sorokin comprendía la magnitud de lo que estaba ocurriendo, las luces del segundo piso parpadearon: la señal de Kirill, confirmando que su equipo había entrado por el ala de servicio y estaba asegurando a las mujeres retenidas en las suites del segundo piso.
Nadia guiaba el camino, con una determinación feroz que ningún guardia de Sorokin, sorprendido y desarmado antes de reaccionar, consiguió detener.
Sorokin, comprendiendo que la velada se desmoronaba a su alrededor, hizo ademán de alcanzar un arma oculta bajo la chaqueta del esmoquin.
Ares se movió primero, inmovilizándole el brazo con una llave que le arrancó un grito ahogado de dolor ante la mirada atónita de los invitados que empezaban a comprender, con auténtico terror, que la velada de esa noche no terminaría como ninguno de ellos había planeado.
—La caja fuerte, Sorokin —siseó Ares, retorciéndole la muñeca un grado más—. La combinación, o te rompo el brazo entero antes de que termine de contar hasta tres.
Minutos después, con Sorokin esposado y entregado a un equipo de la policía rusa que Valeria había coordinado con una precisión quirúrgica, y con la caja fuerte del despacho privado vaciada de cada archivo comprometedor que contenía, Elena encontró a Nadia envuelta en una manta térmica en el jardín trasero, respirando el aire helado de la noche con los ojos cerrados y una expresión que Elena reconoció perfectamente: la de alguien recordando, después de mucho tiempo, cómo se sentía la libertad.
—Cuatrocientos doce días —susurró Nadia, abriendo los ojos hacia el cielo estrellado de San Petersburgo—. Y el cielo sigue siendo exactamente como lo recordaba.
—A partir de ahora, puedes contar los días de otra forma —dijo Elena, sentándose a su lado—. Contando lo que quieras volver a hacer, en lugar de lo que te han arrebatado.
Nadia asintió, con las lágrimas congelándose casi tan rápido como brotaban, y por primera vez en cuatrocientos doce días, sonrió sin que nadie se lo exigiera.