CAPÍTULO 22
Vapor y Promesas
Las horas antes de una operación siempre se sentían más largas de lo que el reloj admitía, así que cuando Kirill sugirió que usaran la banya privada de la fortaleza para "aflojar la tensión antes de la misión", nadie discutió la lógica táctica del argumento, aunque todos en la sala supieran que era, sobre todo, una excusa.
El vapor caliente se enroscaba entre las maderas de cedro de la sauna rusa, envolviendo a Elena y Ares en una bruma densa que difuminaba los contornos de la habitación hasta reducir el mundo a la respiración de ambos y al calor húmedo contra la piel.
—Deberíamos estar repasando el plano de la casa de Sorokin —murmuró Elena, aunque no hizo ademán alguno de moverse del banco de madera donde Ares la había sentado sobre su regazo, con la espalda apoyada contra su pecho desnudo.
—Kirill lo ha repasado catorce veces. Se lo sabe mejor que su propio nombre.
—Ares deslizó los labios por la curva de su hombro, con una lentitud deliberada que contradecía la urgencia de la misión que los esperaba en pocas horas—.
Y tú y yo tenemos una promesa pendiente desde la primera noche en Rusia que no pienso seguir aplazando indefinidamente.
—Ares...
—Cada vez que estamos a punto de tener esto —susurró él contra su piel, con una frustración contenida que vibraba en cada palabra—, el mundo entero decide que es el momento perfecto para interrumpirnos.
Viktor. Kirill. Una guerra tras otra. Empiezo a pensar que el universo conspira específicamente para volverme loco.
Elena se giró entre sus brazos, quedando cara a cara con él en la penumbra cálida de la sauna, con el vapor cubriéndolos como una segunda piel.
—Entonces no le des al universo ninguna otra oportunidad esta noche.
Lo que siguió no tuvo nada de calculado ni de estratégico: fue puro instinto, urgencia acumulada durante semanas de guerra y proximidad imposible, manos que se reconocían de memoria y bocas que se buscaban con la desesperación de quienes saben que cada momento de paz robado a la violencia es, en sí mismo, un acto de rebeldía.
Ares la sostuvo contra la madera cálida con una reverencia feroz, murmurando su nombre como una plegaria entre el vapor, y por primera vez desde que aterrizaron en suelo ruso, ninguno de los dos pensó en Viktor, en Sorokin, ni en ningún imperio que no fuera el que construían el uno en los brazos del otro.
Después, con la respiración todavía entrecortada y las frentes apoyadas la una contra la otra, Elena sonrió contra sus labios.
—Ahora sí —dijo—. Ahora estoy lista para quemar la casa de Sorokin hasta los cimientos.
—Esa —murmuró Ares, con una risa ronca que pocas veces se permitía— es exactamente la mujer de la que me enamoré, pianista.