El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Lo que no se Archiva

Mientras Ares y Elena repasaban por última vez los planos de la mansión de Sorokin, Kirill encontró a Valeria en la pequeña sala de vigilancia contigua, con los auriculares puestos y los ojos fijos en una pantalla que mostraba el perímetro exterior del objetivo en tiempo real.

—Deberías estar descansando —dijo él, cerrando la puerta tras de sí—. Llevas dieciocho horas despierta.

—Y usted lleva veinte, pero aquí seguimos los dos.

—Valeria no apartó la vista de la pantalla, aunque el temblor apenas perceptible de sus manos sobre el teclado delataba el agotamiento acumulado de semanas de guerra sin tregua—.

Alguien tiene que asegurarse de que Nadia y las demás mujeres salgan de ahí sin que ningún error de cálculo les cueste la vida.

No pienso dormir hasta que esa parte del plan esté completamente cerrada.

Kirill se sentó a su lado, en el silencio compartido de dos personas que habían aprendido, sin proponérselo, a existir cómodamente en la misma habitación sin necesidad de llenar cada segundo de conversación.

—Cuando esto termine —dijo finalmente, con una vacilación poco habitual en él—, cuando Sorokin caiga y volvamos a Nueva York, ¿qué va a pasar con nosotros, Valeria?

Ella dejó de teclear, girándose para mirarlo directamente por primera vez desde que había entrado en la sala.

—No lo sé —admitió, con una honestidad que le costó visiblemente pronunciar—.

Sigo sin tener una respuesta fácil para eso.

Mi trabajo consiste en desmantelar organizaciones como la suya, Kirill.

Y usted es, literalmente, la mano derecha de un Pakhan de la Bratvá.

Sobre el papel, esto no debería funcionar de ninguna manera.

—Sobre el papel, tampoco debería sentir lo que siento cada vez que entra en una habitación y toda mi capacidad de concentración se va directamente al infierno. —Kirill esbozó una sonrisa cansada, desprovista de cualquier arrogancia—. Pero aquí estamos.

Valeria se rió, un sonido breve y genuino que pareció sorprenderla a ella misma tanto como a él.

—Aquí estamos —repitió, suavizando la voz—. Escuche, cuando cerremos el caso de Kane, cuando termine oficialmente mi labor de enlace en esta investigación... técnicamente ya no tendría ningún motivo profesional para seguir cruzándome en su camino.

—¿Y eso es lo que quiere? —preguntó Kirill, con una vulnerabilidad que rara vez permitía que nadie viera—. ¿Que dejemos de cruzarnos?

—No he dicho eso. —Valeria se acercó, reduciendo la distancia entre ambos hasta que sus rodillas casi se tocaban—.

He dicho que no tendría ningún motivo *profesional*.

Lo cual deja abierta la posibilidad de que encuentre otros motivos completamente distintos para seguir apareciendo en su vida, si usted está dispuesto a dejarme entrar en ella sin que eso signifique comprometer todo lo que soy.

Kirill le tomó la mano sobre la mesa de control, entrelazando los dedos con una lentitud deliberada.

—Nunca te pediría que dejaras de ser quien eres, Valeria. Es exactamente la razón por la que no puedo dejar de pensar en ti.

Se quedaron así, en silencio, con las manos entrelazadas y las pantallas de vigilancia parpadeando ante ellos, hasta que la alarma del temporizador de la operación sonó, recordándoles que la guerra todavía no había terminado y que aquella conversación, como tantas otras entre ellos, tendría que esperar un poco más para encontrar su final.

—Vamos —dijo Valeria, poniéndose en pie y recomponiendo la fachada profesional con una facilidad que solo la práctica constante podía enseñar—. Tenemos mujeres que rescatar, señor Volkov. Lo demás puede esperar hasta que estemos todos a salvo.

—Cuenta con ello, detective. —Kirill se levantó a su lado, con una determinación renovada—. Cuenta con ello.