CAPÍTULO 20
La Mujer que Contaba los Días
Nadia Orlova llevaba cuatrocientos doce días contando el tiempo por el número de sábanas que cambiaba el servicio de limpieza en el ático de Grigor Sorokin, en lugar de por meses o por estaciones, porque contar de esa forma la ayudaba a no pensar en cuánto tiempo llevaba exactamente sin ver el cielo sin cristal blindado de por medio.
Había llegado a San Petersburgo con veintitrés años y un contrato de modelaje que parecía legítimo hasta el último detalle, firmado por una agencia con oficinas reales en Milán y referencias que ella misma había comprobado antes de subirse al avión.
El contrato se convirtió en otra cosa en cuanto Sorokin le confiscó el pasaporte "por seguridad, solo un trámite temporal", y la deuda por el vuelo, el alojamiento y la ropa que jamás había pedido empezó a crecer más rápido de lo que cualquier trabajo legítimo podría haber pagado.
No se rindió. Esa era la única victoria que Sorokin no había conseguido arrebatarle en cuatrocientos doce días: memorizaba cada nombre que oía mencionar en las habitaciones donde la obligaban a servir champán y sonreír, cada número de cuenta que algún cliente ebrio dejaba caer sin cuidado, cada fecha de embarque de los cargamentos de crudo que Sorokin mencionaba por teléfono creyendo que nadie a su alrededor entendía lo suficiente de finanzas como para que aquello importara.
Cuando la mujer del vestido esmeralda se sentó a su lado en el tocador compartido de la velada privada que Sorokin organizaba esa noche para "inversores especiales", Nadia no esperaba que le dirigiera la palabra.
Las visitantes nunca lo hacían; ellas pertenecían a otro mundo, el de los invitados, no al de las mujeres que servían las copas y sonreían por obligación.
—Tienes un acento de Smolensk —dijo Elena, en un ruso cuidadosamente aprendido durante las últimas semanas, sin apartar la vista del espejo mientras fingía retocarse el maquillaje—. Yo estudié un semestre en Moscú hace años. Se me quedó el oído entrenado para los acentos regionales.
Nadia se quedó paralizada un instante, calculando el peligro de aquella conversación tan cuidadosamente como calculaba todo lo demás en esa casa.
—No debería hablar con los invitados sin permiso —respondió, en un susurro apenas audible.
—No soy una invitada cualquiera. —Elena sostuvo su mirada en el espejo, con una calma deliberada—.
Soy la razón por la que esta casa va a arder hasta los cimientos antes del amanecer, y necesito saber cuántas mujeres hay exactamente en este edificio esta noche, y en qué habitaciones, antes de que eso ocurra.
El corazón de Nadia latió con una violencia que no sentía desde el día que perdió su pasaporte.
—Cinco esta noche. Yo, y cuatro más en el ala este. Hay una cámara oculta en cada suite del segundo piso; Sorokin las usa para grabar a los "inversores especiales". Los archivos están en una caja fuerte biométrica en su despacho privado, protegida con su propia huella.
—¿Podrías reconocer esa caja fuerte si te la describiera un hombre por radio?
—Podría llevarles hasta ella con los ojos cerrados. —Por primera vez en cuatrocientos doce días, algo parecido a la esperanza cruzó el rostro de Nadia, tan intensa que casi dolía—. ¿Quién es usted, de verdad?
—Alguien que sabe exactamente lo que se siente cuando un hombre decide el valor de tu vida sin preguntarte —respondió Elena, apretándole la mano con una firmeza silenciosa—.
Aguanta un poco más esta noche, Nadia. Cuando el reloj marque la medianoche, vas a volver a ver el cielo sin ningún cristal de por medio, te lo prometo.