CAPÍTULO 17
La Caída del Hermano
—Baja el arma, Ares —gritó Viktor, apretando el detonador con dedos amoratados por el frío—. Un solo impulso eléctrico y la presión de la línea de gas volará esta pasarela entera. Tu pianista morirá sepultada en el hielo antes de que puedas pestañear.
Elena permanecía rígida a espaldas de Viktor, sobre la pasarela de madera cubierta de escarcha. Kirill, cubriéndole la retirada, apretó la mandíbula mientras alzaba lentamente su arma, buscando una línea de tiro limpia que el ángulo de la tormenta le negaba.
—No lo hagas, Kirill —murmuró Elena en voz muy baja, sin desviar los ojos de la espalda de Viktor—. El detonador es de presión inversa. Si lo matas al instante, su mano se relajará y la señal se activará.
Ares no miró a Elena. Mantuvo los ojos fijos en la cara de su hermano, dando un paso lento sobre la capa de hielo, acortando la distancia con una calma mortal.
—No vas a pulsar ese botón, Viktor —dijo.
Su voz era tan baja y categórica que pareció cortar el murmullo de la tormenta—.
Si los astilleros explotan, no te queda nada con lo que negociar con los boyardos de San Petersburgo.
Volverás a ser lo que siempre fuiste: un fantasma huyendo por la tundra sin un solo rublo a tu nombre.
—¡Prefiero arder en el infierno antes que ver como un bastardo criado en América se sienta en el trono de nuestro padre! —rugió Viktor, alzando la escopeta.
En el instante en que Viktor desviaba el cañón hacia el pecho de Ares, Elena reaccionó.
Sin dudarlo un segundo, se abalanzó sobre el brazo armado de Viktor, clavando los tacones en el suelo helado y usando todo el peso de su cuerpo para desviar la trayectoria del arma. El disparo retumbó en la noche, haciendo volar en pedazos un poste de madera a centímetros de Ares.
El impacto del movimiento hizo que Viktor perdiera el equilibrio sobre el hielo de la pasarela, dejando caer el detonador, que rodó hasta quedar atascado entre las grietas del muelle.
Ares no perdió una fracción de segundo. Se abalanzó sobre su hermano como un depredador.
El choque de ambos cuerpos contra el suelo helado resonó con un crujido seco.
Viktor intentó sacar una daga militar del cinto, pero Ares le atrapó la muñeca, golpeando su brazo contra el borde de hierro de una de las vigas de carga hasta escuchar el chasquido del hueso rompiéndose. La daga cayó al río.
—¡Esta es la diferencia entre tú y yo, Viktor!
—rugió Ares, encajando un puñetazo brutal en la mandíbula de su hermano que rompió la cicatriz de su pómulo, haciendo brotar una mancha carmesí sobre la nieve blanca—.
Tú usas a la gente para salvar tu piel. Yo destruyo imperios para proteger lo que es mío.
Viktor, desorientado y sangrando, intentó levantarse arañando la nieve, pero Ares lo sujetó del cuello de la chaqueta, arrastrándolo hasta el límite de la plataforma que daba al cauce congelado del río.
—Por Kirill —dijo Ares, mirando la desesperación pura en los ojos desorbitados de su hermano—. Por Irina. Y por atreverte a poner un solo dedo cerca de Elena.
No usó la pistola. Le propinó una patada certera en el pecho que rompió la barandilla de madera astillada.
El cuerpo de Viktor se precipitó al vacío, atravesando la capa de hielo fino de las aguas profundas del Nevá con un chasquido sordo antes de que la corriente lo arrastrara bajo el manto helado, fuera del alcance de cualquier linterna.
Kirill se acercó al borde de la plataforma, escrutando la superficie negra del agua durante un largo minuto, sin que ningún cuerpo volviera a emerger.
—¿Deberíamos enviar buzos al amanecer? —preguntó, con la respiración todavía entrecortada.
—El río Nevá no devuelve nada que no quiera devolver —respondió Ares, sin apartar la vista del agua, con una voz que no sonaba del todo a alivio—.
Registra la zona. Si encuentran algo, quiero saberlo antes que nadie.
Y si no encuentran nada... que nadie en esta ciudad vuelva a pronunciar el nombre de Viktor Volkov como si estuviera muerto y enterrado.
Los fantasmas de esta familia tienen la mala costumbre de regresar.
El silencio volvió a adueñarse de los astilleros, interrumpido solo por el silbido de la ventisca. Ares se giró lentamente hacia la pasarela.
Elena caminó hacia él a través de la tormenta, sin rastro de miedo en sus ojos. Se detuvo a medio metro de distancia, observando las heridas del hombre que había vuelto a vencer a sus propios demonios, aunque esta vez sin la certeza absoluta de haberlo hecho para siempre.
Ares la tomó por la nuca con los dedos temblando por el esfuerzo físico y la atrajo hacia sí, pegando su frente a la de ella.
—Se acabó —susurró contra su piel—. Por ahora, San Petersburgo es nuestro.
Esa noche, mucho después de que los equipos de rastreo abandonaran la búsqueda infructuosa en el río y la fortaleza de Nevá recuperara un silencio que ya no estaba cargado de sirenas, Elena encontró a Ares solo en el balcón de su habitación, con una copa de vodka sin tocar entre las manos y la mirada perdida en la oscuridad helada más allá de los acantilados de hielo.
—No tienes que fingir que estás bien —dijo ella, acercándose por detrás y apoyando la mejilla entre sus omóplatos, exactamente como había hecho meses atrás, frente a una fotografía de infancia en otro despacho, en otro país.
—No sé qué se supone que debo sentir. —La voz de Ares sonó extrañamente hueca, desprovista de toda la certeza feroz que había mostrado en el muelle—.
Ese hombre intentó matarme dos veces en mi vida.
Secuestró a la hermana de Kirill. Estuvo a punto de matarte a ti.
Y aun así, cuando lo empujé al agua, por una fracción de segundo, lo único que vi fue a un niño de diecinueve años sosteniéndome bajo el agua del puerto, tan desesperado por demostrarle algo a nuestro padre que no sabía hacer otra cosa que hacer daño.
Maté a mi hermano, Elena. Por muy monstruo que se hubiera convertido, sigue siendo la única persona en este mundo que compartió conmigo la sombra exacta de Konstantin Volkov, y ahora ya no queda nadie más que recuerde esa parte concreta de mi vida tal como yo la recuerdo.
Elena no intentó ofrecerle un consuelo fácil ni restarle importancia al peso de lo que acababa de confesar. Se limitó a rodearlo con los brazos desde atrás, dejando que el silencio compartido hiciera el trabajo que ninguna palabra podría hacer del todo.
—No tienes que sentirte culpable por sentir el duelo, Ares —dijo finalmente—.
Puedes llorar la pérdida de un hermano y alegrarte, al mismo tiempo, de que el monstruo en el que se había convertido ya no pueda hacerle daño a nadie más.
Las dos cosas son ciertas a la vez. No te conviertan menos fuerte por sentirlas.
Ares se giró entre sus brazos, con los ojos brillantes de una emoción que rara vez se permitía mostrar ante nadie, y por primera vez desde la caída de Viktor, dejó que las lágrimas contenidas cayeran sin intentar disimularlas.
—Gracias —murmuró contra su pelo— por no pedirme que finja ser de piedra esta noche.
—Nunca te lo pediría —respondió ella, sosteniéndolo con la misma firmeza con la que él la había sostenido tantas veces a ella—. El hielo se rompe tarde o temprano, Ares. Es mejor romperlo aquí, conmigo, que dejar que te rompa a ti por dentro cuando menos lo esperes.
Se quedaron así, abrazados en el balcón helado, hasta que el primer atisbo de amanecer tiñó el cielo de San Petersburgo de un gris pálido, y Ares, por primera vez en seis años, permitió que alguien más cargara con una parte del peso que llevaba sosteniendo completamente solo desde la muerte de su padre.