CAPÍTULO 16
Sangre en la Nieve
El chasquido metálico de la corredera al armarse sonó a milímetros de la nuca de Viktor. El barullo de los aplausos retumbaba desde el patio de butacas, pero dentro del palco privado el aire se volvió sofocante y helado.
—Un solo movimiento en falso y el terciopelo de este palco terminará manchado de tu cerebro, hermano —dijo Ares. Su voz era un siseo áspero, exento de cualquier duda.
Viktor petrificó su mano a medio camino de la chaqueta. Una sonrisa torcida, deformada por la cicatriz de su pómulo, se dibujó lentamente en su rostro.
—¿Crees que un disparo en mitad de un teatro lleno de diplomáticos va a devolverte el control?
—murmuró sin girarse, mirando de reojo la pantalla de su terminal donde los accesos a los fondos se desvanecían uno a uno—.
Si caigo aquí, mis hombres en el puerto tienen la orden de dinamitar los astilleros Vance.
—Tus hombres en el puerto ya están muertos o encadenados en los muelles —dijo una voz serena desde el pasillo del palco.
Viktor giró levemente la cabeza y vio a Kirill. Aunque vestía un vendaje bajo el traje y mostraba la palidez de una hemorragia reciente, sostenía una subametralladora apuntando a los dos guardaespaldas de Viktor, paralizados contra la pared.
—Irina está a salvo —añadió Kirill—. Tu chantaje se ha terminado. Y en cuanto a tu topo en Nueva York... también le hemos encontrado el rastro esta misma noche. Se acabaron las sorpresas, Viktor.
Algo cruzó el rostro de Viktor entonces —no miedo, sino la furia particular de un hombre que ve desmoronarse cada pieza de su plan a la vez—.
Con una agilidad salvaje aprendida en los gulags del norte, no buscó su arma; pateó con fuerza la mesa auxiliar de mármol hacia las piernas de Ares y se lanzó de cabeza contra el ventanal del palco.
El cristal reforzado cedió con un estruendo ensordecedor, y su cuerpo se precipitó al patio de pasillos traseros que conectaba con los muelles exteriores del teatro.
—¡Ares! —gritó Elena desde el escenario, viendo la lluvia de cristales caer sobre los laterales.
—¡Sal del edificio con Kirill! —ordenó Ares a través del pinganillo antes de saltar por la misma cortadura en busca de su hermano.
La tormenta de nieve que azotaba San Petersburgo había alcanzado su punto más crítico. El viento soplaba en ráfagas verticales, acumulando capas de hielo sobre las losas del patio trasero del teatro y los astilleros contiguos al río Nevá.
Viktor corría tambaleándose sobre la superficie resbaladiza, internándose en el laberinto de contenedores de carga congelados que bordeaban el agua. Sangraba por los cortes del cristal, pero su instinto de supervivencia lo impulsaba hacia una lancha de escape amarrada en el muelle secundario.
Ares avanzaba a paso rápido entre las sombras de los contenedores, con la pistola de combate levantada y el rostro azotado por la ventisca.
—¡No puedes huir de tu propia sangre, Viktor! —resonó su voz, rebotando contra las estructuras metálicas—. Nuestro padre te dejó en Rusia porque sabía lo que eras: una alimaña que solo sabe destruir lo que no puede gobernar.
De repente, una ráfaga de fuego automático cortó la nieve desde lo alto de un contenedor.
Ares se arrojó al suelo, rodando sobre el hielo mientras los proyectiles impactaban contra el metal provocando una cortina de chispas.
Dos mercenarios de la retaguardia de Viktor surgieron de la niebla helada.
Ares no vaciló. Desde el suelo, disparó tres veces en secuencia rápida, abatiendo a ambos hombres sobre la nieve.
Se puso en pie, limpiándose la sangre de la mejilla con el dorso de la mano.
Al doblar la esquina del último contenedor, la figura de Viktor apareció recortada contra la bruma del río.
Había alcanzado la plataforma del muelle, pero no para huir: sostenía un detonador remoto en la mano derecha y una escopeta de cañón recortado en la izquierda.
A pocos metros de allí, al final de la pasarela de madera cubierta de escarcha, Elena y Kirill acababan de emerger de la salida de emergencia del teatro.
—Se acabó el juego, Ares —gritó Viktor sobre el rugido de la tormenta, señalando los tanques de combustible del astillero que se alzaban a espaldas de Elena—. Si doy un paso más, este detonador reducirá a cenizas las licencias Vance, los astilleros y a tu preciosa reina.
Ares se detuvo a diez metros de distancia, bajando lentamente el arma pero manteniendo la mirada fija en los ojos desquiciados de su hermano. La nieve caía entre ellos como una cortina de agujas heladas.