El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

El Concierto del Engaño

El aire fuera del Teatro Imperial rozaba los diez grados bajo cero, pero en el interior del patio de butacas la atmósfera era sofocante.

Bajo el pretexto de un concierto benéfico de gala, Viktor se encontraba sentado en el palco de honor, rodeado de su guardia personal, convencido de que la Bratvá de su hermano estaba acorralada y a la defensiva.

Lo que Viktor ignoraba era que el antiguo teatro no había sido elegido al azar.

Construido en el siglo XIX sobre los cimientos de los viejos depósitos del río Nevá, sus subterráneos conectaban a través de una red de pasadizos zaristas con la estructura inferior de los calabozos donde mantenían cautiva a Irina.

Mientras el público ocupaba sus asientos, Elena subió al escenario en silencio.

El vestido esmeralda caía con elegancia sobre sus piernas, escondiendo el temblor involuntario de sus rodillas.

Posó las manos sobre las teclas de marfil del piano de gran cola.

Cada nota que ejecutaba no era solo música; era la señal acústica para sincronizar el rescate en las profundidades del edificio.

En el primer movimiento de la sonata, la intensidad del piano cubrió el chasquido de los silenciadores en las galerías inferiores.

Ares y Kirill avanzaban por la red de túneles húmedos que discurrían justo por debajo del foso de la orquesta, mientras a varias manzanas de distancia, en una furgoneta sin distintivos, Valeria seguía la señal de un teléfono satelital que acababa de activarse desde el interior del propio teatro.

—Kirill —susurró por el auricular—, tienes compañía. Alguien acaba de hacer una llamada desde el nivel superior del edificio, a los mismos números que llevo rastreando toda la semana. Está aquí, esta noche, en directo.

—Recíbelo cuando salga —respondió Kirill, sin detener el avance—. Ahora mismo mi hermana es la prioridad.

—Treinta segundos para llegar a la puerta de las celdas —murmuró él por el transmisor, ajustando la empuñadura de su arma.

—Mantén el ritmo, Elena —siseó Ares desde la penumbra del subterráneo, escuchando la vibración de la música resonar en las bóvedas de ladrillo sobre sus cabezas.

En el escenario, Elena aceleró el tempo con una maestría calculada, volcando toda la tensión acumulada en una interpretación atronadora. La atención de Viktor y de todos sus hombres de seguridad estaba clavada en el escenario.

Abajo, aprovechando el clímax fortísimo de la pieza, Kirill colocó una pequeña carga detonante en los anclajes de la puerta de acero que daba a los depósitos subterráneos. La explosión, amortiguada por la música, reventó los cerrojos.

Ares irrumpió en la estancia reduciendo a los dos custodios de Viktor antes de que pudieran dar la alarma. En el fondo de la celda de piedra, Irina, debilitada pero consciente, levantó la mirada.

—Estás a salvo —dijo Kirill con la voz quebrada, cubriéndola con su abrigo militar mientras la ayudaba a ponerse en pie.

En la sala principal, Elena ejecutó los acordes finales.

La audiencia rompió en aplausos mientras Viktor se ponía en pie en su palco para aplaudir con falsa condescendencia.

Elena se levantó, hizo una reverencia hacia el público y cruzó una breve mirada con la sombra de Ares, que acababa de emerger entre bastidores tras asegurar la salida de Irina por el entramado del río.

La trampa en el teatro había funcionado: el rescate se había completado a espaldas de Viktor y en las barbas de su propia seguridad.