El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Lo que la Oscuridad Enseña

Irina había perdido la cuenta de los días contando las grietas del techo de piedra, pero no había perdido, ni por un solo instante, la certeza de que su hermano vendría a buscarla.

No era una fe ciega. Era matemática pura, la misma que Kirill le había enseñado de niña, cuando ella tenía ocho años y él doce, y él ya cargaba sobre los hombros la responsabilidad de protegerla de un mundo que ninguno de los dos había pedido heredar.

*Nunca voy a dejar que nada te pase, Irina.

Cuenta conmigo como cuentas con la gravedad*, le había dicho entonces, y en veinte años Kirill jamás le había dado motivos para dudar de esa promesa.

Los hombres de Viktor no la habían tratado con crueldad gratuita —la alimentaban, le habían dado mantas cuando el frío del subsuelo se volvió insoportable—, pero la ausencia de violencia física no hacía que el encierro doliera menos.

Dolía de una forma distinta: la humillación silenciosa de saber que su único valor, a ojos de aquellos hombres, era el de una moneda de cambio; que no importaba lo inteligente que fuera, lo mucho que hubiera estudiado, lo bien que hablara cuatro idiomas y supiera desenvolverse en cualquier salón de la alta sociedad rusa.

Para Viktor Volkov, Irina era solo una palanca con la que doblegar a un hombre que no compartía ni una gota de su sangre.

—Tú no eres una Volkov —le había dicho uno de los guardias, casi con lástima, la segunda noche—. ¿Por qué tu hermano se juega tanto por ti?

Irina no había respondido, pero la pregunta se le quedó clavada mucho después de que el guardia se alejara.

*Porque la sangre no es lo único que hace una familia*, pensó, con una certeza que ni el miedo ni el frío consiguieron erosionar.

Kirill había elegido quererla igual que había elegido, mucho antes que ella naciera siquiera, cargar con la violencia que su padrastro reservaba para sus hijos legítimos, para que ella nunca tuviera que aprender lo que costaba crecer bajo el peso del apellido Volkov.

La noche del concierto, cuando escuchó el estruendo amortiguado de una explosión controlada en algún punto por encima de su celda, Irina no sintió miedo. Sintió, por primera vez en días, la certeza tranquila de que la matemática de su hermano seguía siendo exacta.

Cuando la puerta de acero se abrió y la silueta de Kirill apareció entre el humo, con el rostro pálido y una herida a medio curar bajo la chaqueta, Irina no lloró de alivio como había imaginado que haría.

Se puso en pie, con las piernas temblorosas por días de inmovilidad, y caminó hacia él con la misma dignidad silenciosa con la que había soportado cada hora de cautiverio.

—Sabía que vendrías —dijo, dejando que él la envolviera en su abrigo—. Nunca lo dudé ni un segundo.

—Deberías haber dudado un poco —murmuró Kirill, con la voz rota—. Habría llegado antes si hubiera sido más listo.

—No. —Irina le sostuvo el rostro entre las manos heladas, con una fuerza que sorprendió incluso a Kirill—.

Llegaste exactamente cuando tenías que llegar, hermano.

Ahora sácame de este agujero y preséntame de una vez a la mujer que, según me han contado tus propios captores mientras hackeaban sus comunicaciones para espiarte, lleva días sin dormir intentando encontrarme.

Kirill se detuvo en seco, con una mezcla de sorpresa y vergüenza que Irina, incluso débil y helada, disfrutó plenamente.

—Los guardias hablaban entre ellos cuando creían que dormía —añadió, con una sonrisa débil pero genuina asomando por primera vez en días—.

Mencionaban a una detective extranjera que le estaba complicando la vida a la organización de Viktor, alguien a quien tú parecías...

especialmente interesado en vigilar de cerca.

Até cabos, hermano. Espero que esté a la altura de la reputación que le está construyendo tu cara de idiota enamorado, porque pienso conocerla en cuanto salgamos de aquí.