El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Fuego y Marfil

Kirill encontró a Valeria en el despacho seguro, con tres pantallas encendidas y el cabello recogido en una coleta apresurada que delataba las horas que llevaba sin dormir.

—¿Tienes un nombre?

—Todavía no. Pero tengo un patrón. —Valeria giró una de las pantallas hacia él, mostrando un mapa de transferencias financieras—.

Cada filtración que habéis sufrido desde que llegasteis a Rusia coincide, cronológicamente, con una llamada realizada desde un número registrado a nombre de un despacho de prensa en Nueva York.

No he podido identificar al titular todavía; el número está protegido tras tres capas de sociedades fantasma.

Kirill se acercó, apoyando ambas manos sobre la mesa, lo bastante cerca de Valeria como para que ella levantara la vista de la pantalla.

—Si tienes razón, esto no es solo un problema de Viktor.

Es alguien de Nueva York alimentando la guerra desde dentro.

—Su voz se volvió más grave—. Esta noche vamos a entrar en los calabozos del Teatro Imperial para sacar a mi hermana.

Necesito que ese hilo esté cortado antes de que volvamos a casa, o volveremos a encontrarnos exactamente en la misma trampa.

—Entonces necesitas que vaya contigo esta noche.

—Valeria se levantó, cerrando el portátil con determinación—.

No al teatro, no armada, no como parte de vuestro asalto.

Pero sí lo bastante cerca como para triangular esa llamada en tiempo real, si el traidor comete el error de volver a usarla mientras la operación esté en marcha.

—Es demasiado peligroso.

—Lo dice el hombre con tres costillas fisuradas que ya volvió al campo de batalla contra la orden expresa de su propio médico.

—Valeria enarcó una ceja, con una media sonrisa que desarmó a Kirill mucho más eficazmente que cualquier argumento—.

No me pida que me quede al margen, Kirill.

No es mi estilo, y usted, en el fondo, no querría que lo fuera.

Kirill la observó un largo instante, debatiéndose entre la disciplina de seis años protegiendo cada frente posible y la certeza, cada vez más innegable, de que aquella mujer se había convertido en el único terreno de esa guerra que no sabía cómo, ni si quería, controlar del todo.

—Si algo sale mal esta noche —dijo por fin, con la voz más baja—, quiero que sepas que no ha sido una decisión fácil dejarte venir.

—Nada de lo que hacemos usted y yo ha sido nunca una decisión fácil, señor Volkov. —Valeria recogió su abrigo, rozando el brazo de Kirill al pasar junto a él con una cercanía que ninguno de los dos se molestó en corregir—. Empiezo a pensar que esa es precisamente la parte que me gusta.