CAPÍTULO 18
El Oro Negro de Nadie
La victoria sobre Viktor duró, exactamente, dieciocho horas de paz.
—Viktor no financiaba su guerra solo con contrabando de armas —anunció Kirill a la mañana siguiente, extendiendo sobre la mesa del centro de mando un esquema de tuberías y compañías fantasma que parecía más un plano de metro que un documento financiero—.
Tenía una fuente de ingresos mucho más discreta y mucho más rentable: un siete por ciento de participación no declarada en el consorcio que opera el oleoducto que cruza de Rusia a Finlandia.
Lo compró hace ocho años a través de cuatro sociedades pantalla registradas en Chipre, Malta, las Seychelles y, por absurdo que parezca, un despacho de abogados en Delaware.
Ares estudió el esquema con la mandíbula tensa, sintiendo que la victoria de la noche anterior se le escurría entre los dedos como el hielo del Nevá.
—Explícame cómo funciona exactamente el robo, porque quiero entender contra quién estamos luchando de verdad, y cuántas guerras más me esperan antes de que esto termine.
—Es la jugada más vieja de la Bratvá, señor —intervino uno de los capitanes veteranos, un hombre de sesenta años que había servido lealmente a Konstantin—.
Se llama *krysha*: literalmente, "tejado".
Las compañías petroleras necesitan protección para que sus tuberías no "sufran accidentes" y sus cargamentos no "desaparezcan" en tránsito.
La Bratvá vende esa protección a precio de oro, cobra un peaje por cada barril que cruza territorio bajo su influencia, y además desvía un pequeño porcentaje de cada cargamento hacia refinerías clandestinas que revenden el crudo robado en el mercado negro europeo a precio de saldo.
Sumado durante ocho años, con el volumen que mueve ese oleoducto...
hablamos de cientos de millones de dólares que nunca aparecieron en ningún libro de cuentas oficial.
—Y ahora que Viktor está fuera del tablero —añadió Kirill—, ese siete por ciento y toda la infraestructura de protección que lo sostiene han quedado en manos de su antiguo lugarteniente.
Un hombre llamado Grigor Sorokin. Se ha declarado a sí mismo heredero legítimo de la facción de Viktor esta misma mañana, antes incluso de que hayamos terminado de contar los cadáveres, y ha empezado a mover piezas para consolidar el control antes de que nosotros podamos reclamarlo.
—¿Quién es Sorokin? —preguntó Elena, uniéndose a la mesa con una taza de café que no había tocado en la última hora.
—Un superviviente profesional. —La voz de Valeria, desde el fondo de la sala, sonó cargada de un desprecio clínico—.
Lleva quince años en los archivos de Europol, siempre como cómplice, nunca como cabecilla, lo bastante listo como para no dejar nunca su firma directa en nada.
Además del oleoducto, dirige lo que él llama eufemísticamente una "agencia de acompañantes ejecutivos" con sedes en San Petersburgo, Moscú y Viena.
En realidad es una operación de compraventa de mujeres disfrazada de negocio de lujo, y la usa con un segundo propósito además del dinero: recopila material comprometedor sobre banqueros, jueces y políticos europeos a través de habitaciones con cámaras ocultas, y luego vende ese material al mejor postor, o lo usa él mismo para comprar influencia.
Llevo tres años intentando construir un caso sólido contra él sin conseguirlo. Es escurridizo como el hielo fundido.
Un silencio pesado cayó sobre la sala. Ares miró a Elena, cuya expresión había pasado de la curiosidad estratégica a una furia contenida que él reconocía perfectamente, porque era la misma furia que a él lo consumía por dentro.
—¿Cuántas mujeres? —preguntó Elena, con la voz baja pero firme.
—No lo sabemos con certeza. —Valeria dudó un instante antes de continuar—.
Las cifras que manejamos en Europol hablan de al menos treinta, posiblemente más, distribuidas entre las tres sedes.
Muchas llegaron con contratos falsos de modelaje o promesas de trabajo legítimo en hostelería de lujo.
Una vez dentro, la deuda por "gastos de viaje y alojamiento" se vuelve imposible de pagar.
—Ese negocio termina esta semana —dijo Ares, con una frialdad que no dejaba espacio para la negociación—. No por el oleoducto, aunque también lo recuperaremos. Por las mujeres.
—Estoy de acuerdo con el objetivo, señor Volkov —dijo Valeria, sosteniéndole la mirada—.
Pero si entran ustedes a sangre y fuego, cualquier prueba documental que Sorokin tenga contra media Europa desaparece en el incendio, junto con la posibilidad de procesarlo legalmente por ello.
Necesito que la operación de rescate y la incautación de esos archivos se hagan con la precisión de un reloj, no con la furia de una venganza familiar.
Ares y Valeria se sostuvieron la mirada durante un largo instante, dos formas distintas de buscar justicia midiéndose la una a la otra.
—Entonces planifiquémoslo juntos —dijo Ares finalmente—.
Kirill, quiero un mapa completo de las tres sedes antes de que amanezca.
Elena, vas a necesitar volver a ponerte un vestido de gala.
Sorokin, según tengo entendido, es de los que no se resiste a una velada de música clásica y contactos influyentes.
—Va a ser un placer —dijo Elena, con una sonrisa que no tenía nada de dulce.