El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

El Peso de la Duda

La paranoia, descubrió Elena esa noche, era mucho más contagiosa que cualquier virus conocido por la medicina.

—Fue Dmitri Sokolov —anunció uno de los capitanes más jóvenes, irrumpiendo en la sala de mando con el rostro encendido por una mezcla de indignación y triunfo prematuro—.

Lleva doce años a nuestro servicio, señor.

Comprobé sus registros de llamadas del último mes por iniciativa propia, y hay tres números sin identificar que coinciden, en fecha y hora, con cada filtración que hemos sufrido.

Ares se puso en pie de inmediato, con una furia gélida instalándose en cada línea de su rostro.

—Tráiganlo.

Dmitri Sokolov era el hombre que había servido lealmente a Konstantin Volkov durante casi dos décadas, el mismo que había explicado con paciencia el funcionamiento del *krysha* del oleoducto apenas unos días antes.

Lo trajeron esposado a la sala, con el rostro desencajado por la incredulidad y el miedo.

—Señor, se lo juro por la memoria de mi propia madre, yo jamás traicionaría a esta familia —suplicó, con la voz quebrada—. Esos números... no sé de dónde han salido esos números. Puede revisar mi teléfono entero, cada mensaje, cada llamada. No hay nada que ocultar.

—Los registros no mienten, Dmitri —dijo Ares, aunque algo en su voz sonaba menos convencido de lo que su expresión pretendía transmitir.

Fue Valeria quien intervino, apartándose del rincón donde había estado observando la escena con la atención clínica de quien ha visto demasiadas confesiones forzadas para confiar en la primera explicación disponible.

—Antes de que tomen cualquier decisión irreversible, denme veinte minutos —dijo, ya con el portátil abierto sobre la mesa—.

Los números de teléfono se pueden falsificar y las llamadas se pueden enrutar a través de terceros para incriminar a alguien más.

Si Dmitri es de verdad el topo, esos veinte minutos no cambiarán nada.

Pero si no lo es, estarán a punto de ejecutar a un hombre inocente basándose en pruebas que cualquier adolescente con los conocimientos adecuados podría haber fabricado.

Ares apretó la mandíbula, debatiéndose entre la urgencia de cerrar la herida de la traición y la incómoda posibilidad de que Valeria tuviera razón.

—Veinte minutos —concedió—. Ni uno más.

El silencio que siguió fue el más largo que Elena había experimentado en toda la guerra contra Viktor, mientras Valeria trabajaba en silencio, cruzando metadatos, comparando patrones de enrutamiento, buscando la firma digital que distinguía una llamada real de una simulada.

—Aquí está —dijo finalmente, girando la pantalla hacia Ares—.

Los tres números "sospechosos" en el teléfono de Dmitri fueron programados remotamente hace cuarenta y ocho horas, a través de una vulnerabilidad en la red interna de la organización.

Alguien accedió a su dispositivo sin que él lo supiera y plantó un patrón de llamadas falso, sabiendo exactamente qué buscaría cualquier investigación apresurada.

Dmitri no es el topo, señor Volkov. Es la próxima víctima de quien sí lo es, alguien que necesitaba desviar la atención hacia otro nombre antes de que la investigación real llegara demasiado lejos.

Ares cerró los ojos un instante, sintiendo el peso de lo cerca que había estado de cometer un error irreparable por la urgencia de encontrar un culpable, cualquier culpable, con tal de aplacar la incertidumbre que llevaba semanas corroyendo la confianza de su organización.

—Suéltenlo —ordenó, con la voz cargada de un arrepentimiento que rara vez se permitía mostrar—. Dmitri, tienes mi disculpa, y la compensación que consideres justa por esto.

El anciano capitán, todavía temblando, asintió sin decir palabra, demasiado aliviado como para exigir nada más en ese momento.

—Quien haya hecho esto sabe manipular nuestra red interna con una precisión que ningún soldado de Viktor debería poseer —dijo Valeria, cerrando el portátil con expresión sombría—.

Esto no es obra de un matón de la Bratvá, señor Volkov.

Es obra de alguien con formación técnica real, alguien acostumbrado a operar en las sombras sin dejar huella.

Voy a necesitar más tiempo, pero les prometo que vamos a encontrar a la persona correcta antes de que vuelva a intentar sacrificar a otro inocente para protegerse.

Elena miró a Ares, viendo en sus ojos la misma pregunta que la corroía a ella: si alguien había sido capaz de incriminar con tanta frialdad a un hombre leal durante casi dos décadas, ¿qué límite quedaba, exactamente, para lo que ese traidor estaría dispuesto a hacer cuando por fin lo acorralaran de verdad?