El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

El Cerco de Nevá

El impacto del primer proyectil reventó la gran cristalera del salón de la residencia secundaria, transformando el ventanal en una lluvia de esquirlas afiladas que resonaron sobre el suelo de madera.

Ares reaccionó en una fracción de segundo. Cubrió a Elena con su propio cuerpo, derribándola tras el pesado sofá de cuero antes de que una ráfaga de subfusil destrozara el resto del mobiliario.

—¡Kirill, cobertura! —gritó, desenfundando su arma con frialdad matemática.

Los mercenarios de Viktor irrumpieron por la terraza golpeando las estructuras de madera.

Ares se incorporó lo justo para alinear tres disparos certeros, abatiendo al primer objetivo en el acto, mientras Kirill devolvía el fuego desde el pasillo adyacente.

El estruendo de los motores fuera indicaba que no se trataba de un comando aislado: era la avanzadilla de una incursión de mayor escala.

—¡No podemos mantener la posición aquí! —advirtió Kirill, cambiando el cargador de su pistola entre el humo de la pólvora—. ¡Rompieron el perímetro exterior!

Ares agarró a Elena del brazo, levantándola del suelo con firmeza sin perder la vista de la entrada.

—Al vehículo blindado. Nos retiramos a la fortaleza principal —ordenó con voz de hielo—. La residencia secundaria está comprometida.

—¿Cómo sabía Viktor exactamente dónde estábamos esta noche? —preguntó Elena mientras corrían por el pasillo de servicio, con la respiración agitada—. Esta residencia no figura en ningún registro público.

Nadie respondió. Pero la mirada que Ares y Kirill intercambiaron por encima de la cabeza de Elena confirmó lo que los tres ya sospechaban sin decirlo en voz alta: alguien, en algún punto de la cadena de confianza que rodeaba al imperio Volkov, seguía filtrando información con una precisión que ningún espía externo podría haber conseguido por su cuenta.

Subieron al todoterreno blindado justo cuando los proyectiles impactaban contra la carrocería. Kirill embistió el portón del garaje y el vehículo salió derrapando hacia la autopista del norte, dejando atrás la residencia secundaria envuelta en llamas.

El trayecto hasta la fortaleza de Nevá fue un silencio tenso roto solo por el chisporroteo de la radio táctica. Al llegar a la estructura de hormigón y acero que servía como centro de mando principal de la Bratvá, el despliegue de hombres armados confirmaba la gravedad de la situación.

—Refuercen las puertas del sector oeste —ordenó Ares a sus capitanes nada más cruzar el umbral—. Viktor sabía dónde estábamos. Alguien vendió la ubicación de la residencia secundaria, igual que vendió la ruta del Volkov-9. Y quiero un nombre antes de que amanezca.

—Eso significa que el siguiente paso es aquí —dijo Kirill, ajustándose el vendaje del hombro mientras observaba las cámaras de seguridad—. El asedio a la residencia solo era para obligarnos a replegarnos. Querían acorralarnos en la fortaleza para un ataque masivo.

—Que vengan —replicó Ares, volviéndose hacia Elena con mirada seria—. Kirill, lleva a Elena al nivel subterráneo. Las paredes son de hormigón reforzado.

—No voy a encerrarme en un pozo mientras la fortaleza cae —intervino Elena, sosteniéndole la mirada—. Sé que Viktor está buscando los registros financieros que tengo guardados. Si van a asaltar este lugar, los van a buscar a ellos, no solo a ti.

Las alarmas sismográficas del perímetro exterior comenzaron a sonar de manera intermitente. En los monitores de control, una flota de camiones pesados sin matrícula embestía las barreras de entrada del recinto principal.

—Ya están aquí —anunció Kirill, desenfundando su arma—. Se acabó la diplomacia.

Ares miró a Elena una última vez, rozando con sus dedos la mejilla de ella en una rara muestra de cercanía en medio del caos.

—Mantente detrás de Kirill —murmuró en un siseo bajo—. Esta fortaleza ha resistido tres guerras. No caerá esta noche.