CAPÍTULO 8
Sombra en la Nieve
Kirill odiaba los hospitales casi tanto como odiaba admitir que necesitaba uno, así que en cuanto los médicos de la organización le confirmaron que las costillas fisuradas sanarían solas con reposo, se limitó a apretar los dientes, firmar el alta bajo su propia responsabilidad y volver al centro de mando con el torso vendado bajo la camisa.
Lo que no esperaba encontrar allí, dos días después, era a Valeria Cruz.
—Usted no tiene jurisdicción en Rusia, detective —fue lo primero que consiguió decir, deteniéndose en seco en el umbral del despacho seguro donde Kirill guardaba los archivos más sensibles de la organización.
—Y usted no tiene ni idea de con quién está hablando si cree que eso me va a detener.
—Valeria se giró desde la ventana, con un abrigo de lana gris que no lograba disimular la determinación con la que llevaba media vida enfrentándose a hombres el doble de peligrosos que él—.
La Europol me ha destinado como enlace en la investigación conjunta sobre tráfico de armamento en el Báltico.
El Volkov-9 llevaba en su carga cajas que no figuraban en ningún manifiesto legal, señor Volkov.
Y ese armamento tiene un origen que ustedes conocen mejor que nadie: los restos de la red de contrabando que Dominic Ivanov dejó operativa en Nueva York antes de que su hermano lo detuviera.
Kirill sintió que el suelo se movía bajo sus pies, no por la amenaza legal —de eso sabía cómo protegerse—, sino por la sensación absurda y completamente inoportuna de alegría genuina al volver a ver esos ojos oscuros y decididos a más de siete mil kilómetros de distancia de donde los había dejado.
—¿Ha venido hasta San Petersburgo persiguiendo cajas de fusiles, o persiguiéndome a mí?
—No se haga ilusiones, señor Volkov. —Pero algo en la comisura de su boca, un temblor casi imperceptible, delató a Valeria antes de que pudiera controlarlo—. Aunque debo admitir que cuando vi su nombre en el informe de inteligencia, no me sorprendió tanto como debería.
—Tampoco a mí me sorprende que usted siga sin saber cuándo dejar un caso en paz.
—Kirill se acercó, con la cautela de quien camina sobre hielo que no sabe si va a aguantar su peso—.
Es peligroso, Valeria. Más de lo que cree.
Si Viktor descubre que hay una investigadora europea rastreando el origen de ese armamento, la va a considerar una amenaza mayor que cualquier ejército que yo pueda desplegar.
—Entonces más vale que me proteja bien, ¿no le parece?
—replicó ella, sin apartar la mirada, con un desafío que no tenía nada que ver con el trabajo y todo que ver con la misma tensión sin resolver que llevaba meses acumulándose entre ambos desde aquel primer encuentro junto a la verja del muelle siete.
Kirill dio un paso más, cerrando casi por completo la distancia, con la vieja disciplina de seis años conteniéndose a duras penas.
—Si algo le pasara aquí, en mi terreno, bajo mi vigilancia... —empezó, con la voz más ronca de lo que pretendía.
—¿Qué, Kirill? —Valeria levantó la barbilla, sin retroceder ni un centímetro—. Termine la frase.
Él no la terminó. En su lugar, dio media vuelta y se alejó hacia el escritorio, poniendo entre ambos la distancia que su cuerpo entero se negaba a querer poner, con la certeza incómoda de que aquella mujer se había convertido, sin que él lo autorizara, en la única grieta genuina de una armadura que llevaba media vida perfeccionando.
—Comparta conmigo lo que tenga sobre el origen de esas armas —dijo, ya con la voz recompuesta—. Si de verdad hay un hilo que conecta los restos de la red de Ivanov con el ataque de Viktor, necesito saberlo antes que nadie más en este edificio.
—Eso —respondió Valeria, abriendo su maletín con una sonrisa que no auguraba nada tranquilizador— es exactamente lo que había venido a proponerle.