El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 7
25%

CAPÍTULO 7

El Primer Peón

Kirill llevaba media vida entrenado para reconocer el instante exacto en que un plan se torcía, y ese instante llegó a las tres de la mañana, cuando el sonido penetrante de su teléfono satelital rompió el silencio de la residencia privada que Ares mantenía en el distrito histórico de San Petersburgo.

—¿Fue la gente de Viktor? —preguntó Elena.

—Mercenarios pagados por su facción. —Kirill apretó la mandíbula—. Pero el problema real es la ubicación. Si la guardia costera finlandesa interviene antes de que recuperemos el control, inspeccionarán la carga y las licencias de tu familia quedarán revocadas para siempre.

Lo que Kirill no dijo en voz alta —lo que llevaba rumiando desde que colgó la primera llamada de aviso— era una pregunta mucho más incómoda: ¿cómo sabía Viktor la hora exacta de salida de un carguero cuya ruta solo conocían seis personas en todo el mundo?

Nadie fuera del círculo más íntimo de Ares tenía esa información.

Y eso significaba que, en algún punto de esa cadena de confianza absoluta, alguien había decidido que la lealtad tenía un precio.

Treinta minutos después, el helicóptero volaba a baja altura sobre las aguas embravecidas del golfo de Finlandia. Kirill descendió el primero, cubriendo el flanco izquierdo mientras Ares aseguraba a Elena con un arnés y la lanzaba hacia la cubierta resbaladiza del carguero.

El ensordecedor sonido de ráfagas de fusil automático cortó la noche en cuanto sus botas tocaron el metal.

—¡Fuego cruzado en el puente de mando! —gritó Kirill, devolviendo los disparos mientras avanzaba junto a los hombres de Ares.

Ares empujó a Elena hacia el interior de un contenedor blindado, protegiéndola con su cuerpo mientras los proyectiles rebotaban contra el acero.

—Asegura la consola de mando —le ordenó, señalando una terminal a pocos metros—. Introduce los códigos Vance para cancelar el bloqueo antes de que los hombres de Viktor vuelen los tanques de combustible.

Elena no vaciló. Sus dedos, entrenados para la velocidad y precisión del piano, volaron sobre el teclado táctil, introduciendo la secuencia de encriptación de su familia mientras el indicador rojo de peligro parpadeaba en la pantalla.

[CÓDIGO VANCE ACEPTADO — SISTEMA DE AUTODESTRUCCIÓN CANCELADO]

—¡Lo tengo! —gritó Elena.

En ese preciso instante, una figura emergió de las sombras del pasillo superior. Un mercenario con la insignia de la facción de Viktor apuntó su subfusil directamente a la espalda de Elena.

Kirill vio la amenaza antes que nadie. Sin dudarlo un segundo, se arrojó entre la línea de fuego y la posición de Elena.

Tres disparos secos retumbaron en la cubierta. El impacto sordo lo lanzó hacia atrás con un gemido ahogado.

Ares se arrodilló a su lado y le rasgó la chaqueta con rapidez, dejando al descubierto el chaleco táctico de kevlar. Las tres balas estaban incrustadas en las placas cerámicas: no habían logrado penetrar, pero la fuerza del impacto le había fisurado un par de costillas y contusionado el hombro.

—Las placas aguantaron... —articuló Kirill entre dientes, escupiendo una hebra de sangre—. Se siente como si me hubiera atropellado un camión.

—Puedo sostener un arma —gruñó, incorporándose a duras penas—. Y no pienso quedarme al margen.

Alzó la vista hacia Ares, apretando los dientes por el dolor.

—Fue... fue una emboscada planificada, Ares... —susurró, con un hilo de sangre brotando de la comisura de sus labios—. Viktor sabía exactamente la hora de salida de este barco. Alguien dentro de nuestro círculo... nos ha vendido.

Ares miró a Elena y luego a los rostros de sus propios hombres en la cubierta. La paranoia y la sombra de la traición interna volvieron a instalarse, más oscuras que nunca, en el corazón del imperio Volkov.