CAPÍTULO 6
El Vals de las Máscaras
La tensión en la gran cena del Palacio de Invierno no disminuyó durante el resto de la velada, pero la verdadera prueba no se jugaba entre cuatro paredes y ante un puñado de matones.
Viktor sabía que para desbancar a su hermano no bastaba con matarlo; necesitaba desmantelar la red de lealtades de la vieja guardia.
Por eso, dos noches después, la mansión reabrió sus puertas para una recepción masiva con la alta sociedad y los líderes criminales de la región.
El Gran Salón de Baile relucía bajo miles de prismas de cristal. Hombres con trajes a medida y abrigos con cuello de visón conversaban en susurros en ruso, mientras mujeres cubiertas de diamantes observaban la escena desde los balcones.
Elena lucía un vestido de satén negro con la espalda al descubierto y un escote esculpido que resaltaba la palidez de su piel contra la oscuridad del tejido.
A su lado, Ares vestía un esmoquin a medida de tono carbón, manteniendo una postura tan imponente que abría paso a su alrededor sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
—Recuerda —murmuró sin mover apenas los labios mientras se detenían cerca de la gran escalinata de mármol—: los tres hombres del balcón oeste son los boyardos del puerto. Controlan las aduanas marítimas. Si ellos se mantienen neutrales, Viktor no podrá operar legalmente con tus licencias.
—Déjamelos a mí —respondió Elena en voz baja—. Los hombres de esa edad no quieren ver armas ni amenazas; quieren ver estabilidad y rentabilidad.
Viktor no tardó en hacer su aparición, bajando la escalinata con una copa de champán en la mano.
—¡Bienvenidos a la noche del Báltico! —anunció con falsa cordialidad, repitiendo la frase en inglés para los inversores extranjeros—. Hacía años que la casa Volkov no reunía a tantas figuras influyentes bajo un mismo techo. Especialmente a una invitada tan... distinguida.
Caminó directamente hacia Elena, extendiendo la mano con la intención de tomar la suya para besarla. Antes de que sus dedos rozaran su piel, Ares dio un paso lateral, interceptando la trayectoria con su propio cuerpo.
—No la toques, Viktor —dijo. Su voz, aunque baja y serena, cortó el murmullo de la música de cámara como el filo de una guadaña—. Ni con un dedo. Ni con la mirada.
Viktor soltó una carcajada tensa, dando un paso atrás para no escalar el conflicto ante la presencia de los consejeros del puerto.
—Sigues siendo un animal territorial, hermanito —provocó, señalando con la copa el piano de cola Bösendorfer que presidía el escenario del salón—.
Pero la señorita Vance no es solo un adorno para tu brazo.
He oído que las manos que firman los documentos del puerto también son capaces de cautivar a las audiencias más exigentes de Europa.
¿Nos honrará con una pieza, o el miedo a estar lejos de su protector le impide tocar?
El murmullo entre los asistentes creció. Era un ataque velado: si Elena se negaba, mostraría subordinación absoluta a Ares; si aceptaba, quedaba expuesta en el centro de la estancia.
—Será un placer, señor Volkov —dijo Elena, dando un paso al frente con una elegancia serena que enmudeció la sala.
Caminó hacia el piano con la cabeza erguida, sintiendo la mirada de cada líder criminal clavada en su espalda. Se acomodó sobre la banqueta de terciopelo, colocó las manos sobre las teclas de marfil y se tomó dos segundos para respirar la atmósfera helada del salón.
Comenzó a tocar. No eligió una pieza dulce ni una demostración de técnica vacía. Optó por el Estudio Op. 10, N.º 12 de Chopin, la Rapsodia Revolucionaria.
Las notas retumbaron con una fuerza telúrica y sombría en la acústica del salón.
Los arpegios de la mano izquierda sonaban violentos, imponentes, evocando la tormenta que se cernía sobre el imperio Volkov, mientras la melodía de la mano derecha cortaba el aire con una determinación feroz.
Cada golpe de tecla era un mensaje claro para la vieja guardia rusa: Elena no era una cautiva frágil; poseía el fuego y el carácter para sostener el imperio a la par de Ares.
Ares la observaba desde el centro de la pista. Su rostro permanecía inexpresivo, pero en la penumbra de sus ojos ardía una devoción oscura y absoluta.
Cuando la última nota resonó en la estancia, el silencio duró tres segundos antes de que los consejeros del puerto rompieran a aplaudir con verdadero respeto.
Viktor apretó el cristal de su copa con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, consciente de que la jugada le había salido al revés.
Elena se levantó del piano, hizo una breve reverencia y caminó de vuelta hacia Ares. Al llegar a su lado, él le tomó la mano de forma firme, llevándosela a los labios frente a todos los presentes y sellando el pacto implícito que nadie en San Petersburgo se atrevería a romper sin pagar con sangre.
Pero la velada no había terminado. Uno de los siete boyardos del puerto, un hombre de barba plateada y ojos calculadores llamado Pyotr Baranov, se abrió paso entre los invitados hasta detenerse frente a Ares con una copa de vodka en cada mano, ofreciéndole una con una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos.
—Una interpretación magnífica, señora Vance.
Casi tan magnífica como la pregunta que llevo toda la noche queriendo hacerle a su marido.
—Baranov le tendió la copa a Ares sin dejar de sonreír—.
Dígame, Ares Volkov: si su hermano hubiera ganado esta noche en lugar de usted, ¿cree que alguno de nosotros seguiría con vida para contarlo, o Viktor ya nos habría purgado a todos por el simple pecado de haber dudado de él alguna vez?
El murmullo de las conversaciones cercanas se apagó.
Era una prueba, evidente para cualquiera con el mínimo instinto político: Baranov, el más veterano y respetado de los boyardos, tanteaba en público hasta qué punto Ares estaba dispuesto a jugar el mismo juego brutal que su padre y su hermano habían jugado durante generaciones, o si la "blandura" de la que Viktor tanto había hablado era, en efecto, una debilidad real.
—Viktor los habría purgado a todos, sin duda —respondió Ares, aceptando la copa sin beber de ella, sosteniendo la mirada de Baranov sin un ápice de vacilación—.
Porque Viktor gobernaba desde el miedo, y el miedo necesita renovarse constantemente para seguir funcionando.
Yo prefiero gobernar desde algo más aburrido y mucho más rentable: la previsibilidad.
Ustedes saben exactamente qué esperar de mí si me son leales, y exactamente qué esperar si no lo son.
No hay purgas arbitrarias en mi imperio, Baranov. Solo hay consecuencias lógicas.
Baranov lo estudió un instante más, con la copa suspendida a medio camino de sus labios.
—Eso —dijo finalmente, con una inclinación de cabeza casi imperceptible— es precisamente lo que un buen Pakhan diría. La pregunta que de verdad me importa, señor Volkov, es si también es lo que un buen Pakhan haría.
—Tendrá su respuesta en las próximas semanas —intervino Elena, colocándose junto a Ares con una serenidad que no dejaba espacio a la duda—. Y sospecho, señor Baranov, que le va a gustar mucho más que cualquier purga que Viktor les hubiera ofrecido.
El anciano boyardo sonrió, esta vez con un asomo genuino de aprobación, y se retiró hacia el resto de la recepción sin decir una palabra más.
Pero Ares supo, con la certeza fría de quien lleva media vida leyendo las corrientes subterráneas del poder, que aquella conversación se repetiría, en variaciones distintas, con cada uno de los siete boyardos antes de que la guerra contra Viktor tocara siquiera a su fin.
La lealtad de la vieja guardia rusa no se ganaba con un solo vals ni con una sola pieza de piano bien ejecutada.
Se ganaba, prueba tras prueba, hasta que ya no quedara ninguna duda razonable que sembrar.