CAPÍTULO 5
Fuego bajo el Hielo
La habitación que les habían asignado en el ala privada de la fortaleza de Nevá tenía las paredes cubiertas de tapices antiguos y una cama con dosel que parecía sacada de un cuento de zares, pero Elena apenas reparó en el lujo.
Su atención estaba fija en Ares, que se había quitado la chaqueta y desabrochaba los gemelos con movimientos mecánicos, todavía con la mirada perdida en algún punto entre la ventana y el recuerdo de Viktor.
—Háblame —dijo ella, acercándose por detrás y posando las manos sobre sus hombros tensos—. No del imperio. De ti.
—No hay mucho que contar que no hayas visto ya esta noche.
—He visto a un hombre conteniendo treinta años de rabia detrás de una sonrisa educada. —Elena deslizó las manos por su espalda, sintiendo los músculos agarrotados bajo la camisa—. Quiero ver al hombre que hay debajo de eso, aunque sea solo un rato.
Ares se giró despacio, y algo se quebró en la máscara de control que llevaba puesta desde que aterrizaron. La agarró por la cintura con una necesidad cruda, apoyando la frente contra la de ella.
—Cuando lo vi esta noche —murmuró—, por un segundo volví a tener catorce años. Sentí el agua otra vez. Y lo único que impidió que esa sensación me tragara entero fuiste tú, de pie a mi lado, sin flaquear.
—Nunca voy a flaquear, Ares.
Sus labios se encontraron con una urgencia que no tenía nada de calculado, un choque de dientes y respiración entrecortada que los llevó tropezando hasta el borde de la cama.
Ares le desabrochó el vestido con dedos torpes por primera vez desde que Elena lo conocía, más concentrado en el calor de su piel que en la elegancia del gesto.
—Te necesito esta noche —confesó contra su cuello, con una vulnerabilidad que rara vez se permitía—. No como estrategia. No como parte del plan contra Viktor. Solo... te necesito.
Un golpe seco en la puerta los interrumpió antes de que Elena pudiera responder.
—¡Ares! —La voz de Kirill sonaba tensa al otro lado—. Perdona la interrupción, pero necesito que veas esto ahora mismo. Los boyardos del puerto han adelantado la fecha de la recepción. Es esta misma noche, dentro de dos horas.
Ares cerró los ojos, apoyando la frente contra la de Elena con una frustración que ninguno de los dos intentó disimular.
—El imperio nunca deja de reclamar su parte —murmuró, apartándose con una lentitud reticente que contradecía cada instinto de su cuerpo.
—Lo sé. —Elena le recompuso el cuello de la camisa, con una sonrisa que escondía la misma frustración—. Pero esto no ha terminado, Ares. Solo se ha aplazado.
—Cuenta con ello, pianista. —Él le rozó los labios en un último beso, breve pero cargado de promesa—. En cuanto Viktor esté de rodillas, vas a tener toda mi atención durante días enteros.
Se vistió de nuevo con la eficiencia práctica de un hombre que llevaba media vida convirtiendo el deseo en disciplina, aunque el fuego en su mirada, cuando volvió a posarse en Elena antes de salir por la puerta, dejaba claro que aquella promesa era la única cosa de la que Ares Volkov no pensaba olvidarse esa noche, por muchas guerras que se interpusieran en el camino.