El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

El Palacio de Invierno

El aire de San Petersburgo no solo era frío; cortaba como una hoja de afeitar. Al descender por la escalinata del jet, el vaho de la respiración de Elena se congelaba casi al instante en el viento del Báltico.

Ares se detuvo un instante en el último escalón, con la mirada perdida más allá de la pista, hacia la línea gris del golfo de Finlandia que se adivinaba en el horizonte.

Algo en su rostro se tensó de una forma que Elena no le había visto nunca, ni siquiera en los peores momentos de la guerra contra Ivanov.

—¿Ares?

—Hace dieciocho años que no piso este país.

—Su voz sonó extrañamente distante—. La última vez que estuve en un puerto ruso, mi hermano me sostuvo la cabeza bajo el agua durante cuarenta segundos para enseñarme una lección sobre debilidad.

Todavía sueño con el sonido exacto del agua entrándome por la nariz cuando el estrés se acumula demasiado.

Iba a decirte que estaba preparado para esto.

No lo estoy del todo. Pero voy a fingir que sí, porque es lo único que sé hacer.

Elena le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos sin decir nada, dejando que el gesto hablara por ella. Ares respiró hondo, y algo en su postura se recompuso, pieza a pieza, como una armadura reconstruyéndose desde dentro.

Tres todoterrenos negros con cristales tintados esperaban con los motores en marcha sobre la pista cubierta de aguanieve.

Ares no le ofreció la mano para bajar; en su lugar, caminó pegado a su costado, marcando una guardia implacable mientras Kirill y cuatro escoltas armados hasta los dientes formaban un perímetro de seguridad a su alrededor.

—Mantén la cabeza alta y no busques la mirada de sus guardias —le murmuró Ares al oído antes de abrir la puerta del vehículo central—. La Bratvá mide la debilidad en los ojos. Si ven que dudas un segundo, asumirán que eres una presa fácil.

—No he venido hasta aquí para ser la presa de nadie, Volkov —respondió ella en voz baja, entrando al coche blindado.

El trayecto hacia el Palacio de Invierno —la antigua residencia señorial que la familia Volkov poseía a las afueras de la ciudad, a orillas del helado río Nevá— se realizó en un silencio tenso.

A través de las ventanillas, San Petersburgo se desplegaba como una joya de piedra y hielo: cúpulas doradas, puentes de hierro y una bruma densa que ascendía desde las aguas semicongeladas.

Cuando el convoy atravesó los portones de hierro forjado de la propiedad, la escala del peligro se hizo evidente.

Decenas de hombres vestidos con abrigos oscuros y portando fusiles automáticos patrullaban los jardines cubiertos de nieve.

No eran simples matones de calle; se movían con la disciplina militar de mercenarios profesionales.

—Son la guardia personal de Viktor —comentó Kirill desde el asiento del copiloto, revisando la pantalla de un detector de frecuencias—. Han bloqueado las señales satelitales en todo el perímetro. Si la cena sale mal, estaremos completamente aislados.

—No saldrá mal —dijo Ares con una frialdad glacial—. Viktor quiere dar un espectáculo antes de atacar. Es demasiado arrogante para matarnos en la entrada.

Las puertas dobles del Gran Salón de Recepciones se abrieron de par en par, y el contraste golpeó a Elena con la fuerza de una bofetada: después del frío que llevaba una hora mordiéndole la piel, el calor del salón la envolvió de golpe, denso y casi asfixiante, cargado del aroma a cera de vela derretida, tabaco cubano y el humo dulzón de la madera ardiendo en la chimenea.

El interior era una lección de opulencia bruta: techos altos con frescos barrocos, arañas de cristal de roca que proyectaban luces doradas y una chimenea de mármol negro donde ardían gruesos troncos de roble.

Fuera, el Báltico convertía cada aliento en cristales de escarcha; dentro, el mismo aire parecía vibrar con una temperatura distinta, la del peligro y el deseo mezclándose en un mismo pulso.

En el centro de la estancia, junto a una mesa de caoba servida para tres personas, se encontraba un hombre.

Viktor Volkov compartía la estructura ósea de Ares, pero ahí terminaba el parecido.

Su rostro estaba marcado por una fina cicatriz que cruzaba desde el pómulo derecho hasta la mandíbula, y su mirada carecía por completo de la moderación calculadora de su hermano menor.

Viktor era el producto puro del inframundo ruso: salvaje, impredecible y curtido en los gulags del norte.

—Ares... hermanito —dijo en ruso, para luego cambiar a un inglés impecable teñido de un acento áspero—. Vaya, pensaba que el clima de Nueva York te había vuelto blando, pero veo que has tenido la osadía de cruzar el mar.

Sus ojos se posaron directamente en Elena, recorriéndola desde los tacones hasta el recogido de su cabello con una desfachatez abrasadora.

—Y has traído un trofeo —añadió, dando un paso hacia ellos mientras sostenía una copa de vodka—. La famosa pianista Vance. La heredera de los astilleros que nuestro padre debió arrebatarle a la familia de ella hace diez años.

Ares se interpuso sutilmente en la línea de visión de su hermano, cortando la distancia.

—Guárdate las provocaciones para la mesa, Viktor —espetó, con la voz tan baja que hizo que los guardias de la sala tensaran los hombros—. Has bloqueado mis barcos en el Báltico. Habla rápido antes de que decida quemar este palacio contigo dentro.

Viktor soltó una carcajada rasposa que resonó en los techos altos.

—¿Quemarlo? Este palacio es del apellido Volkov, hermanito. Tu lugar está en las finanzas de América, jugando a ser un empresario limpio con trajes italianos. Te has olvidado de lo que significa ser un Volkov. Te has aliado con la hija de nuestro enemigo y le has dado una silla en nuestro imperio.

Elena dio un paso al frente, colocándose al lado de Ares y mirando a Viktor con un desprecio sereno.

—El imperio que mencionas estaba al borde de la quiebra antes de que las licencias de mi familia reabrieran las rutas comerciales —dijo con voz firme y clara—.

Si las cargas están bloqueadas en el Báltico, no es Ares quien pierde dinero, Viktor.

Es la Bratvá de San Petersburgo la que se queda sin suministros.

Tu demostración de fuerza solo demuestra lo poco que entiendes de comercio internacional.

Un silencio sepulcral cayó sobre el salón. Los guardias de Viktor intercambiaron miradas incómodas.

Viktor borró la sonrisa de su rostro. La cicatriz de su pómulo se tensó mientras daba un paso lento hacia Elena, clavando sus ojos de hielo en los de ella.

—Tienes agallas, niña —susurró—. Pero en San Petersburgo, las agallas de una mujer solo sirven para adornar una tumba en la nieve si se equivoca de bando.