CAPÍTULO 3
Alianza de Acero
El avión privado de la familia Volkov cortaba la noche sobre el Atlántico Norte a más de diez mil metros de altitud.
En el interior de la cabina principal, revestida de cuero oscuro y paneles de caoba, el silencio solo se rompía por el zumbido constante de los motores y el chocar del hielo dentro del vaso de whisky de Ares.
Estaba de pie frente a la pantalla táctil de la pared, analizando la estructura de la Bratvá en San Petersburgo. Las fotografías de los antiguos leales a su padre y los diagramas de las rutas marítimas parpadeaban bajo su mirada analítica.
—Viktor controla los muelles del río Nevá y la salida al golfo de Finlandia —explicó sin girarse, sabiendo que Elena lo observaba desde el sofá de piel—.
Durante los últimos cinco años ha estado comprando a los capitanes de los puertos que mi padre daba por perdidos.
Sabe que las licencias Vance son la clave para mover carga sin inspecciones en toda Europa Occidental.
—Antes de que lleguemos, necesito entender contra quién voy a entrar —dijo Elena, levantándose para caminar hacia la pantalla—. Kirill es tu hermano. Katia es tu hermana. Y ahora aparece un tercero del que nunca me habías hablado. ¿Cuántos Volkov más me faltan por conocer, Ares?
Ares apagó la pantalla con un gesto seco y se giró hacia ella, con una expresión que, por primera vez desde que había leído la nota, se suavizó lo suficiente como para parecer casi cansada.
—Mi padre tuvo tres mujeres en su vida, cada una con un propósito distinto para su imperio.
—Se sirvió otro dedo de whisky que tampoco pensaba beberse—.
Con la primera, en Rusia, tuvo a Viktor: el heredero que crió para gobernar la Bratvá con puño de hierro.
Con mi madre, aquí en América, nos tuvo a Kirill, a Katia y a mí: los hijos que necesitaba para blanquear el imperio y abrirlo a Occidente.
Viktor y yo apenas coincidimos en la misma habitación media docena de veces en toda nuestra infancia.
Y cada una de esas veces, terminó con un hueso roto. Mío, normalmente.
—¿Y qué hay de Irina, la hermana de Kirill? Los archivos que revisé antes de salir la mencionaban.
—Irina no es una Volkov. —Ares dejó el vaso sobre la mesa, con un cuidado que contradecía la dureza de su tono—.
Es media hermana de Kirill por parte de nuestra madre; nació de una relación anterior de ella, antes de que conociera a mi padre.
Kirill la adora como si compartieran la misma sangre entera, y en todos los sentidos que importan, la comparten.
Pero, para el mundo que estamos a punto de pisar, eso también significa que Irina no tiene ningún derecho de sangre sobre el trono.
No es una amenaza dinástica para nadie. Es, simplemente, la persona que mi hermano más ama en este mundo, lo cual la convierte en el objetivo perfecto para cualquiera que quiera hacerle daño a Kirill sin arriesgarse a empezar una guerra de sucesión.
Elena asintió despacio, sintiendo que las piezas del árbol genealógico Volkov por fin encajaban en su sitio: una rama rusa, salvaje y resentida; una rama americana, unida por la sangre y por las cicatrices compartidas de un padre que solo sabía enseñar a través del dolor; y, enredada entre ambas, una mujer sin apellido Volkov que, sin quererlo, se había convertido en el punto más frágil de todo el tablero.
—Si las licencias son de mi familia, las firmas de transferencia de carga requieren mi huella biométrica y mi rúbrica —dijo Elena, volviendo al asunto que los había llevado hasta ese avión—.
Viktor no puede usar los astilleros legalmente sin mí.
Por eso quiere tu cabeza, pero me necesita a mí viva... o al menos necesita mi firma.
Ares se giró bruscamente hacia ella. La acorraló contra el panel de madera, colocando un brazo a cada lado de su cabeza, reduciendo el espacio entre ellos a cero.
—Eso es precisamente lo que me vuelve loco, Elena —dijo en un susurro bajo, cargado de una posesividad oscura—.
Para Viktor no eres una reina; eres un sello de papel con piel y hueso.
En el momento en que pisemos San Petersburgo, cada hombre en esa ciudad intentará arrebatarte de mi lado para obligarte a firmar.
—Que lo intenten —replicó Elena, sin dar un solo paso atrás.
Le colocó una mano en el pecho, sintiendo el latido firme y acelerado del corazón de Ares bajo la camisa de seda negra—.
Ya no soy la mujer asustada que firmó tu contrato en aquella oficina para salvar a su padre.
Si voy a entrar en ese nido de víboras, no lo haré como tu prisionera ni como tu adorno.
Voy como la mujer que comparte tu poder.
Ares la miró, y la frialdad de sus ojos se disolvió en una llama líquida e intensa.
—No tienes idea de lo peligrosa que te vuelves cuando hablas así —murmuró, bajando la mano para sujetarle la nuca con firmeza.
Sus labios se encontraron en un beso hambriento y dominante que borró cualquier rastro de duda o política criminal.
Ares la levantó ligeramente, pegándola a su cuerpo mientras sus dedos se enredaban en su cabello, deshaciendo el moño impecable y dejando caer las ondas sobre sus hombros.
Elena ahogó un gemido contra su boca, rodeándole el cuello con los brazos y devolviéndole la intensidad del choque con un fuego propio.
Ares la llevó hacia el escritorio principal de la cabina, despejando de un manotazo los informes de seguridad que cayeron al suelo. La sentó sobre la superficie de madera pulida y se colocó entre sus piernas, desabrochando los primeros botones de su camisa con una urgencia contenida.
—Si vamos a hacer esto, Elena —susurró contra la piel ardiente de su cuello—, la Bratvá tiene que ver que no hay fisuras entre nosotros. Que tocarte a ti es declararme la guerra a mí.
—Entonces no les dejes ninguna duda, Ares —respondió ella con la voz entrecortada, hundiéndose en el contacto de sus manos mientras el avión se adentraba en el cielo helado del este de Europa.
Dos horas después, la voz del piloto resonó por el intercomunicador anunciando el descenso hacia el aeropuerto de Púlkovo.
Elena se arregló el vestido frente al espejo del baño de la cabina, ajustando la chaqueta negra de corte impecable que completaba su atuendo.
Cuando salió, Ares la esperaba junto a la puerta de desembarque.
Había vuelto a ponerse la máscara de frialdad absoluta, pero la mirada que le dirigió a Elena al verla estaba cargada de un pacto silencioso e indestructible.
Kirill apareció desde la zona de equipaje, comprobando el cargador de su arma antes de enfundarla bajo el abrigo pesado.
—Señor —informó con rostro serio—, las temperaturas en San Petersburgo están bajo cero. Los coches blindados de la escolta local están esperando en la pista. Pero hay un problema.
—Habla —ordenó Ares, ajustándose los gemelos de plata.
—Viktor no ha enviado a sus hombres a interceptarnos en el camino —dijo Kirill—. Ha enviado una invitación formal para esta misma noche. Una cena de bienvenida en el Palacio de Invierno de la familia Volkov. Quiere que la señorita Vance esté presente.
Ares miró a Elena. Ella le devolvió la mirada y, lejos de mostrar temor, esbozó una sonrisa helada.
—Diles que aceptamos —dijo, poniéndose los guantes de piel—. Es hora de conocer al hermano que quiere disputar tu trono.