CAPÍTULO 2
El Hijo que Rusia Crió
Viktor Volkov tenía nueve años la primera vez que su padre lo llevó a presenciar una ejecución, y recordaba con más claridad el frío del hormigón bajo sus rodillas que la sangre que salpicó sus botas nuevas.
—Mira bien, Viktor —le había dicho Konstantin, con la voz desprovista de cualquier ternura—. Esto es lo que le pasa a los hombres que dudan. La duda es un lujo que Rusia no perdona.
Konstantin había dejado a Viktor en San Petersburgo con su madre —una mujer que había sido hermosa una vez, antes de que la Bratvá le arrancara la belleza a base de miedo constante— mientras él construía, a miles de kilómetros de allí, una segunda vida con una segunda mujer y unos hijos que crecerían sin saber lo que costaba en verdad heredar un imperio de sangre.
Viktor entrenó con los mejores instructores que el dinero de su padre podía comprar, aprendió tres idiomas y a matar a un hombre con las manos desnudas antes de cumplir dieciséis años, todo mientras esperaba la carta, la llamada, la visita que confirmara que aquel sacrificio tenía un propósito: que algún día, el trono entero sería suyo.
La única vez que conoció a sus medios hermanos americanos fue durante un verano que Konstantin decidió, por razones que nunca explicó, reunir a ambas ramas de la familia en la casa de la costa.
Viktor tenía diecinueve años; Ares, catorce.
Recordaba con una nitidez que ni tres décadas habían conseguido desdibujar la forma en que Ares hablaba, se movía, incluso respiraba: con la ligereza despreocupada de un niño que jamás había tenido que preguntarse si sobreviviría a la semana siguiente.
—Eres blando —le había dicho Viktor aquella tarde, arrastrándolo hasta el embarcadero cuando nadie miraba—. Papá te va a convertir en un blando también a ti, como a los otros dos. Alguien tiene que enseñarte lo que de verdad significa este apellido antes de que sea demasiado tarde.
Lo sostuvo bajo el agua helada del puerto durante lo que a Ares debieron parecerle horas, aunque en realidad no fueron más de cuarenta segundos: el tiempo exacto que Viktor había calculado para inculcar terror sin cruzar la línea del asesinato.
Cuando por fin lo soltó, Ares emergió boqueando, con los labios morados y los ojos desorbitados por el pánico, y Viktor sintió, por primera y única vez en su vida adulta, algo parecido a la vergüenza.
No la suficiente para disculparse. Pero sí la suficiente para que, treinta años después, el recuerdo de esa tarde siguiera visitándolo en las noches en que el vodka no bastaba para aplacar la certeza de que había elegido, deliberadamente, convertirse en la sombra que su padre esperaba de él en lugar del hombre que su madre había soñado que sería.
Konstantin murió seis años atrás sin dejarle a Viktor una sola palabra de despedida, sin una carta, sin un mensaje que confirmara que las décadas de sacrificio habían servido de algo.
El imperio entero —los muelles del norte, las cuentas suizas, el apellido que Viktor había sangrado para merecer— se lo dejó al hijo americano.
Al blando. Al niño que Viktor había intentado ahogar para salvarlo de convertirse exactamente en lo que Viktor mismo se había visto obligado a ser.
La purga que siguió a la muerte de Konstantin estuvo a punto de costarle la vida a Viktor; sobrevivió fingiendo la suya propia, comprando a un forense y a un capitán de puerto lo bastante desesperado como para hundir un barco vacío con la documentación de su identidad a bordo.
Pasó cinco años reconstruyendo, paciente y silenciosamente, la lealtad que Ares nunca se molestó en cultivar en Rusia porque nunca la necesitó: Ares tenía América, tenía consejeros de traje impecable y periodistas que escribían sobre su filantropía.
Viktor solo tenía San Petersburgo, el frío, y una rabia que llevaba treinta años fermentando sin que nadie, ni una sola vez, le preguntara si aquello era lo que él, Viktor, habría elegido para sí mismo si alguien le hubiera dado la posibilidad de elegir.
Ahora, sentado en la penumbra del Palacio de Invierno la noche antes de que su hermano aterrizara en suelo ruso, Viktor se sirvió un vodka y contempló el retrato de Konstantin que presidía la sala, el mismo gesto de crueldad congelado para siempre en el óleo.
—Voy a hacer lo que tú nunca tuviste el valor de hacer, padre —murmuró, alzando la copa hacia el lienzo—. Voy a elegir, por fin, quién de tus hijos merece de verdad este apellido. Y esta vez, no va a ser el blando.