El Eco de San Petersburgo (Imperios de Ceniza 2)
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CAPÍTULO 1
La Firma en la Sombra
El silencio que siguió a la irrupción de Kirill en el gran salón se sintió denso, helado y casi impenetrable.
La nota de Chopin que Elena llevaba tocando toda la tarde todavía parecía resonar en las cuerdas del Steinway, pero la calidez del momento se extinguió en el instante exacto en que Ares rompió el sello de cera negra del sobre que su hermano acababa de entregarle.
Elena se puso en pie sin apartar la mirada de las manos de Ares. Sus dedos, firmes y posesivos minutos antes sobre la cintura de ella, abrieron el papel con una lentitud que denotaba un peligro glacial.
Tres líneas en ruso, con una caligrafía angulosa y trazos de tinta gruesa.
—¿Ares? —murmuró Elena, dando un paso hacia él—. ¿Qué dice?
Ares no respondió de inmediato. Sus ojos, fijos en el papel, parecieron petrificarse.
La sombra del hombre que se había inclinado sobre ella hacía apenas un minuto desapareció por completo, dejando al descubierto al monstruo que llevaba seis años gobernando las arterias financieras y criminales de la ciudad.
—Esa firma... —intervino Kirill, con la voz ahogada por un hilo de incredulidad—. Ares, no es posible. Vimos el informe de la policía marítima hace cinco años. El barco ardió en mitad del Báltico. No hubo supervivientes.
—Los informes se compran, Kirill. —La voz de Ares ya no era un murmullo cálido; era un siseo áspero, cargado de una rabia contenida durante años—. Y las muertes también.
Ares giró la nota para que Elena pudiera verla. Aunque los caracteres cirílicos le resultaban ajenos, el nombre al pie de la página estaba escrito en alfabeto latino, como una provocación deliberada:
*"El trono de mi padre no se heredó en un testamento. Se robó. Prepara tus puertos, hermanito. San Petersburgo reclama su deuda. — Viktor Volkov."*
El aire de la estancia pareció volverse de plomo.
—Viktor... —susurró Elena—. Tu hermano.
—Mi medio hermano —corrigió Ares, dejando la nota sobre la madera barnizada del piano con un chasquido metálico que resonó como el primer aviso de un ataque—.
El primogénito de mi padre, de su primera mujer.
Un hombre que creció en Rusia mientras Kirill, Katia y yo crecíamos aquí, con nuestra madre.
Intentó ahogarme en el puerto de San Petersburgo cuando yo tenía catorce años, durante la única visita que hicimos a la familia rusa, para asegurarse de que nadie disputara su línea de sucesión.
La noche que mi padre cayó, la Bratvá de San Petersburgo se fracturó entre los leales a Viktor y los leales a mí.
Pensamos que había muerto en la purga que siguió.
Solo estaba esperando a que yo hiciera el trabajo sucio de consolidar el imperio para él poder arrebatármelo entero, ya limpio de enemigos.
—Ha tomado los astilleros del norte —añadió Kirill, ajustándose la chaqueta del traje—.
Las licencias que conseguimos de la familia de Elena el año pasado...
Viktor ha bloqueado los buques de carga en el mar Báltico.
Si no respondemos antes del fin de semana, la junta directiva perderá cincuenta millones en mercancía y la reputación de la naviera quedará destruida.
Ares caminó hacia el ventanal que daba al océano. La lluvia comenzaba a repicar suavemente contra el cristal, reflejando las luces lejanas de los muelles.
—Prepara el jet privado, Kirill —ordenó sin darse la vuelta—. Salimos para Rusia dentro de tres horas. Esto se soluciona en San Petersburgo, antes de que los consejeros de la ciudad huelan la sangre y decidan cambiar de bando.
—Ares, espera —intervino Elena, cruzando el salón hasta colocarse a su lado.
Él se giró para mirarla. La distancia física entre los dos había vuelto a crecer en cuestión de segundos, como si una muralla de hierro se hubiera alzado entre sus cuerpos.
—Tú te quedas aquí, Elena —dijo en un tono categórico que no admitía réplica—. Kirill dejará a diez hombres de élite custodiando la propiedad. Mañana te enviaré a Suiza con tu padre hasta que limpie este desastre.
—¿A Suiza? —Elena soltó una risa seca, desprovista de gracia—. ¿Crees que después de todo lo que hemos pasado voy a dejar que me cierres en una jaula de cristal mientras tú te vas a luchar una guerra contra tu propia sangre?
—Esto no es una negociación de contrato, pianista —espetó Ares, atrapándola por el antebrazo con una presión firme pero sin dolor, obligándola a mirarlo directamente a los ojos—.
Esto es la Bratvá en su terreno más salvaje.
San Petersburgo no es la junta directiva de esta ciudad; allí no hay reglas de prensa ni alianzas de papel.
Viktor te usará para destruirme en cuanto ponga un pie en el continente.
—Viktor reclama los astilleros de mi familia, Ares —respondió ella, sosteniéndole la mirada con una ferocidad que hizo que él apretara la mandíbula—.
Esas licencias llevan el apellido Vance.
Si te vas solo, la vieja guardia de Rusia verá que tu alianza con mi familia es débil, que soy solo una rehén que mantienes escondida.
Si voy contigo, verán que el imperio Volkov está unificado.
No voy a volver a ser la pieza sacrificable de nadie.
Ares la observó en silencio. La furia se mezcló con esa fascinación oscura y posesiva que siempre surgía cuando Elena desafiaba su autoridad.
—No tienes idea de la clase de infierno al que estás pidiendo entrar —murmuró, dando un paso más hacia ella hasta que la distancia entre sus rostros se redujo a milímetros.
—Me enseñaste a no tenerle miedo a los monstruos, Ares —susurró Elena, levantando la barbilla—. Ahora me vas a enseñar a reinar a tu lado.