EL ECO DE MIS PENSAMIENTOS EL INFIERNO VERDE
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EL INFIERNO VERDE

"El Darién me arrebató muchas cosas. Pero no pudo arrebatarme la esperanza.

"Si alguna vez me preguntaran cuál fue el lugar más aterrador que he conocido en mi vida, no tendría que pensarlo.El Darién.Aquel nombre, que para muchos es solo una selva entre Colombia y Panamá, para mí siempre será el lugar donde sentí la muerte más cerca que nunca.

Entré con miedo, pero también con la esperanza de llegar hasta el final. No sabía que durante ocho días viviría una pesadilla que todavía hoy regresa a mi memoria.

Desde el primer día, las montañas parecían imposibles de subir.

Las lomas eran interminables y el peso de la mochila se volvía insoportable.

Poco a poco tuve que ir abandonando mis cosas.

Primero la comida; después, las pertenencias que tanto me había costado conseguir.

Al final, solo conservé el dinero, mis documentos y la ropa que llevaba puesta.

Todo lo demás quedó atrás, perdido para siempre en aquella inmensidad.La lluvia nunca se detenía.

El barro llegaba hasta las rodillas y los ríos crecidos se convertían en trampas mortales. El frío de las noches penetraba hasta los huesos y el hambre comenzó a convertirse en una compañera constante. Pasábamos días enteros sin comer, tratando simplemente de sobrevivir.

En aquel lugar aprendí una de las lecciones más duras de mi vida: en la selva cada persona lucha por mantenerse con vida. Nadie tiene fuerzas para cargar con el dolor ajeno cuando apenas puede sostener el suyo.

Vi personas caer por barrancos imposibles.

Vi madres abrazando a sus hijos mientras luchaban por cruzar las corrientes.

Vi hombres y mujeres desaparecer arrastrados por las aguas furiosas de los ríos.

Y, al amanecer, cuando el sol apenas comenzaba a salir, algunos cuerpos aparecían en las orillas, silenciosos e inmóviles, recordándonos que la muerte caminaba junto a nosotros.

Miles de personas habían dejado su vida en aquel lugar, y cada paso que daba me hacía pensar que pronto yo sería una más.Pero el peligro no solo estaba en la naturaleza; también estaba en quienes se aprovechaban del sufrimiento humano.

Durante el recorrido escuchábamos historias de robos, abusos y violencia.

Vivíamos aterrados, sin saber qué podía ocurrir en el siguiente tramo del camino.

En algunas zonas de la selva operaban grupos armados que controlaban rutas utilizadas por migrantes.

Su sola presencia aumentaba el miedo y hacía todavía más peligrosa una travesía que ya era, por sí misma, un infierno.

Lloré mucho.

Hubo noches enteras en las que me abrazaba a mí misma para soportar el frío y el miedo. Recuerdo mirar hacia la oscuridad y pensar que jamás volvería a ver a mis hijos. Sentía que iba a morir allí, en medio de aquella selva que parecía no tener fin.

Lo que más me angustiaba no era mi propia muerte.Era la promesa que les había hecho.Les había prometido que volveríamos a encontrarnos.

Y mientras las lágrimas corrían por mi rostro, solo podía pedirle a Dios una oportunidad más. No quería que mis hijos crecieran pensando que su madre los había abandonado.

Necesitaba sobrevivir.Necesitaba regresar a ellos.

Hubo momentos en los que ya no tenía fuerzas. Mi cuerpo estaba agotado, mis pies heridos y mi corazón lleno de desesperación. Pero algo dentro de mí se negaba a rendirse.

En los últimos días, cuando pensaba que el final de la selva estaba cerca, llegó el obstáculo más temido: la Loma de la Muerte.No es un nombre oficial, sino el que nació entre quienes logramos sobrevivir a ese camino.

Es una de las subidas más difíciles de toda la travesía: empinada, resbaladiza y agotadora.

Subir exige las últimas fuerzas; bajar puede ser todavía más peligroso.

Allí, el cansancio extremo, la deshidratación y el terreno traicionero han provocado innumerables accidentes y muertes.La Loma de la Muerte no solo desafía el cuerpo.

También pone a prueba la voluntad de seguir adelante cuando todo parece perdido.Quienes conseguimos cruzarla rara vez volvemos a ser los mismos.Quizás fue el amor por mis hijos.Quizás fue la fe.O quizás fue ese instinto de supervivencia que aparece cuando todo parece perdido.Y entonces, después de ocho días que parecieron una eternidad, ocurrió el milagro.La selva terminó.Por primera vez en muchos días volví a pisar tierra firme.Había llegado a Panamá.Caí de rodillas y lloré.Lloré por quienes no lograron salir.Por las madres que dejaron lágrimas en aquel camino.Por los hombres y mujeres que nunca volvieron a abrazar a sus familias.Y lloré por mí.Porque, aunque había logrado salir de aquel infierno, una parte de mí se quedó para siempre entre aquellas montañas, aquellos ríos y aquella lluvia interminable.

Todavía hoy puedo sentir el dolor en mis pies.

Aún recuerdo el olor de la tierra mojada, el sonido de los ríos, el viento moviendo las hojas y el silencio de aquellas noches frías, donde el miedo parecía respirarse en el ambiente.

Todavía escucho el llanto de quienes se perdieron en la selva y la angustia de tantas personas que dejaron allí sus sueños y, en muchos casos, su vida.

El Darién me arrebató muchas cosas.Pero jamás pudo arrebatarme la esperanza. Y mientras tuviera esperanza, todavía quedaba camino por recorrer.