VOLVER A NACER
"Hay lugares de los que uno logra salir con el cuerpo... pero el alma tarda muchos años en encontrar el camino de regreso."
Cuando finalmente llegué a Panamá, sentí que volvía a nacer. Después de más de ocho días perdida en medio de aquella selva, empecé a valorar cosas que antes parecían tan simples que pasaban desapercibidas.
El asfalto, las carreteras, el ruido de los carros, las luces de las ciudades, las casas...
Todo aquello que un día había sido parte de mi rutina ahora me parecía extraordinario.
Cada sonido me recordaba que estaba viva.
Cada paso sobre una calle pavimentada era una confirmación de que había dejado atrás el infierno.
Pero, por encima de todo, había una sensación que llenaba mi corazón: me sentía segura.
Lo primero que hice fue llamar a mi familia. Ellos llevaban días sin saber absolutamente nada de mí. La desesperación los había consumido, imaginando los peores escenarios. Aquella llamada fue una mezcla de alivio, dolor y amor.
Ninguno de nosotros podía hablar.Solo llorábamos.
Llorábamos porque, después de tanta incertidumbre, por fin sabían que yo seguía con vida.
Yo lloraba porque, a pesar de todo lo que había vivido, había logrado salir de la selva.
Estaba llena de heridas, con el cuerpo adolorido, agotada física y emocionalmente, pero estaba viva.
Y, en ese momento, estar viva era el regalo más grande que podía recibir.
Decidí quedarme dos días en Panamá para recuperar un poco las fuerzas. Mi cuerpo necesitaba descansar, pero también mi mente. Sin embargo, sabía que no podía detenerme demasiado tiempo. El camino aún era largo y mi destino seguía estando lejos.
Con el corazón lleno de esperanza, retomé mi viaje.
Al llegar a Nicaragua, después de pagar el salvoconducto, nos hicieron cruzar unos pequeños cafetales, llenos de lomas empinadas, para evitar un control migratorio.
Al ver aquellas pendientes, por un instante reviví el miedo de la selva del Darién y dudé en seguir.
Respiré profundamente, tomé fuerzas y continué caminando.
Para mi sorpresa, subí aquellas lomas con tanta facilidad que los demás migrantes no entendían cómo lo había logrado. Cuando les conté que acababa de cruzar la selva del Darién, sonrieron y, con una mezcla de admiración y comprensión, me dijeron:
—Ahora lo entendemos.En ese momento comprendí que, después de haber vencido aquella selva, ninguna cuesta volvería a parecerme imposible.
Costa Rica fue la siguiente parada. Después vendrían Honduras, Guatemala y, finalmente, México. Cada frontera representaba un nuevo desafío. Cada país tenía sus propias reglas, su gente, su cultura y sus peligros. Cada paso representaba una nueva prueba que superar.
Fueron muchos días de incertidumbre, de miedo y de cansancio.
Viví situaciones muy diferentes en cada lugar.
Conocí personas buenas que me tendieron una mano cuando más lo necesitaba y también a otras que se aprovecharon de la vulnerabilidad de quienes solo buscábamos una oportunidad para seguir adelante.
Cada kilómetro recorrido me enseñó algo nuevo sobre el mundo y sobre mí misma.
Pero, aunque el resto del camino fue duro y estuvo lleno de obstáculos, nunca volví a sentir un miedo comparable al que experimenté dentro de la selva del Darién.
Aquella selva se quedó viviendo para siempre dentro de mí.Porque hay lugares de los que uno logra salir con el cuerpo...Pero el alma tarda muchos años en encontrar el camino de regreso.