EL ECO DE MIS PENSAMIENTOS PERÚ, ENTRE RÍOS, AVIONES Y MONTAÑAS
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PERÚ, ENTRE RÍOS, AVIONES Y MONTAÑAS

"Todos compartíamos el mismo sueño: encontrar un lugar donde vivir con dignidad y esperanza."

Después de muchos días navegando por el inmenso río Amazonas, finalmente llegué a Perú. Entré por una ciudad amazónica llamada Iquitos, un lugar muy diferente de todo lo que había visto hasta ese momento.

Para poder llegar a tierra firme tuve que bajar del barco y continuar el recorrido en varias canoas que atravesaban parte de la ciudad. A cada momento me sorprendía más. Iquitos parecía vivir sobre el agua.

Cuando por fin puse los pies en tierra firme, me encontré con una realidad que me impactó profundamente.

Era una ciudad muy humilde. Miles de motocicletas recorrían las calles sin descanso, como un enorme hormiguero en movimiento.

En cada esquina había personas vendiendo pescado fresco, y la pobreza era evidente en cada rincón.

Aquellas imágenes quedaron grabadas para siempre en mi memoria.

No tenía tiempo para detenerme a observar demasiado. Mi objetivo era seguir avanzando. Fui directamente al aeropuerto para comprar el siguiente pasaje de mi travesía.

El aeropuerto me sorprendió. Era pequeño y sencillo.

Más que un aeropuerto, parecía una terminal de autobuses.

Pensé que el vuelo sería económico, pero ocurrió todo lo contrario.

El boleto desde Iquitos hasta Tumbes, con escala en Lima, fue uno de los pasajes más caros que había pagado en toda mi vida.

Aun así, no tenía otra opción. Cada kilómetro recorrido significaba estar un poco más cerca de mi destino.

Compré el boleto:Iquitos →Lima → TumbesEl primer vuelo duró varias horas, aunque hoy ya no recuerdo exactamente si fueron dos o tres. Lo que sí recuerdo perfectamente fue mi llegada a Lima.

Eran alrededor de las ocho de la noche cuando el avión aterrizó. Apenas bajé, sentí un frío que me tomó por sorpresa. Horas antes estaba soportando el intenso calor del Amazonas y ahora necesitaba abrigarme. Aquello me hizo comprender lo inmenso y diverso que era Perú.

Lima me pareció una ciudad enorme, moderna y muy hermosa. Después de tantos días de incertidumbre, por unas horas pude descansar en un hotel. Mi siguiente vuelo salía a las diez de la mañana rumbo a Tumbes, así que aproveché aquella noche para recuperar un poco las fuerzas.

Al día siguiente continué mi viaje.

El vuelo hacia Tumbes tuvo una duración similar al anterior. Al llegar, un hombre ya me estaba esperando. Era el guía encargado de llevarnos hasta el siguiente punto del recorrido.

Subimos a un automóvil y nos trasladó hasta una bodega donde ya había muchas personas esperando, todas con la misma ilusión y el mismo miedo.

El lugar era muy precario y tenía un olor desagradable. Hacía muchísimo calor. No había comodidades. Nos sentamos y, más tarde, terminamos acostándonos directamente sobre el piso, rodeados de suciedad, cansancio e incertidumbre.

Permanecimos allí hasta que cayó la noche.

Cuando la oscuridad cubrió todo, nos recogieron en un camión. Todo debía hacerse en silencio y a escondidas de la policía. Nadie hacía preguntas. Nadie quería llamar la atención.

Después de un largo recorrido llegamos a unas montañas enormes. Lo que más me llamó la atención era que parecían un desierto de montañas. Allí comenzó otra de las experiencias que jamás olvidaré.

Nos dividieron en grupos y empezamos a cruzar las montañas en motocicletas. Yo iba sentada detrás de un hombre completamente desconocido. No conocía su nombre. No sabía quién era. Mi vida dependía de la habilidad de alguien a quien nunca había visto.

Las motocicletas eran viejas y estaban en muy malas condiciones. El camino era estrecho, lleno de curvas peligrosas y barrancos profundos. A un lado solo se veía el vacío. Sentía que en cualquier momento podíamos caer.

Me aferré con todas mis fuerzas al cuerpo de aquel desconocido. Cerré los ojos y solo podía repetir una oración en silencio:—Dios mío... no quiero morir aquí.

Cada curva parecía interminable. Cada subida aumentaba mi miedo. El ruido del motor, el viento que golpeaba mi rostro y la oscuridad hacían que el trayecto pareciera eterno.Después de varias horas, finalmente llegamos.

Habíamos cruzado la frontera.Estaba en Ecuador.Miré hacia atrás por un instante y comprendí que otro país quedaba definitivamente atrás.

Respiré profundamente, como si por primera vez pudiera llenar mis pulmones de aire. Había superado un obstáculo más, aunque en el fondo sabía que el camino todavía sería largo.

Quiero aclarar algo muy importante. Yo tuve la oportunidad de recorrer gran parte de Brasil y de Perú en avión gracias a mi residencia uruguaya. Ese documento me permitía abordar vuelos nacionales sin necesidad de presentar pasaporte ni visa.

Muchos de los migrantes que viajaban conmigo no tenían esa posibilidad.

Algunos provenían de otros países y otros, simplemente, no contaban con el dinero suficiente para comprar un boleto de avión.

Ellos continuaban el trayecto por carretera, viajando durante días en autobuses para ahorrar dinero y enfrentándose a retenes policiales y a muchos más peligros.

Además, el viaje por carretera era mucho más largo.

Aquella diferencia me hizo comprender que, incluso dentro de una misma travesía, cada migrante carga una historia distinta. Algunos avanzan más rápido. Otros tardan más. Pero todos compartíamos el mismo sueño: encontrar un lugar donde vivir con dignidad y esperanza.