ENTRE RÍOS, SELVA Y SILENCIO
"En ese momento entendí que la travesía no consistía únicamente en cruzar países. También era cruzar mis propios límites."
Tomé un autobús hasta Brasil y, desde allí, dos aviones me acercaron a la frontera con Colombia.
Pasé dos días viajando entre Brasil y Colombia, en un lugar donde todo se sentía extraño y confuso.
Lo más curioso era ver a tanta gente haciendo lo mismo que yo: personas con miedo, con mochilas, con historias rotas y con la esperanza de llegar a un lugar mejor.
La segunda noche vinieron a buscarme. Era poco después de la medianoche cuando me subieron a un vehículo y me llevaron hasta un río oscuro, tan oscuro que parecía no tener fin. El miedo me apretaba el pecho. No sabía exactamente hacia dónde iba ni qué podía pasarme.
Me subieron a un bote y me cubrieron con una manta para que nadie me viera. Así permanecí durante unos treinta minutos, en silencio, escondida, escuchando el sonido del agua y sintiendo cómo el miedo golpeaba dentro de mí.
Después me pasaron a una embarcación más grande. Allí comenzó otra parte del camino: atravesar el río Amazonas rumbo a Bolivia y Perú.
El trayecto fue largo y duro. Hacía frío y, aunque estaba rodeada de personas, me sentía completamente sola.
Pasamos por una aldea amazónica donde vi comunidades indígenas que parecían sacadas de una película.
Yo no sabía que existían lugares así, tan apartados, tan misteriosos y diferentes de todo lo que había conocido.
Sentí miedo, asombro y una profunda sensación de estar entrando en un mundo donde nada estaba bajo mi control.
Más adelante, cerca de las tres de la madrugada, nos hicieron bajar en Bolivia para evitar los controles migratorios. Me dejaron en una pequeña ciudad cuyo nombre todavía hoy desconozco.
Me bajaron sola, sin explicarme nada, y me dijeron que esperara. Allí me quedé hasta las seis de la mañana, con el alma en un hilo, pensando que me habían abandonado, que me habían robado todas mis pertenencias y que nadie volvería por mí.
Fueron horas eternas. No tenía conexión en el teléfono.No podía llamar a nadie.Estaba en un lugar desconocido, rodeada de río, selva y silencio.Sentí un miedo tan grande que apenas podía hablar.Cuando amaneció, finalmente el barco regresó.
Me recogieron y continuamos el camino hacia Perú, otra vez por el Amazonas.
Yo iba con el corazón encogido, mirando aquel río inmenso y oscuro, sintiendo que mi vida dependía de personas que no conocía y de un destino que todavía no podía ver.
Solo se escuchaba el canto de los insectos, el golpear del agua contra el bote y el murmullo constante del motor rompiendo el silencio.
Las aguas, negras como la noche, parecían no tener fin.
El aire frío olía a tierra húmeda y a vegetación, una mezcla que hacía aún más inquietante aquel paisaje.
Por momentos sentía que navegábamos hacia la nada, rodeados por una inmensidad donde el miedo parecía tener vida propia.
En ese momento entendí que la travesía no consistía únicamente en cruzar países.
También era cruzar mis propios límites, enfrentar mi miedo, mi soledad y descubrir una fuerza que solo aparece cuando ya no queda otra opción que seguir adelante.