37. Hortensia
Fue divertido joder a la Márgara, ha de haber llegado a su casa a rezar mañana, tarde y noche, a pedirle perdón a su virgen coronada por lo que nunca hizo. Ni mi mamá se atormentaba tanto.
El borracho tenía razón, unas ni por las malas aprenden.
La dejé viva y era una llorona de las mías, nada más que con un chingo de imaginación.
Se tomó demasiado a pecho los remilgos de su época: más vale viuda que divorciada y la puntada de que los pecados de pensamiento también cuentan.
Si fuera así, me subirían la condena a mil años.
Está reloca, peor que cualquiera de mis muertas.
Una cosa es acostumbrarse a los chingadazos hasta extrañarlos, y otra es cambiarlos por culpa.
Me quería agarrar de purgatorio particular. Es más rebuscada que todos los problemas de matemáticas juntos.
Ahí está la Güera. La voy a alcanzar.
—Espérate, ¿cómo sigue la Chimuela?
—Con la pierna enyesada y la cara de globo, pero ya habla.
—Aguas con lo que dice o le ponen otra joda.
—Sí, ya sabemos.
—¿Cuándo me vas a dar El conde de Montecristo ?
—Nadie se quiere juntar conmigo a leer ni a nada. Te lo doy de una vez.
—¡Va! ¿Me lo traes?
—Me tardo. Todavía me duelen las piernas.
—Seguro. Con la putiza que te metieron, has de seguir toda morada.
—Verde, por fuera y por dentro, por los golpes y el coraje. Quisiera volver a ver al hijo de puta que me metió acá.
—Ándale, ya es un adelanto decirle por su nombre.
—Te lo paso antes de la toma de lista.
—Ey. Nos vemos al rato.
Esta Güera se enroscaba como cochinilla, daban ganas de patearla y que rodara. Ya no. Anda en alacrán negro, resistente, poco venenoso. Es menos complicada que la Márgara, ella es un perro maltratado que se enseñó a pelar los dientes, aunque siga espantado.
Todavía me cansa la escalera, sí le voy a entrar al tochito. Dicen que corren para meter gol y defender los pañuelos que se cuelgan en la cintura. Me conviene estar en forma por si a las mandamás se les ocurre tenerme en la mira. Unas sí aprendo.
También sé que el baro ayuda. De veinte en veinte, me gané cien pesos con los geranios.
Ojalá que la maestra me regale las macetas, si no, pues a ver cuánto me queda.
En un descuido, junto para el tinte de pelo.
Para el otro domingo voy a hacer claveles.
Mejor cangrejos ermitaños, y así le cambio.
Ya va a estar más tranquilo, la Márgara ni en sueños vuelve a pisar este lugar.
En su casa quería que la mandara al otro mundo y no se la cumplí.
Vino a quitarse las culpas y tampoco se le hizo.
Tiene mala suerte. Me la contagió. Todo por creerse sus mentiras.
Es chaparra y flaca, en sus fantasías tuvo fuerza para aventar al marido por el balcón.
Se acordaría clarito. Que yo la dispensara era mucho pedir después de chingarme. Va a tener que buscarse a alguien más.
Mi edredón nuevo está mejor que las cobijas de mi casa. Me lo regaló la Chayo. Sigue acá adentro, pero le mandaron uno de plumas. ¿Cómo se me pasó juntar las de unos cuantos pájaros y hacerme un cojín? ¿Lavo de una vez los pants ? Nel, aguantan otra puesta.
Es más difícil deshacerse de la Márgara que de la clara de huevo enfrente del borracho. Siempre me deja sin poder hacer nada. Está cabrón saber si se despachó o no al marido. Creo que después del papel de trapeador, agarró el de mala para seguir sacándole jugo al sufrimiento.
Me consta que cuando una se figura historias, le mete mano a la realidad.
Por días veo cómo agarro desprevenidas a mis mujeres, pienso en el cable de la lámpara, en la cama alta, las cortinas corridas, la debilidad del cuerpo y, de tanto repasarlo, luego se revuelve lo que pasó con lo que pensé.
Con la Márgara me faltó idear, me aventé como zancudo y, para colmo, me topé con sus alucinaciones.
¡Qué frío! Se me antoja un café de olla con pan de muerto. De lo perdido, lo que aparezca , un Decaf con dos Canelitas. Luego le pago a la Rosa con una sobada para el cólico o con un masaje en el cuello.
Me daría coraje si la Márgara fuera asesina.
Y risa. Nos habríamos visto de tú a tú, hasta podíamos ser amigas.
Bueno, si no me hubieran agarrado. En serio, yo nunca me atreví a mandar al borracho al otro mundo.
Me lo figuré tullido, como acabó, pero a mi cabeza le faltó darle el frasco completo de clonazepan.