El eco de mis muertes 36. Márgara y Hortensia
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36. Márgara y Hortensia

Por segunda ocasión, en el mismo cubículo falto de luz, Márgara siente las manos de la custodio recorrerle los brazos, las piernas, también el contorno de los senos.

Cada roce le tensa los músculos del cuello, le provoca el deseo de abandonar ese espacio o al menos de localizar un distractor.

El rescate se lo ofrece el registro de su silla de ruedas.

La minuciosa exploración de las agarraderas de hule la convierte, en su imaginación, en un carrito expendedor de estupefacientes. Sonríe con disimulo.

Esta vez, avanza gracias a la ayuda de una reclusa ataviada con pantalón de mezclilla y camiseta azul marino.

Observa el acceso vehicular y revive la sensación de cruzar un foso del medievo.

Al cerrarse la puerta a sus espaldas, se percata de que separa a la ciudad de sus demonios, o al menos esa es la intención; sin embargo, un año de audiencias, careos y batallas mentales desvaneció sus prejuicios y la acercó al mundo carcelario: ahora distingue a los abogados por el traje y la corbata, a las visitas por sus atuendos coloridos y a las internas por el azul o el beige.

Reconoce el patio, la rampa en forma de caracol con sus pinturas coloridas, los dormitorios a lo lejos.

Se pregunta en cuál de ellos vive Hortensia y si podría reconocerla a esa distancia.

Mantas y manteles rojos, verdes, de cuadros y hasta uno con nochebuenas delimitan el espacio de cada familia en el patio central.

Mira los picnics, las serpentinas; oye la competencia de cantos entre Los Ángeles Azules y otros artistas desconocidos, las carcajadas.

Sabe que son elementos festivos del día de visitas capaces de robar horas al tiempo de las sentencias.

Del lado derecho, frente al auditorio, varias mesas ofrecen productos elaborados por las presas.

De reojo descubre muñecas de crochet, cobijas tejidas, carritos de madera.

Al llegar a la sala grande, busca a Hortensia.

Debe conformarse con esperarla, tal como hizo siete meses atrás.

El tiempo jubiloso llega a ella gastado, vacío.

Solo Hortensia puede dar propósito a los minutos, al último año de vida, al futuro.

Desde lejos reconoce el pelo corto y la corpulencia de la enfermera. No le extraña verla vestida de azul marino, se enteró de los 208 años de prisión a los que fue sentenciada. La cantidad le resulta surrealista.

—La vi pasar por el patio. Supuse que soy su única conocida. —Hortensia disfruta el sobresalto que causa.

Márgara eleva la mirada. Está por pedirle a Hortensia que se siente, pero de su boca sale la pregunta que tanto ha rondado su mente.

—¿Por qué no me ahorcaste como a las otras?

Los ojos de Hortensia se convierten en lunas con mareas negras, fijas.

—La cagué.

—Nunca habías fallado.

—Porque siempre las ahorcaba. —Al fin se sienta frente a Márgara, mete la mano en el bolso de la sudadera y saca un geranio rojo de migajón, lo hace girar sobre la palma izquierda.

—Dime, ¡habla por favor!

—Por cómo me vio.

—Eso me dijiste hace siete meses. Sigo sin entender cómo te vi.

—Hágase la mosca muerta, puso ojos de lechuza.

—¿Qué?

—Todas tuvieron miedo. Usted no.

—¿No? Será porque me quería morir.

—Mentira. Eso ni usted se lo cree.

Márgara mira a su alrededor, los integrantes de una mesa cercana la ven con insistencia.

Se siente juzgada, quizá por su vestimenta color mandarina, en exceso llamativa para su edad, o por ser ella la forastera.

Si quiere salir de ahí con una respuesta, debe darse prisa, centrarse en Hortensia y olvidar cuanto la circunda.

—Mi esposo estaba encima de un banco, quería desaparecer a mis canarios, intenté salvarlos, quitarle la jaula y… todo pasó tan rápido… Se cayó por el balcón… Puede que yo haya tenido algo que ver.

—¿Qué? ¿Me viene a decir que lo empujó?

—No sé.

—Vaya, cuéntele al MP su hazaña, y, cuando la condenen, yo la cuido aquí como en su casa.

Hortensia sonríe, la revelación arropa su yerro. Estira las piernas, cruza los brazos y se lleva el geranio a la nariz. Asiente, no por el inexistente aroma floral, sino porque acaba de constatar que en los ojos de búho encontró valentía en lugar de la indefensión a la que estaba acostumbrada.

—Hoy sí tiene miedo, ¿verdad?

Márgara titubea. La cárcel y el témpano de hielo en el que se sueña le comprimen el pecho. Le falta el aire, con las palmas se presiona el esternón. Por unos segundos, Hortensia teme un infarto. Después, al verla acompasar la respiración, comprende que Márgara busca ser exonerada.

Dudo mucho que haya tenido los huevos. Además, ¿qué es eso de “no sé”?

Una sabe a quién manda al infierno. Seguro se le antojó chingárselo y ha de haber pensado en veneno para rata, puños de huesitos de manzana molidos, un empujón por las escaleras, otro en el metro.

El piquete de potasio ni se le ocurrió, aunque es efectivo. ¡Qué sufra, así me desquito!

—Resulta que somos iguales.

Márgara enmudece. Concentra la mirada en sus manos cubiertas de manchas oscuras que, en un parpadeo, se tiñen de rojo.

—¿Iguales? Yo no maté a tantas personas.

—Ni yo me cargué a un familiar cercano.

Sentada en la silla de ruedas, Márgara tiembla, pone una mano sobre la otra para disimular.

Asiente por convenir con cualquier aseveración de Hortensia, teme contrariarla, que se levante y grite su secreto.

Se recrimina la ingenuidad que la llevó a buscarla dos veces.

Si empujó a Gabriel fue por desesperación.

¿Cómo pudo compararse? Levanta la mano derecha a la altura de la para, quiere captar la atención de la custodio.

Necesita salir de ahí sin escándalo y cuanto antes.