38. Márgara
Al salir del penal, la custodio se acerca a Luz y, al oído, le recomienda pasar un limón caliente alrededor de la anciana por si la causa de su temblor es el mal de ojo. Márgara vigila el cuchicheo con impaciencia. A punto está de urgir a Luz con un “vámonos” cuando recibe su identificación.
—¿Estuvo rudo, doña? —Juan la ayuda a acomodarse en el asiento trasero—. Tápela bien con el chal. —Entrega a Luz un rebozo de su esposa que guarda en la guantera.
Márgara asiente. Hortensia la dejó muda y el pulso acelerado todavía le sacude las manos y las piernas.
Aspira. Pega la espalda al respaldo, con las yemas palpa la tela aterciopelada; se atreve a rozar el pantalón multicolor de Luz en un intento por diluir la amenaza, la misma que le causaba la furia de Gabriel.
Lo recuerda dentro del ataúd y siente alivio.
Ahueca las palmas alrededor de la nariz, descubre el resabio a rosas de su perfume Chloé.
En su propio aroma se reconoce lejos del ambiente gélido de Santa Martha, de Hortensia y del pasado perfumado con notas especiadas, más que florales.
Un parque en el ancho camellón capta su mirada.
Dos cachorros mordisquean la misma pelota, la resbaladilla está desierta, tres niñas de coletas atadas con lazos rosas trepan una red hasta una casita de madera.
En edades semejantes a las de esas pequeñas, su madre la llevaba al parque Guayaquil en compañía de sus hermanos.
Miguel iba enfurruñado, se creía mayor para estar con ella e Ignacio.
—Ya dejó de temblar —dice Luz.
Márgara descubre una mirada cómplice entre Juan y Luz. Con gratitud, entrelaza los dedos sobre su regazo y con el pulgar izquierdo se acaricia la palma derecha, dibuja círculos, como el tiempo subjetivo de su memoria.
Se observa las palmas, las líneas hundidas por la edad.
La de la vida es larga, entrecortada. Es lo único que sabe de quiromancia, incluso se cuestiona si esa es la palabra correcta.
Le da igual. Su línea de la vida dice la verdad: ha vivido muchos años.
Posa la uña del pulgar en el primer corte transversal y se recuerda vestida de novia antes de entrar a la iglesia del brazo de Ignacio.
Desciende el dedo a la segunda hendidura, ahí ve la jaula de sus canarios destrozada sobre la banqueta, el cuerpo de Gabriel tendido y maltrecho.
Atrasa milímetros la uña: sus brazos en alto intentan asir la jaula y, sin alcanzarla, apresan la camisa blanca.
Se lleva las manos a la boca como cree haberlo hecho en el balcón, incrédula, aterrada, sin ninguna certeza más allá de la muerte de los canarios y de su marido.
Vuelve a extender la palma derecha, esta vez el índice izquierdo señala un tercer cruce. “Hortensia”, susurra.
—¿Qué dijo? —Luz muestra preocupación.
—Nada —miente y esconde las manos como niña tramposa. Evita compartir que acomoda a su gusto los parteaguas de su vida. Hortensia es uno de ellos, tardío, pero profundo. Quizá la sacudió con mayor fuerza que ningún otro.
—El Circuito Interior parece estacionamiento —se lamenta Juan.
—Señora, ¿tiene hambre? —Luz mira el reloj.
—Ahí adelante está el vendedor de cacahuates, le hago señas. —Juan silba y saca la mano por la ventanilla.
El hombre se aproxima deprisa con una cubeta llena de bebidas y una caja de madera, colgada al cuello, con papas, nueces, obleas y gomitas enchiladas.
—Una botella de agua —pide Márgara, entretenida con el ingenio de los comerciantes que hacen del tráfico una oportunidad de trabajo en plena vía rápida.
Solicita a Luz que le abra la botella sin antes intentarlo, la artrosis se lo impide desde hace diez años.
Se atraganta con el agua. Luz le palmea la espalda y ella, entre los tosidos, deja ver una sonrisa.
—Se está riendo —señala Juan.
Los autos vuelven a avanzar. El vendedor sube deprisa a la orilla del camellón, bardeado con malla ciclónica para salvaguardar a los niños.
—Es inexplicable —Juan suspira.
—¿Qué? —pregunta Luz.
—El tráfico.
—Como casi todo en la vida —dice Márgara.
Recarga la cabeza en el respaldo. “Somos iguales”, le dijo Hortensia. Se yergue. Niega. Si en verdad enfrentó a Hortensia con la mirada fue porque deseaba morir. No por haberse identificado. Somos distintas , se reitera.
—Luz, ¿le compramos una compañera a Estrella?
—Si quiere.
Decide adquirir otra hembra y llamarla Hortensia sin importar si la tildan de loca.
La imagina amarilla. Por ser ambas hembras se perderá del canto.
Encoge los hombros. Las vislumbra sobre uno de los dos palos que atraviesan la jaula: son amigas sin la necesidad de rivalizar por un macho, por un padre, por una tierra.
Fugazmente sopesa cambiar el nombre de Estrella por el de Márgara.
Lo descarta. Es hora de disipar injerencias del pasado sin depositar cargas en otros cuerpos.
—Llegando, voy a romper el sobre de la maleta roja —anuncia.
—Lo que usted diga. —Luz sonríe con la advertencia.
—Y tengo unos regalos para ustedes.
—Gracias —la voz de Juan parece conmovida.
—Gracias —repite Luz con la claridad de que ella tendrá más tiempo para mostrar su gratitud.
Juan se atreve a encender la radio que mantuvo apagada por temor a incrementar la inquietud de Márgara.
Ella reconoce la estación preferida del taxista.
Le pide que baje el vidrio, desea sentir aire en el rostro para recordarle que cada uno de sus sentidos está vivo. Luz corea la canción de la radio:
Perdona si lloré, lloré y lloré mientras bailaba,
tenía dolores viejos que atender de aquel pasado,
entonces regresé a ese silencio necesario,
para escuchar al corazón hablar de la verdad.
—¿Quién canta?
—Natalia Lafourcade —dicen Luz y Juan al unísono.
—Me gusta.
—La banda se le hace escandalosa. —Juan guiña el ojo.
Márgara asiente. Pregunta a Luz cuál es el título de la canción y si se la puede poner otra vez en su teléfono.
—Se llama “El lugar correcto”. Deje se la busco.
Para escuchar al corazón hablar de la verdad,
de la verdad que son esos atardeceres,
de la verdad que brilla en el tiempo presente,
de la verdad que hay en aquellas simples cosas, como respirar.
—¡Listo! Por fin en casa. —El motor se apaga.
—Sí, sea como sea, hice lo que tenía que hacer.
—Y ya nunca va a regresar a la cárcel, ¿verdad?
—No, se acabaron los regresos.