El eco de mis muertes 34. Márgara
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34. Márgara

De camino al mercado Lázaro Cárdenas, Márgara relata la historia de Simón y Catalina: Él era azul y ella tenía las plumas anaranjadas.

Por desgracia, vivieron poco tiempo a causa de un accidente, la jaula pendía de la pared, se desprendió y cayó por el balcón.

Fue muy triste descubrirla hecha añicos en la banqueta .

—¡Pobres! —dice Luz sin pausar los pasos.

—El vendedor puede ser hijo o nieto del hombre que me los vendió. —Márgara espera encontrarse con la imagen de sus recuerdos.

—Ya llegamos —anuncia Juan frente a la entrada principal.

Para desencanto de Márgara, en la escalinata nadie ofrece mercancías, ni pájaros ni tortillas ni flores. Pliega las arrugas de la frente.

—Aquí solía estar. —Su desánimo es evidente.

—Busquemos adentro —propone Luz.

Por una rampa, inexistente en la juventud de Márgara, se adentran a los pasillos; pasan los puestos de frutas y verduras, los de abarrotes, las ofertas de los carniceros y dos pescaderías antes de encontrar tres jaulas con pájaros en un tenderete improvisado.

—¡Vamos!, ¡vamos! —Se entusiasma Márgara.

Distingue un canario blanco con manchones naranjas, le recuerda a Catalina. Sin saludo previo, pregunta si es hembra o macho.

—Es una hembrita joven —responde un hombre de mediana edad.

—Estrella. —Aplaude. Ya tenía elegido el nombre, conlleva el anhelo de la buena fortuna que les faltó a sus antecesores y que le vaticinaron los pajarillos de la suerte.

Les toma unos minutos decidir el color de la jaula. Entre ambas optan por una blanca, les parece más elegante que la azul y combina con los muebles de su habitación. Compran también dos cuencos, alpiste y el hueso de jibia.

Parten del mercado con Estrella y la jaula blanca sobre las piernas de Márgara.

La sujeta con ambas manos, embelesada con los ojos redondos, saltarines, con el pico del tamaño de un arroz y las alas suaves que acaricia con el dedo índice.

Va a colocarla en su cuarto, cerca de la ventana.

Por un instante teme que el gorrión sienta celos, la abandone o la prive de su canto; sin embargo, se recuerda que la compañía constante de Estrella vale el riesgo.

En cuanto llegan al departamento, Márgara solicita a Luz que mueva la mesa auxiliar del sillón a la ventana y sobre ella deposite a Estrella.

Con sus manos levanta la puerta de la jaula por la que Luz introduce el bebedero, el alimento y cuelga el hueso de jibia.

También manda cambiar el ángulo del sillón, en lugar de quedar frente a la cama; la nueva inclinación le permitirá ver el canario.

Se pregunta si Hortensia habría actuado distinto en presencia de Estrella.

No por sentirse amedrentada, sino porque la habitación habría sido menos deprimente.

Con esa idea duerme por la noche, acompañada, sin pesadillas.

Su primer gesto en la mañana es una sonrisa dirigida a Estrella.

Reniega de la artrosis y de sus movimientos lentos; quisiera la juventud de Luz, apresurarse y quitar el paño de cocina que cubre la jaula.

Después se pondrá las pantuflas y la bata; de momento, su prioridad es darle los buenos días al canario.

—¿Qué hace descalza y tan destapada? —pregunta Luz al entrar al dormitorio.

—Le doy de desayunar a Estrella. —En la palma de la mano ofrece alpiste.

—¡Póngase las chanclas! —Luz cubre los hombros de Márgara y le acerca las pantuflas—. Le preparo su desayuno.

—¿Primero le hablamos a Juan con tu teléfono?

Coordina con él su visita a Santa Martha Acatitla para el domingo de esa semana —hace cinco meses les dio su número celular y desde entonces dejaron de marcar al sitio de taxis—. Lo cita a las siete de la mañana, le advierte que irán al penal y se despide deprisa, sin permitirle ninguna protesta.

Luz se ofrece a acompañarla; siente curiosidad por conocer la cárcel y, más aún, a la famosa Hortensia. Márgara acepta, nada más aclara su preferencia por entrar sola y hablar con la mayor privacidad que la prisión le permita.

—Ojalá Estrella no se sienta sola —piensa en voz alta sin notar la decepción de Luz.