El eco de mis muertes 33. Hortensia
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33. Hortensia

Pasó lo que tenía que pasar, las mandamás les partieron la madre a la Chimuela y a la Güera.

Quiero verlas. La Chimuela me cayó bien desde que oí su historia y me figuré al marido todo tieso con el hacha clavada en la cabeza.

Según mamá Lupe, no vale la pena pedir permiso para entrar a la enfermería.

Voy a intentar. Se ensañaron con la Chimuela, querían dejarle claro que ni los años ni su muerto valen nada.

A la Güera nadie la respeta, hasta las más jodidas del edificio E se burlan de ella.

Que si los ojos se le despintan con el jabón corriente, que si pasó de tener carro a andar en el vagón más piojoso de la ciudad, que si sus libros le chuparon los sesos.

La jefa Vanesa me dijo que la Güera, coja y con la cabeza vendada, le lee diario a su amiga. Puede servir, el oído es el último sentido en apagarse. Ha de tener miedo de que se muera su madrina y la deje sola.

Sepa por qué se amigaron si son opuestas: la Güera es joven, bonita y pendeja; la Chimuela casi asusta y se las sabe de todas todas . A lo mejor cayeron en la cuenta de que a las dos las encerraron por culpa del amor.

Cuando Román me dejó plantada, se me ocurrió que las novias necesitan, aparte del vestido, un cuchillo de carnicero.

Sería mera justicia, los hombres llegan con sus músculos fuertes, las mujeres, sin nada.

Deberíamos tener unos colmillos como los de Drácula y, a falta de ellos, el cuchillo de carnicero.

Mi vida hubiera sido diferente, el borracho tenía el brazo suelto, pero no era pendejo; a la primera que se le jodiera la mano con los colmillos largos de mi mamá, se hubiera estado quieto.

Eso me recuerda otro dicho: la mandaron a la guerra sin fusil .

A todas nos sueltan sin armas. Luego nos las ingeniamos y a nadie le parece bien.

—Quiero ver a Teresa.

—Si no es clínica privada.

—Me manda la jefa Vanesa. Soy enfermera.

—Aunque seas maga. Aquí no entras.

En serio puedo echarle una mano a la Chimuela.

¿Qué tal que la Chayo quisiera entrar? De seguro la pasan.

Y si la enferma fuera ella, le andan dando hasta un cuarto privado en un hospital.

Dicen que diario le traen la comida con su gelatina sin azúcar para no engordar.

La Chayo prueba el “rancho” y se cae muerta.

En cambio la Güera le ha entrado a todo, hasta madriza le tocó.

Tampoco a ella me dejaron verla. “Lo tuyo es matar, no cuidar”, me dijeron las muy cabronas.

Ahí le paré, ellas pasan alprazolam, diazepam, sertralina, tarjetas de teléfono y otras madres, y las que acabamos en el “apando” somos nosotras.

Hasta muertas han tenido de tanta pastilla que venden y se las achacan a otras reclusas.

La Güera queda fuera de mi lista; caer en esta cloaca le reinició el cerebro. Mejor me chingo a la enfermera. Ojalá les esté dando, de perdida, codeína para el dolor. Es capaz de ponerles árnica con el pretexto de que se la buscaron y que se aguanten.

Las mandamás se pasaron y la Chimuela se aventó a lo pendejo. Seis contra dos. Andan diciendo que las seis llevaban tubos y dudo que las otras tuvieran con qué defenderse. De todas formas, entre tantas hubieran desarmado a la Chimuela en chinga.

Ya ni lamentarse es bueno.