32. Márgara
En una banca del parque Tlacoquemécatl, Márgara y Luz disfrutan la presencia de un hombre que lleva dos canarios de la suerte en una jaula de madera; los colores de los barrotes, verde y rosa, captan de inmediato la atención de ambas.
Márgara hace señas al pajarero, desea ver de cerca los ojos más que indagar en su destino.
Un ave de plumaje amarillo con copete marrón sale de la jaula a saltos y con el pico saca, de una caja repleta de pequeños papeles doblados, un augurio, lo deposita en la mano extendida de Márgara a cambio de alpiste.
—Es blanco, el color de la buena estrella —dice el hombre.
—“Confía en el tiempo, suele dar dulces salidas a amargas dificultades”. —Ella comparte el presagio.
El canario extrae dos papeles más para Márgara, uno azul pronostica larga vida; el rosa, salud si se practica la paciencia.
Tras un silbido, otro pajarillo suelta un papel color menta en la palma de Luz y pide su recompensa. Ella lee: “El amor de tu vida no puede elegirse tirando una moneda al aire; la paciencia te llevará a él”.
—El verde es el color de la esperanza y la plenitud. Hágale caso, señorita, espere a que llegue el bueno —aconseja el hombre y devuelve el canario a la jaula.
—Sí, más vale. A las dos nos recomiendan ser pacientes. —Márgara levanta las cejas, extrae veinticinco pesos de la cartera y se los entrega al pajarero.
—A esperar —se ríe Luz.
—Yo, entre otras cosas, esperaré la muerte.
—¿Qué pasó con la buena estrella y el pronóstico de larga vida y salud? Mi Panchito es profeta —dice el pajarero.
Márgara se siente vital. Acepta que el hombre y Panchito tienen razón: espera, más que el fin, resolver su supervivencia.
Incluso su salud ha mejorado y se encuentra en el parque, fascinada con los canarios de la suerte y los agapandos en flor.
Se aferra a los sentidos, husmea con la nariz, oye las voces y los correteos infantiles, mira el cielo caluroso.
Recolecta las sensaciones, las sabe pasajeras, contrarias a la eternidad de la Gloria prometida que le resulta incomprensible frente al ir y venir de las estaciones, del día y la noche, del gorrión, de las personas, de los sentimientos.
—¿En qué piensa? —pregunta Luz y sacude su pantalón de mezclilla para retirar los filamentos azafranados que caen del eucalipto.
—En que el mundo es cambiante.
—A veces creo que usted vive más tiempo en su cabeza que afuera.
—Tienes razón y debe ser malo.
—¿Nos vamos a la casa?
—Quedémonos otro rato. El sol calienta los huesos y descansa la mente.
Le atraen cuatro pequeños, brincan en torno a un globero, cada uno señala su elección entre margaritas en colores metalizados, pingüinos, jabalíes y cachorros de león.
—Antes había menos formas. —Señala los globos.
Luz explica que los animales son personajes animados, el león es Simba, el jabalí es Pumba, los dos de El rey león ; mientras que Skipper pertenece a Los pingüinos de Madagascar .
—No las he visto. Como nunca tuve hijos…
—De seguro salen en la tele; se las voy a buscar.
Márgara agradece. Sin mencionarlo, pone en duda su deseo de entretenerse con películas infantiles.
Asume que se irá al otro mundo con menos vivencias memorables que la mayor parte de las personas.
Seguramente en el juicio final se sentirá avergonzada de una acción, de varias omisiones y de empezar a conocerse a pocos pasos de la tumba.
Los niños corren con los globos atados a sus muñecas. Las madres los persiguen con agilidad. Márgara se pone nerviosa, la posibilidad de que alguno baje a la calle y sea atropellado desvía su mirada. Luz hace girar una semilla en la palma de su mano; es un cono verdoso con una cruz en la base.
—Para hacer té o collares. Me enseñó mi mamá —dice cuando se descubre observada.
—También podemos preparar un popurrí aromático. ¡Llévalas! Vamos a recolectar hojas y flores, y las secamos. ¡Ya verás!
Las dos se ponen de pie e inician la búsqueda. Márgara señala restos de jacaranda, trozos de corteza, hojas de eucalipto, y Luz se agacha a tomarlos, los guarda en el bolsillo de su sudadera roja.
—Ya tenemos bastantes. ¿Nos vamos? —Luz lleva los bolsillos repletos.
Márgara asiente. Propone cortar rebanadas de naranja, secarlas en el horno y usarlas en el popurrí.
Caminan despacio, inmersas en las sombras de los fresnos, los eucaliptos y las jacarandas, atentas al piso levantado por las raíces, capaz de ocasionarles un traspié.
En la conjunción de sonidos, Márgara distingue el pasado del presente. El hoy estruendoso de una grabación ofrece comprar lavadoras y artículos usados, se contrapone al silbido agudo del carrito de los camotes, en el que su madre le compraba el postre.
Se percibe rodeada de comercio, se venden golosinas, colchones, globos, el pajarero ofrece presagios, Luz la asiste.
Ella jamás fue parte de la población económicamente activa ni se aventuró a otras latitudes.
Pudo haber ido al País Vasco a buscar a Miguel, tal vez a visitar a su amiga Ema a Pachuca.
—Descansemos un poco. —Detiene el andar y se lleva una mano a la frente.
—Claro. ¿Le duele la cabeza?
—Saturada, ya sabes —contesta con una sonrisa.
Ambas permanecen de pie en la banqueta, a una cuadra del departamento.
Márgara desearía creer en la reencarnación; le ofrece la posibilidad de varias vidas para su difunto marido en el cuerpo de un insecto, un mosco molesto, efímero y aplastable.
Al retomar el andar, piensa que Luz regresaría a la Tierra a ser atendida, tal vez a la casa real de algún país; ella, sin duda alguna, sería un trabajador, una artesana o una recolectora de frambuesas para contrarrestar la pasividad de su vida actual.
A Hortensia la imagina como un soldado mercenario o, lo contrario, un monje pacifista.
—¿Sabes? Tengo que regresar a hablar con Hortensia —dice de pronto y retoma sus pasos—. Esta vez sí voy a averiguar qué me salvó de morir de tres garrotazos. También tenemos que comprar el canario.